jueves, 2 de diciembre de 2010

Carlos Camino Calderón. "Un Señor de Carácter"




Tradiciones de Trujillo



Un Señor de Carácter


El señor Don José Félix Vásquez de Ganoza y de Orbegoso — trujillano de quilla a perilla —- era hijo de Don Mariano Vásquez de Ganoza y Cañas, caballero avecindado en Trujillo desde fines del siqlo XVIII, y de doña Mariana de Orbegoso y Moncada, de la casa de los Condes de Olmos, dama que a una gran distinción unía una exquisita cultura.

Por su hombría de bien, su prestancia y su boato, Don Mariano había merecido el honor de ser presentado, por el Cabildo de Trujillo, como postulante a un título de nobleza. Y por la universalidad de sus conocimientos y lo avanzado de sus ideas— un grave pecado, en esa época —Doña Mariana había sido acusada por la Inquisición, de cuyos ataques se había defendido personalmente y con brillante éxito.

No obstante que Don José Félix era noble por el lado del Evangelio y por el lado de la Epístola, ya que como a Ganoza le correspondía escudo cuartelado con dos cruces en azur, iglesia de sinople, y león rampante en campo de gules; y por Orbegoso lobos pasantes, y tejo copado en campo de plata y águilas explayadas con orla y 8 aspas de oro, Don osé Félix — de acuerdo con los principios democráticos — había mutilado su patronímico hasta dejarlo en Ganoza mondo y lirondo.

Dicho sea de paso, igual mutilación hicieron, también, los flamantes republicanos Martínez de Pinillos, Ortíz de Calonje, Fernández de la Reguera, Riva de Neira etc., que se convirtieron en Pinillos, Calonje, Rivadeneyra; y los del Risco, de Luna Victoria, de Urquiaga etc., que se volvieron Risco, Luna Victoria, Urquiaga...

Don Félix Ganoza— que se había casado con Doña Tomasa Cabero y Cabero hija de los marqueses de Bellavista — empezó a trabajar en la hacienda "Santa Elena" del Valle de Virú, de la que eran propietarios su esposa y los hermanos de ésta señora.

En esa hacienda, quemando carbón, rajando leña, cosechando maíz, y cebando chanchos, Don José Félix logró amasar un fortuna que le permitió comprar sus respectivos partes a sus cuñados, y quedar como único propietario del fundo.

Bien merecía esa posición el hombre que durante tantos años, había trabajado en las más rudas condiciones; levantándose con los gallos y acostándose con las gallinas; regando los campos con el sudor de su frente; moliéndose las nalgas en la montura; luchando con los hombres y con la naturaleza, sin más compensaciones que uno que otro ratito de huaquear en los gentilares del Castillo, o un ajiaco de cañan y un poto de chicha con pata de toro, a la moda de Guañape, ó un checo de aquellas ciruelas de Virú, que han hecho decir: "la cirgüela de Virú! la más dulce del Perú".. .

La perseverancia y la energía — y el apoyo que había recibido de sus cuñados, desmintiendo aquello de cuñados en paz y juntos ¡señal de que están difuntos! — habían convertido a Don José Félix en uno de los más respetables y acaudalados trujillanos de esos tiempos...





Casa Familiar de los Ganoza Cavero en la Plaza Mayor de la Ciudad


De la perseverancia y energía que acompañaron a Don José Félix hasta el fin de su vida, puede dar idea el siguiente hecho ocurrido en Trujillo cuando su fortuna estaba ya consolidada: todas las tardes, acabada la merienda, Don José Félix acostumbraba dar unas vueltas por la Plaza de Armas. De allí — recorriendo las calles del actual jirón Francisco Pizarro que antes llamaban de la Merced, de las Cajas Reales, del Mirador de Santa Clara, y del Estanque — llegaba a la que hoy es Plazuela del Recreo donde estaba la Atarjea que surtía de agua a la ciudad, y en cuyas inmediaciones habitaba su íntimo amigo Don Manuel Gonzáles.




Casa de don Manuel Gonzáles en la Plazuela del Recreo


Los dos amigos tomaban asiento en viejas sillas de nobles maderas coloniales, y echaban largos párrafos hasta que la campana del convento de Santa María de Gracia de Santa Clara La Real, daba el toque de Oración...

