martes, 5 de agosto de 2008

Descubrimiento de Alonso de Las Nieves Arquitecto de la Iglesia de La Compañía de Jesús





Por
Miguel Adolfo Vega Cárdenas


Como homenaje a la ciudad de Trujillo del Perú, en sus cuatrocientos cincuenta años de fundación española, en 1985, quedó completamente restaurada la Iglesia del Colegio de La Compañía de Jesús.

Su edificio formó parte del convento construido por jesuitas establecidos en Trujillo en la tercera década del siglo XVII, ocupando casi totalmente una de las manzanas perimetrales de la plaza mayor de la ciudad, lugar preferencial que no tuvieron los demás conventos.

Dentro de esta área los religiosos señalaron para su construcción, la esquina formada por las calles actuales de Diego de Almagro e Independencia, haciendo frente a la plaza mayor.










La Iglesia y Colegio de la Compañía de Jesús de Trujillo, fue fundada por cédula real firmada en Madrid por el Rey Felipe IV, el 08 de abril de 1627, y para el establecimiento de la Orden jugó papel decisivo el obispo trujillano Carlos Marcelo Corni, quien desde 1625 gestiono su fundación ante el Rey de España y, en 1629 les hizo donación de las tierras de su ingenio azucarero de Gazñape, situado en el valle de Chicama, valorado en la considerable suma de 42,000 pesos de a ocho reales más 37 “piezas de esclavos”.


Bastante es lo que la iglesia conserva de su edificación original, y se conoce documentalmente que los terremotos acaecidos en Trujillo y en particular el del año 1759, la afectaron poco. No sucedió lo mismo con el terremoto del 31 de mayo de 1970 que le causo daños de consideración. Lo que la iglesia conserva y ha llegado hasta el presente, son los delicados trazos de sus portadas y todo, o casi todo, el cuerpo de la iglesia; evidencias que la califican como a una importante obra de arquitectura religiosa trujillana del renacimiento tardío.


Muchos estudiosos del arte le dedicaron atención preferente y los arquitectos José de Mesa y José Correa Orbegoso, con mucho acierto establecieron relaciones de similitud con la iglesia del convento de La Merced, así como con la antigua portada de la iglesia del convento de San Agustín; postulando la hipótesis que se trataría de obras construidas por un mismo arquitecto, lo que quedó demostrado documentalmente cuando en 1985, el autor de este estudio descubrió el nombre del arquitecto y sus trabajos realizados en Trujillo.

El nombre del arquitecto que los jesuitas contrataron para la construcción de su iglesia fue totalmente desconocido, pues ni el sacerdote jesuita padre Rubén Vargas Ugarte hace mención de él en su “Ensayo de un Diccionario de Artífices de la América Merdional”.

Indiscutiblemente que se trato de un arquitecto de primera magnitud, ampliamente versado en los tratadistas del bajo renacimiento, cuyo nombre descubierto documentalmente fue de Alonso de Las Nieves, natural del reino de Portugal, vecino de la ciudad de Trujillo del Perú en las primeras décadas del siglo XVII.

Descubierto el nombre del arquitecto portugués, sólo restaría agregar algunos datos de archivo para dimensionar la magnitud de su obra. El dato más remoto disponible por hoy es el referido a la reedificación de la casa del contador Antonio Urraco de la Carrera, realizada en el año de 1630, casa que décadas más tarde ocuparían los marqueses de Herrera y Valle Hermoso.

En 1631 edificó desde sus cimientos el cuerpo de la iglesia de la Compañía de Jesús, y es probable que también fuera responsable de la edificación de todo el convento, cuyo claustro existe hasta el presente, ocupado por las oficinas administrativas de la Universidad Nacional de Trujillo; en 1634 edificó la casa del alférez real Pedro de Herrera y Salazar, ubicada frente al convento de La Merced y a media cuadra de la plaza mayor; ese mismo año edificó el cuerpo de la iglesia de La merced; también se sabe que este mismo año compro un solar frente al convento de Santo Domingo y es de suponer que allí edifico su casa de morada que habitó hasta su muerte; también tomó en arrendamiento un tejar y horno de hacer ladrillos, propiedad del convento de Santo Domingo, ubicado “junto al Molino de viento en los ejidos de la ciudad”; y finalmente se sabe que en 1636 realizó trabajos de cal y yeso en la iglesia del convento de San Agustín.

Y así, el 20 de septiembre de 1631 acudieron a la escribanía de Andes de Obregón, el padre rector del Colegio de la Compañía de Jesús, Pedro Molina y el maestro de albañilería Alonso de Las Nieves, para otorgar una escritura de “Concierto de obra” por la que el arquitecto se comprometía a hacer la iglesia del mencionado colegio, en el sitio y en la forma como lo señalaban las plantas que para tal fin estaban hechas, fijando como fecha de inicio de la obra el lunes 22 de ese mismo mes y año. Se especificó de manera muy detallada las condiciones y cláusulas que normarían el contrato.







