domingo, 11 de enero de 2009

Doña Josefa de Ochaita y Urquiaga en las tradiciones de Carlos Camino Calderón

La casa que fue de doña Josefa de Ochaita y Urquiaga






LA LEVA DE CALONJE 


Hace mucho tiempo que dejo de existir el Doc­tor Don Bernardino Calonje; sin embargo, aun se le recuerda en Trujillo. Se recuerda su amor por la ciudad, el aporte que hizo a su progreso urbano y, sobre todo, se recuerda su leva. Su famosa leva verdinegra de amplios faldones y profundos bolsillos, donde el buen anciano colocaba todas las mañanas una enorme provisión de maní, alfeñiques, chancaquitas, y acuñas, que repartía entre los incontables ahijados que encontraba en el camino.

El Doctor Calonje fue muy querido y respetado en Trujillo, no obstante de que tenía reputación de avaro y adusto. ¡Esta es una injusticia que es necesario reparar! 

No se puede llamar avaro al hombre que en junio de 1900, se suscribió con S/. 100.00 mensuales para ayudar a la "Junta de Progreso Local". No se puede llamar avaro al hombre que en 1905, obsequio el reloj que hasta hoy luce en una de las torres de la Catedral. No se puede llamar avaro al hom­bre que lego S. 10,000.00, para cambiar el pavimento de la Plaza de Armas de Trujillo, disposición que cumplió religiosamente su sobrino y albacea Señor Don Alberto Urquiaga.

Y no se puede llamar adusto al hombre que todos los días repartía golosinas entre los muchachos, y que se impuso esa obligación a raíz de un acontecimiento que acabo con sus entusiasmos de joven, y sumió su espíritu en hondo desconsuelo: la trágica muerte de su madre, la respetable matrona Doña Pepa de Ochaita. 

Veamos como se desarrollo ese hecho que dio lugar a que Don Bernardino, se aferrara a la leva que lo hizo célebre entre los trujillanos. 

El Doctor Calonje que pertenecía a familia distinguida y acaudalada fue muy amado por su madre, la señora de Ochaita. Se dice que cuando el joven Bernardino fue a recibir el grado de Doctor en Jurisprudencia, la señora de Ochaita hizo colocar una finísima alfombra de Bruselas desde su casa, situada en la Plaza de Armas, hasta el local de la Corte Superior de Justicia. Y no contenta con eso, hizo repartir medallas de oro entre los concurrentes al acto. Para muestra, bastan esos dos botones. 

Ahora bien: el 10 de octubre de 1884, los azules al mando del Coronel Don Lorenzo Iglesias, atacaron a la ciudad de Trujillo que estaba defendida por el bravo coronel Heredia. El combate fue recio. Empezó a las 8 de la mañana, y a las 5 de la tarde, Igle­sias aun no había podido llegar a la Plaza de Ar­mas, objetivo principal de los asaltantes. En esas circunstancias, un comerciante de apellido Salcedo que tenia su establecimiento en la esquina del Pilancón (donde ahora está la Agenda Fleishmann) insinuó a Iglesias la idea de penetrar a la Plaza de Armas por la puerta falsa de la casa de la señora de Ochaita que daba a la calle que, en esos tiempos, llamaban calle Sola de Prieto, (tercera cuadra del actual jirón Bolívar). 

Iglesias hizo volar la puerta falsa, atravesó la huerta, y llego a las habitaciones en demanda de la puerta principal que da a la Plaza de Armas. Desde ese momento, la acción se decidió por los azules. 

Cuando la señora de Ochaita vio aparecer a los azules en el interior de sus habitaciones, se levanto del sofá en que se hallaba recostada y se coloco delante de un ropero. Desde allí, contempló impasible el saqueo de su dormitorio: las cómodas fueron abiertas y su contenido pasó a manos de los soldados, las petacas fueron destrozadas, la vajilla rodaba por el suelo. Parecía que nada importaban estos hechos a la señora de Ochaita; pero cuando un soldado quiso apartarla para registrar el ropero frente al cual la señora se había colocado, encontró por parte de esta una tenaz resistencia: Róbenselo todo — decía la señora — pero no me toquen este ropero!... En ese ropero guardaba la leva conque el joven Bernardino, había optado el grado de Doctor en Jurisprudencia. 

Después de algunos momentos de forcejeo sonó un disparo, y la señora de Ochaita rodó exánime con una bala en los intestinos. Falleció pocas semanas después! 

Dicen que el dolor de Don Bernardino fue inmenso, y que desde esa época se volvió misántropo. Encerrado a piedra y lodo en su casa, dio por terminada su vida social y durante años y años no se le vio por ninguna parte. Cuando volvió a vérsele esta­ba vestido con la leva del grado,que ya no quiso abandonar, y que para dignificarla — en memoria de su santa madre — convirtió en paraíso de los ni­ños llenadota, todas las mañanas, de golosinas. 

Esta es la verdadera historia del Doctor Don Ber­nardino Calonaje, y de su leva.


Carlos Camino Calderón