Una de esas tardes, al ingresar al patio de la casa de Don Manuel, un perro engreído de la familia propinó un mordisco a Don José Félix. El agredido se quejó a Don Manuel, y Don Manuel no hizo caso de la queja.

Don José Félix decidió hacerse justicia con su propia mano. Refrenó su ímpetu, tragó saliva, y se propuso espiar al perro para lo cual no interrumpió sus visitas a la casa de Don Manuel.

Trascurrieron muchísimos días sin que se presentara la ocasión que con tanta perseverancia buscaba Don José Félix. El perro siempre estaba en el zaguán de la casa, pero siempre estaba alerta. Don losé Félix no desesperaba!...

Al fin, una tarde, Don José Félix encontró a su enemigo tendido largo a largo presa de un sueño de plomo. Inmediatamente, Don José Félix —desenvainando el estoque de su bastón — lo clavó en la cabeza del perro exclamando: ¡Cara.. .coles! ¡El que tiene enemigo, no duerme!.. .

Así era Don José Félix Ganoza: ¡un señor de carácter!.



Carlos Camino Calderón




martes, 26 de octubre de 2010

Carlos Camino Calderón: Tradiciones de la Universidad de Trujillo.



LA CAMPANILLA

Cuando se asiste a una actuación en el General de la Universidad de Trujillo lo que más llama la atención no es la mesa de magnífica talladura colonial, ni el fidelísimo retrato de Bolívar con mostacho, ni los óleos que representan a las primeras autoridades del claustro, sino la campanilla que se coloca al alcance del Señor Rector, para abrir y cerrar los actos académicos.

Desde el punto de vista material, esa campanilla es un modesto chirimbolo que no tiene más valor que el de ocho onzas, tres cuartas y dos adarmes de plata; pero desde el punto de vista espiritual, esa campanilla es invalorable ya que se halla ligada a una de las más hermosas tradiciones de esta Universidad. 

Abre e! ojo que asan carne! 

Allá por la primera administración de Castilla—el cazurro Mariscal a quien Manuel Atanasio Fuentes apodaba «Cachabotas»—la ilustre Universidad de Trujillo que había jurado por patrones al Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino y a Santa Rosa de Lima, era una desconcertante gallina que no tenía agua para beber, y convidaba patos a nadar. Sin embargo de que en el decreto de fundación expedido en Huamachuco, el Libertador había señalado como fondos de la nueva institución las temporalidades de los jesuítas, las capellanías legas, las buenas memorias para casas de educación, los depósitos o contentas de los graduandos, y la parte con que contribuyeran el Obispado, el clero secular y reglar, las Municipalidades y los padres de familia. Sin embargo de todo este ámbar y algalia entre algodones, la Universidad no poseía ni siquiera tres de aquellos ochavos morunos que según Cervantes, son los ochavos que menos valen en el mundo.

¡Eso sí, la prosa que gastaban los egregios doctores del claustro universitario, era de «priquiti mangansúa»!. No había sesionen la que no acordaran obsequiar contentas, con la misma facilidad con que se obsequia espuertas de rábanos: contenta para el Obispo de la Diócesis y sus innumerables «adláteres»; contenta para el Prefecto del Departamento, su Secretario y su Ayudante; contenta para el Alcalde de la ciudad, y los primos del nieto de su tío..... Para el Presidente de la Corte de Justicia y los vocales; para los alumnos los distinguidos del Seminario. ¡Todo títere con cabeza tenía contenta sin más trabajo que el de esperarla!.

Probablemente, fue por esa época cuando se cantaba en Trujillo:

La abadesa del Carmen champús reparte,

todos los trujillanos tendrán su parte! ....

Con esta mar arbolada y este viento de juanetes, huelga decir que la Universidad de Trujillo carecía de muchas cosas, cosas grandes y cosas pequeñas. Entre las grandes faltaba un buen local que sustituyera al vetusto convento de la Compañía, donde por entonces se dictaban las cátedras, y entra las pequeñas faltaba, faltaba ¡una campanilla!

 ¡Una campanilla!—

 ¡Sí, señor! Una campanilla!—

Sólo las personas que han seguido estudios superiores, pueden tener idea exacta de la importancia que cobra la campanilla en una Universidad. En efecto, la campanilla es el alma de la Universidad. Es el motor que todo lo pone en movimiento. Es la Regla ¡Es el Orden! Es la Tradición! Sin que el Rector engolando la vozdiga: ¡Queda abierta la sesión! y sin que la campanilla diga: ¡Trirrirrirrín! , refrenando las palabras del Rector, nada puede hacerse que tenga valor oficial. Nada pasará a la historia de la Universidad.!