Alonso de Las Nieves de comprometió a edificar la iglesia desde el cimiento de la puerta principal hasta el arco toral, fijando su ancho en 34 pies de a tercia, y como largo de sus paredes y arco toral 102 pies de a tercia, sin considerar el grosor de las paredes. Las paredes deberían de tener 5 pies de ancho y 7 pies de cimiento, quedando un pie más a cada lado y siendo de vara y media de profundidad.

Se consideró que el ancho de las paredes del arco toral debería de tener una vara, debiendo ser el arco toral de cal y ladrillo desde sus cimientos, los que deberían ser más profundos que el cimiento principal de la iglesia.

La base del pilar del arco toral debería ser de una vara cuadrada, y el otro pilar, por su parte donde debería entra a trabar con la pared del estibo debería de tener traza mayor de una vara y menor de una sesma. En este mismo arco debería de hacer un pilar a cada lado, de la misma forma que los pilares del arco toral principal, de cal y ladrillo, que correspondería a los pilares de los arcos torales del crucero de la iglesia, los que sólo deberían levantarse hasta sus respectivos capiteles y una vara más arriba donde comience la vuelta del arco y la cimbra, tanto de un lado como de otro.

Pero el arco toral principal debería quedar terminado conforme iba hecho desde sus pilastras, de modo que quedaría de una vara de rosca por todas partes. Comprometiéndose el maestro de La Nieves ha hacer este arco toral con sus capiteles, y en el suelo su plinto, basa y molduras conforme al estilo artístico de la época.

Se consideró que todo el largo de las paredes de la iglesia se haría de adobe, llevando cuatro arcos del mismo material a cada lado del cuerpo de la iglesia, teniendo cada arco un ancho de 14 pies y los pilares, entre arco y arco, llevarían 10 pies de pared, sobrando seis pies de largo que se embeberían en los pilares adjuntos al arco toral y puerta principal.

El arco y el alto de estos arcos tendrían 8 varas, así como una vara de rosca, cerrándolos por fuera de la iglesia con adobe entero, trabándolos en la pared principal. Todo lo que daría el pie derecho de la pared y, lo que daría vuelta al arco debería ser llenado pero no trabado con la pared, para que así toda la vuelta del arco coja la pared, y en esta vuelta cada arco lleve una ventana de una vara de ancho y dos de alto.

Alonso de Las Nieves se comprometió a hacer “la puerta menos principal”, de acuerdo al arte dórico, como estaba trazada en la planta, la que se abriría a la calle del capitán Álvaro Cavero de Henao, hoy tercera cuadra de la calle Diego de Almagro de Trujillo, y correspondería al segundo arco contando desde la puerta principal y el tercero contando desde el arco toral. Y el otro arco lateral interior, correspondiente a esta puerta se haría una “puertecilla” para la sacristía.


La puerta principal debería responder al orden jónico, con 10 varas de ancho, llevando dos columnas a cada lado y en su parte superior una ventana con una columna corintia a cada lado. Quedo precisado que el arco toral debía ser tan alto que el nudillo de las alfardas asentasen encima de la rosca de este arco.

El contrato contemplaba también la construcción de un campanario “en la parte interior de la casa”, hecho de abobe hasta alcanzar el alto de la demás paredes de la iglesia y luego de cal y ladrillo conforme a la planta; señalándose que el alto de las paredes de la iglesia serían de 9 varas, con cimientos de cal y ladrillo, por igual tanto en las partes macizas de las paredes como en los claros correspondientes a los arcos; que los batientes y arcos de las puertas deberían ser del mismo material. Los arcos correspondientes a las puertas deberían ser redondos y no “capialsados”, dejando la puerta del coro encima del pilar de 10 pies y debiendo quedar cerca de la barandilla del coro.

La iglesia debería quedar dos gradas más alta que el nivel del suelo de la calle, y fue necesario terraplenarla para alcanzar la altura necesaria. También se estableció de hacer la obra en conformidad con las cláusulas que en forma muy precisas quedaron estipuladas, poniendo el arquitecto, de su parte, todo el ladrillo, cal, oficiales de albañilería y los peones justos y necesarios para entregar la obra en estado de “alberca”, es decir faltando sólo cubrirla de madera, techarla, y hacer y colocar todas la puertas y ventanas, obligando par tal fin su persona y bienes en favor del cumplimiento del contrato.

