domingo, 3 de agosto de 2008

El Color Verde en la Arquitectura Virreynal Trujillana






Balcón de esquina de la Casa Lizarzaburu 


Por
Miguel Adolfo Vega Cárdenas


La arquitectura civil y religiosa trujillana contó, desde la fundación de la ciudad, con la presencia y ejercicio de maestros de albañilería, alarifes, maestros de cantería, maestros de cal y canto, pintores, y maestros de carpintería conocedores del oficio de “carpintería de lo blanco” hispano mudéjar, que a través de la península se transplantó y arraigo en nuestra ciudad a lo largo de los siglo XVI a primeras décadas del XIX.

En el Archivo Regional de la Libertad de Trujillo se encuentran conciertos notariales que datan de los siglos mencionados y dan minuciosa información de la construcción de casas, conventos e iglesias; de las corrientes estilísticas reinantes y de su secuencia cronológica; de los arquitectos ejecutantes, de los costos de las obras y del tiempo que tardaron en quedar terminadas “en toda perfección”. Al concierto notarial otorgado por los maestros arquitectos seguía el concierto notarial otorgado por los maestros carpinteros, los que se encargaban de realizar la cobertura o techado de la obra de albañilería y confección de puertas, ventanas, alacenas, pilares, corredores, y tratándose de casas a labrar ventanas voladas o “balconcillos” y balcones de importantes dimensiones, muchos de ellos de esquina.

En los primeros años que siguieron a la fundación española de la ciudad, se utilizaron maderos locales con resultados negativos, pues éstas en su mayor parte blancas, no ofrecieron ninguna resistencia a los ataques de plagas y enfermedades de insectos u hongos. Años más tarde se tuvo que traer madera de centro América y Guayaquil, resistentes a insectos xilófagos: el cedro, el roble, la caoba, el alerce y la haya, brindaron su nobleza y resistencia a los carpinteros doctos en el arte mudéjar, cuyas obras nos han llegado a través de artesonados, balcones, puertas, ventanas, tanto de edificaciones religiosas como de civiles.

Concluidas las obras de carpintería tuvieron que ser preservadas de la acción erosiva del medio ambiente de una zona de clima tropical desértico como el de Trujillo, con alta humedad relativa y fuertes cambios de temperatura, así como también de la acción depredadora de agentes biológicos propios de la región.

La utilización de esmaltes y barnices, desde épocas tempranas, estuvo destinada a proteger las obras de los agentes erosivos mencionados, y gracias a su aplicación efectuada con cierta frecuencia, se han conservado majestuosos portones, vistosas puertas de tableritos o recuadros, pintorescas ventanas de dos, tres, y cuatro andanas de balaústres torneados en madera de algarrobo, laboriosos y elegantes artesonados de zaguanes, salas principales, cuadras, cámaras, recamaras y tras recamaras, y amplios balcones de cajón con discretas celosías, apoyados sobre canes y socanes de madera labrados a “boca de vieja”, y en fin todas las obras destinadas a dar cobertura, seguridad, luz y comunicación interior y exterior a las abras de arquitectura elaboradas en Trujillo del Perú.

La utilización de éstos barnices y esmaltes has dejado su huella, capa tras capa, sobre los maderos de la carpintería trujillana, como lo evidencian los estudios de exploración estratigráfica realizada por investigadores especializados, que han dado luces acerca de los colores de los barnices o esmaltes usados en la protección de las referidas obras de carpintería, que juntamente con los colores utilizados en la decoración de muros de casas, conventos e iglesias, constituyen la identidad pictórico – arquitectónica de la ciudad de Trujillo.

A los importantes estudios de exploración estratigráficas se suma la amplia información que ofrecen los documentos de archivo, que para información se mencionan someramente tres de los tantos que existen:

Existe en el Archivo Regional de la Libertad en Trujillo la “Compulsa de los inventarios hechos por los señores diputados para la entrega del colegio de la compañía de Jesús que fue de los regulares expatriados, su respectiva iglesia y demás bienes”, inventario del claustro trujillano que data del año 1785, es decir a los 18 años de producida la expulsión de los ignacianos del Perú. Se trata de un análisis detallado de todas la pertenencias existentes en ese colegio e iglesia, dando mucha información acerca del establecimiento, siendo numerosas las citas que hacen referencia al color de puertas y ventanas, las cuales estuvieron “barnizadas de verde” .

Otro documento al respecto es el inventario de los bienes del difunto marque de Bellavista don Manuel Cavero y Muñoz Bernaldo de Quiroz, realizado a pedimento de sus albaceas el 03 de marzo de 1846, actuado ante el escribano José Vicente Aguilar. La casa principal de morada del difunto marqués, para inventariarla, fue tasada en lo referente a la obra de albañilería por el maestro alarife Francisco Oruna, y en lo tocante a carpintería por el maestro Nicolás Jaramillo, quien en minucioso informe dijo: “Primeramente taso la puerta de la calle de madera de roble barnizada de verde con su herraje corriente”. La mencionada puerta barnizada de verde se abría hacia la plaza mayor de la ciudad y perteneció a la antigua casa de don Valentín Muñoz Cañete edificada por él, en parte del solar fundacional concedido a Francisco Pizarro. Casa que hoy ocupa el Gobierno Regional de La Libertad.

Así mismo consta documentalmente que el arquitecto Evaristo Noriega, barnizó de verde las puertas de la Santa Iglesia Catedral de Trujillo, en 1808.

Todas estas elocuencias llevan a la conclusión de que el color verde fue utilizado preferentemente como cobertura de protección de la madera a lo largo de toda la época virreinal y considerable parte de la republicana; para luego utilizar barniz blanco en parte de la carpintería correspondiente al neoclásico y esmaltes más oscuros que cubrieron al original color verde, que por varias centurias estuvo presente en los viejos y nobles maderos de la carpintería de la ciudad.

Siempre se utilizó barnices y esmaltes de algunos otros colores para el mismo fin de protección, pero sin la frecuencia ni la temporalidad con que se prefirió el barniz y el esmalte de color verde.