Por lo que dejamos expuesto, cualquiera pensaría que careciendo de campanilla, la Universidad de Trujillo era la carabina de Ambrosio. Pensaría mal!. La Universidad de Truiillo sabía sacar muy bien las habas de la caldera. No tenía campanilla propia, pero la pedía prestada al sacristán del Sagrario quien por ser íntimo amigo del Bedel Mayor de la Universidad, jamás la negaba.

De pasabola diremos que la amistad del Bedel Mayor de la Universidad y el sacristán del Sagrario, pasmaba a tirios y troyanos. Nadie se explicaba como el barbilindo del Bedel Mayor que era champús del Carmen con jugo de ámbar podía hacer migas con el sacristán que además de ojos verdosos, nariz puntiaguda y frente llena de tolondrones características del malgeniado y manaturaloso tenía hábitos espartanos en el vestir, el comer y el beber. Con todo esto que a muchos se les antojaba ser de lo bueno y bien cernido, sacristán y Bedel eran tan amigos como Pílades y Orestes, como Aquiles y Patroclo; y debido a esta amistad, la campanilla con que el sacristán ayudaba las misas del Sagrario y acompañaba el Viático para los moribundos, jamás faltaba en las actuaciones de la Universidad.

Así repicaba el badajo: unas veces para arriba y otras para abajo, cuando en la reunión del claustro verificada el 11 de diciembre de 1845, el Doctor Don José Ignacio Huidobro que ejercía el cargo de Rector, expuso que según su opinión, debía aprovecharse la actual oportunidad en que se hallaba en Trujillo el Señor Consejero de Estado y Visitador de Rentas Nacionales Doctor Don José Dávila Condemarín, para incorporarlo al seno de la Universidad.

Añadía el Doctor Huidobro que el Doctor Dávila Condemarín, además de los certificados de haber obtenido la borla de Doctor «inutroque jure» en la Universidad de San Marcos, de Lima, era acreedor en sumo agrado a las consideraciones de la Universidad de Trujillo tanto por sus relevantes prendas y notorias luces, cuanto por haber sido el más decidido colaborador en la planificación y progreso de este centro de estudios. Y como si el Doctor Dávila Condemarín hubiera estado esperando, tras de la puerta, el resultado de este parecer del Señor Rector, aún no se apagaba el eco de los aplausos con que fue recibido, cuando el Doctor Dávila Condemarín apareció en el General, acompañado de su padrino el Doctor Don Pedro Madalengoitia.

Como era natural, la incorporación fue hecha inmediatamente y de acuerdo con las Constituciones de la Universidad. Pero en la vida unas son de cal y otras son de arena; y las de arena le llegaron al Doctor Dávila Condemarín cuando al terminar la ceremonia y cuando ya se decía calabaza, calabaza cada perro para su casa se oyeron unas carreras y se vio que el sacristán del Sagrario, con los pelos de punta y los ojos desorbitados, atravesaba el patio gritando: ¡La campanilla! La campanilla que se muere la madre Engracia!. La mala suerte había hecho que la madre Engracia, del convento de Santa Clara, después de una gran zampada de camarones se sintiera morir, y pidiera el Viático. Y el Viático no podía salir porque la única campanilla que había en el Sagrario, estaba en la incorporación del Doctor Dávila Condemarín! 

No es para describirse la rebujina que se armó en la Universidad. Pero como el refrán dice que al aire y al loco ¡darles paso! , nadie pensó en detener al sacristán y la campanilla se fue con él.

Dos horas después, el claustro universitario con su Rector a la cabeza, constutuído en el alojamiento del Doctor Dávila Condemarín, presentaba sus excusas por el ingrato incidente de la campanilla. El que menos, pensaba que ese incidente haría que el Doctor Condemarín tomara ojeriza a la Universidad de Trujillo, y que así como antaño había hecho fuerza de vela para levantarla, ahora haría lo posible por tumbarla ¡Qué lejos del blanco daban los egregios doctores que así pensaban!. Aunque del mismo barro, no era lo mismo la olla que el jarro. Y la prueba de esto está en que la Secretaría de la Universidad de Trujillo, conserva una linda campanilla de plata que hasta el presente usan los Señores Rectores en los actos académicos, y que llegó, desde Lima, acompañada de la siguiente nota que muestra los quilates de realeza moral que poseía el que la enviaba.