La obra debería ser hecha con toda perfección, conforme a las plantas y trazas hechas por Alonso de Las Nieves, las que firmadas y autorizadas por el escribano y consentimiento de su autor, quedaron en poder del padre del colegio. Se fijó el plazo de dos años, contados a partir de la firma del concierto, para la entrega de la iglesia terminada.

La fabrica del cuerpo de la iglesia debió quedar concluida hacia fines de marzo del año 1634, pues el 19 de abril, el padre rector del colegio Martín Vásquez, otorgó un recibo de pago a Alonso de Las Nieves, por la suma de 1,300 pesos de a ocho reales, por todo lo que se le adeudaba.







Concluida la obra de albañilería, el siguiente paso de los religiosos tuvo, necesariamente, que ser la realización de la obra de carpintería, para cubrir de madera, como estaban siendo techadas otras iglesias de la ciudad por esos mismos años, con la técnica de par y nudillo.

Lamentablemente, por ahora, nada es lo que se puede conocer con respecto a esa segunda etapa de carpintería, por no haber podido localizar el correspondiente concierto que debió protocolizase ante uno de los notarios que por entonces oficiaban. Indudablemente que debió tratarse de uno de los maestros carpinteros que trabajaban en el círculo de Alonso de las nieves.

Lo que si se puede afirmar, con la seguridad que permiten los documentos, es que para el mes de febrero de 1636 los religiosos estaban empeñados en dotarla de un coro alto y desde luego en busca de un maestro carpintero. Podría ser que el encargado de hacer el coro alto fuese el mismo carpintero de cubrió todo el cuerpo de la iglesia.


El 29 de febrero de 1636, el padre procurador Antonio de Tovar en representación de la Orden y sus religiosos y el maestro Salvador Leandro “carpintero de lo blanco”, otorgaron una escritura de “Concierto de Obra” para labrar en madera el coro alto del templo trujillano.

El maestro Salvador Leandro se comprometió a entregar la obra en un plazo de cinco meses, respetando las siguientes estipulaciones contempladas en el concierto: El suelo del coro debería descansar sobre cuatro columnas redondas de “madera amarilla”, asentadas sobre sus respectivas bases de piedra, columnas que deberían ser talladas “como mejor parecieren”, y sobre éstas columnas las vigas deberían colocarse sobre sus zapatas y hacia la pared sus canes correspondientes; las vigas se tallarían a “boca de vieja” o como mejor quedasen.

Toda esta estructura de madera debería soportar el solado del coro, llevando sus “vigonsillos”, cintas y saetines conforme a los del coro alto de la iglesia del convento de San Francisco, debiendo llevar la barandilla del coro sus balaustres, basas y capiteles, lo mismo que los arrocabes correspondientes a las vigas del coro, “todo hecho como lo estaba en el de San Francisco”.

Salvador Leandro hizo para el coro tres escaños con sus coronaciones, uno para la testera y dos para los lados, también un atril para los libros del coro y un pinjante para remate inferior del púlpito.

Los religiosos se comprometieron a dar dos negros aserradores y un negro “medio Oficial”, los que deberían ser puestos a la orden de Leandro y ayudarle durante todo el tiempo que durase la obra, dándole sus respectivos alimentos. También se comprometieron a dar toda la madera necesaria. Le pagaron a Salvador Leandro 430 pesos de a ocho reales por el fino trabajo de carpintería de lo blanco de influencia hispano mudéjar que la iglesia jesuita lucio. El coro estuvo destinado a servir de tribuna a los músicos que acompañaron las solemnes ceremonias allí realizadas.


Actualmente de este coro no queda evidencia alguna y, en su lugar hoy se encuentra un coro bastante estrecho apoyado sobre un arco carpanel muy abierto, debajo del que existe una bóveda plana de cañón.

Los trabajos de edificación de la iglesia empezaron en 1631 y debieron ser terminados, aproximadamente en julio de 1636.







El maestro Alonso de Las Nieves otorgo su testamento en la ciudad de Trujillo el año de 1644, de cuyas cláusulas y declaraciones se desprende que era propietario de un tejar y dos hornos de hacer ladrillos, y que instituyo como su heredero a un maestro llamado Juan Francisco, al que dejaba todas las herramientas de su oficio por un precio moderado. Lo más relevante de su testamento se encuentra en la siguiente declaración: “Item, mando que todos los libros de arquitectura que son cinco, se den a Juan Francisco que está conmigo”; pidió ser enterrado en la iglesia del convento de Santo Domingo, en la capilla de Nuestra Señora del Rosario


Las fotografías en blanco y negro y sepia pertenecen a la colección particular del Ing. Carlos Alberto Vega Cárdenas.







Trujillo del Perú, agosto de 2008












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