República del Perú

Casa del Supremo Gobierno en Lima á 27 de marzo de 1848

Al Señor Rector de la Ilustre Universidad de Trujillo.

Cuando tuve el honor de que ese ilustre claustro me incorporase espontáneamente en su seno, me informé de que careciendo de campanilla propia para sus distribuciones, tenía que pedirla prestada cada vez que le era necesaria. Entonces ofrecí obsequiársela en testimonio de mi gratitud y aprecio, y hoy cumplo mi ofrecimiento por medio del chantre Doctor Don Pedro Madalengoitia quien la entregará a US; quedando yo con el sentimiento de que el don no sea proporcionado al objeto a que lo dedico, y al tamaño de mis deseos.

Dios guarde a US.

José Dávila Condemarín, Ministro de Gobierno.

Y es así como la campanilla que desde hace más de un siglo, regula los actos académicos en la Universidad de Trujillo, tiene una historia que la hace célebre y que la llena de encanto y poesía.

Carlos Camino Calderón

Trujillo - 1954


miércoles, 13 de octubre de 2010

Tauromaquia en Trujillo del Perú

La "Plaza de Acho" de Trujillo


Por
Miguel Adolfo Vega Cárdenas


La primera “Plaza firme de toros” ó “Nueva Plaza de Toros” que tuvo Trujillo en el siglo XVIII estuvo ubicada en el ángulo formado por las actuales calles de Almagro y Zepita y la parte posterior de esta plaza lindaba con algunas casas que a su vez lindaban, calle de por medio, con la iglesia de la parroquia de Santa Ana. Pues así lo evidencian dos documentos fechados en 1793-94:


“una casita sitio y solar que se halla situada en la traza de ésta ciudad, junto a la portada que va al pueblo de mansiche y linda por la espalda con la nueva plaza de toros..” (1793)

“un sitio perteneciente a la congragación del colegio de los padres expatriados de esta ciudad que hace esquina frente a la plaza firme de toros” (1794)

El mencionarla como plaza firme de toros hace suponer que fue la primera plaza pública de toros edificada en un solar ubicado a sólo dos cuadra de la plaza mayor de la ciudad y es posible que para estos años ya llevara algún tiempo de edificada.

Cabe recordar que los primeros festejos taurinos se llevaron a cabo en las plazas mayores de las ciudades, las cuales fueron acondicionadas temporalmente para brindar al público comodidad y seguridad.

El Obispo de Trujillo Baltasar Jaime Martínez Compañón y Bujanda, en el segundo tomo de su obra publicada a fines del siglo XVIII muestra un dibujo de una bárbara suerte taurina, muy de uso en esos tiempos en nuestra ciudad, llamada la suerte de la lanzada, que consistió en que un indio o un negro esperase la salida del toro para clavarle una afilada lanza al momento que el toro hiciera por él. En el tiempo que Martínez Compañón estuvo en Trujillo, la plaza firme de toros ya estaba construida.


Yndio dando la lanzada.

Ésta Plaza de Toros pervivió hasta el siglo XIX, tal como se puede verificar en otro documento de principios del XIX:

“una casa rancho sitio y solar en la calle que llaman portada de mansiche, la cual se halla sumamente deteriorada, frente a la iglesia de Santa Ana y espalda de la nueva plaza de toros.”(1803).

En pleno siglo XIX los trujillanos edificaron una nueva plaza de toros a extramuros de la ciudad. Ubicada en el lugar que hoy ocupa el Colegio Víctor Andrés Belaunde de la Avenida España. Curiosamente a ésta nueva plaza de toros se la llamó Plaza de Acho, tal vez para emular a la de Lima.



La "Plaza de Acho" de Trujillo


El siguiente documento respalda lo dicho:

Sr. Alcalde del honorable Concejo Provincial de Trujillo
s. a.
Habiendo arreglado con el Sr. Luis Arbaiza para que puedan darse dos corridas de toros en la Plaza de Acho en los días 25 y 29 del presente, puede concedérsele por la Alcaldía la licencia respectiva.
Dios guarde a Us.


Trujillo 20 de diciembre de 1889.



La "Plaza de Acho" de Trujillo



En la obra de Santiajo Vallejo: "Trujillo en Estampas y Anécdotas" se informa:

"Calle de la CAJA de AGUA, la que limita con la plazuela del Recreo donde estaba la Atarjea. Allí se ubicaban los concurridísimos baños del Recreo rivales victoriosos de los baños de Vallejo, en el mismo sector. En esta plazuela, que ha sufrido di­versas transformaciones y es ahora heredera de la pila de la Plaza de Armas, funcionaba el carrousel y por allí se hacían los pa­seos de toreros y banderillas, cada vez que se lidiaba toros en Acho, como también se nombraba al coso taurino trujillense".

De La Plaza de Acho de Trujillo se conservan algunas fotografías y también aparece referenciada como Plaza de Acho en planos de la ciudad correspondientes a esos años. En los planos referidos la plaza tiene una planta octogonal y esto se aprecia muy bien en las fotografías.

Esta Plaza llegó hasta poco antes de mediados del siglo pasado en que se edificó la nueva   Plaza de Toros de Trujillo.

En ésta Plaza de Toros llegaron a torear los rejoneadores D. Ángel y D. Rafaél Peralta, el Cordobés, el Viti, Diego Puertas y Gregorio Sánchez.




La Plaza de Toros de Trujillo

viernes, 17 de septiembre de 2010

La Casa Cúneo Leguia de la Histórica Ciudad de Lambayeque, Antigua Propiedad Virreinal de los Quesada y Valiente.


La portada colonial de la casa de la Sra. Águeda de Cúneo en Lambayeque, Set. de 1916. H. Brüning. 


Por
Miguel Adolfo Vega Cárdenas

Fotografía a color - 24/04/2010
Silvia Vega de Rey







En la ciudad de San Roque de Lambayeque, perteneciente al antiguo Corregimiento de Trujillo, existe hasta el presente, en lamentable estado de ruina, una de las casas virreinales  más representativas e importantes de la arquitectura desarrollada en la costa peruana en el Siglo XVIII. Su portada principal se abrió a la antigua calle de la Independencia, hoy calle Ocho de Octubre.

El propósito de estas líneas es rendirle merecido homenaje, ya que su estado de sensible y lenta agonía hace presentir su pronta desaparición.

Su imponente fachada es un verdadero documento que nos habla de la grandeza que esta ciudad tuvo en el siglo XVIII, nos cuenta de la calidad de las gentes que la mandaron edificar y la habitaron y nos informa, orgullosa a pesar de su lamentable estado, de la versación profesional de los arquitectos que la concibieron y edificaron. Hoy esta casa que aun sigue siendo bella, nos advierte suplicante de la indiferencia de los pueblos y sus gentes.


La Casa Cúneo en su actual estado de ruina.


Así luce actualmente la desmejorada fachada de esta casa lambayecana que arquitectónicamente, en su tiempo, fue de las mejores que hubo en esta histórica ciudad norteña.

La casa Cuneo al igual que otras casas de esta ciudad tiene originalmente su fachada con edificación de dos plantas. Su portada principal, el balcón y sus dos ventanas voladas de segunda planta, son testimonio de la gran calidad de alarifes, carpinteros y herreros que ejercieron para logran un conjunto de invalorable mérito artístico

La casa Cúneo es uno de los símbolos que la otrora opulenta ciudad debe conservar y salvar de su inminente ruina y desaparición.

Quiera Dios que los lambayecanos nunca se lamenten, como nos lamentamos los trujillanos, de haber perdido la casa mas representativa de la época virreinal, como lo fue La Casa de los Marqueses de Herrera y Valle Hermoso que estuvo emplazada en una de las esquinas de la plaza mayor de la ciudad de Trujillo del Perú.







La Portada Principal

El portón de la casa presenta una característica muy lambayecana: su dintel está apoyado, en cada lado, sobre canes bellamente labrados que dan mayor resistencia al trabajo de esas estructuras labradas en recios maderos de algarrobo.


Uno de los canes que soportan al dintel de la puerta.




El dintel de la puerta con sus dos canes de soporte, uno a cada lado.



Canes adosados a los lados del dintel es muy común en muchas puertas lambayecanas, ya sean éstas principales o accesorias o simplemente otro tipo de puertas de calle y también de puertas interiores de menores dimensiones.

Y para mayor prestancia de la casa la puerta principal de halla enmarcada por columnas pareadas a cada lado de ella, rematadas todas en pintorescos adornos a manera de pequeños y delicados campanarios, que en conjunto la hacen única a esta portada principal de tan magnífica mansión lambayecana que a principios del siglo pasado impresionó al ilustre ciudadano alemán H. Brüning, a quien debemos una fotografía gracias a su acuciosa y cultivada lente.

Los pequeños cuatro campanarios que rematan las columnas son muy parecidos a los dos también pequeños que luce una de las capillas del constado de la iglesia mayor de la ciudad, tal como se puede apreciar en la siguiente fotografía.






Las cuatro columnas pareadas con sus pintorescos remates de pequeños campanarios



Pero en donde el rococó ha dejado su innegable impronta es en la esplendida coronación de la portada de esta casa emplazada en el corazón de una de las ciudades norteñas más importante del siglo XVIII y buena parte del XIX

La siguiente fotografía evidencia el conocimiento de este estilo y gran versación del alarife que la diseño en pleno siglo XVIII.


Una venera remata la coronación del más puro y bien logrado estilo Rococó

La magnífica portada de la casa se encuentra guarnecida por un balcón finamente labrado en hierro y madera de algarrobo lambayecano. La portada principal y el majestuoso balcón son el eje de ésta clásica fachada, que juntamente con las dos ventanas voladas de segunda planta, una a cada lado de él, y las puertas accesorias de primera planta forman un conjunto en donde el arte, los volúmenes y colores adquieren proporciones de singular belleza y equilibrio.



Apéncice fotográfico.

El balcón y las ventanas voladas de segunda planta.









El patio principal.























Trujillo, septiembre de 2010.







martes, 31 de agosto de 2010

El Arquitecto Manuel Ángel Ganoza Plaza, Trujillano Ilustre.


Manuel Ángel Ganoza Plaza 1930 - 2010



El lunes 23, de agosto, muy temprano, me enteré de la muerte del querido arquitecto Ganoza, gracias a una llamada telefónica de Tofi Álvarez.

Es grande el dolor que se siente al perder un amigo con  las calidades de Manuel Ángel y es muy doloroso tener que comunicar a los amigos más allegados.

El destino quizo que sea yo quien tenga que comunicar tan sensible noticia al arquitecto José Correa Orbegoso, y causarle gran pena por un amigo que se fué.

José Correa pronto se comunicó y esto es lo que tan dolidamnete expresó:


Estimado Adolfo: ¡Que dolorosa sorpresa! Como verá en la nota que le adjunto, el viernes almorcé con él. Fue como una despedida. Me iba a enviar una foto de la lápida de la hija del Mariscal que yacía a su lado ¡la han robado! y como no llegaba lo llamé el sábado 7 pm. Su hija me dijo estaba durmiendo con una fuerte gripe. Que pena no haber podido hablar!


Gracias por el aviso.

José Correa
 


 Al gran dolor por la pérdida de José de Mesa, se añade ahora el del súbito fallecimiento esta madrugada de nuestro querido MANUEL ANGEL GANOZA, que este fin de semana estaba afectado por una fuerte gripe y falleció mientras dormía (Su esposa desgraciadamente estaba visitando a una hija en USA y está retornando) Es posible que sus restos se velen mañana en el local del Colegio de Arquitectos de La Libertad, del que fue fundador.

Por suerte estuve la semana pasada en Trujillo (están destrozando la ciudad, felizmente Pepe ya no vio ésto!) y tuvimos los dos un grato, tranquilo y soleado almuerzo, recordando mejores épocas (salvo el terremoto del 70) para nuestra querida ciudad: el estudio del Centro Histórico (sesentas) ; la Misión UNESCO (1971); la "Epoca de Oro" del INC con Mireya, Vallín y el aprendiz Ricardo (1973 ...) y las numerosas visitas posteriores de Pepe para defender lo avanzado; la "Hora de Trujillo" con Alva Castro y el momento culminante del los 450 años de la fundación (1985) con la ciudad mejor que nunca. Desde los 90 empezó la cuesta abajo ...

Fue como una despedida: MANUEL ANGEL, Trujillo te debe mucho!

José Correa O.


La última conversación que tuve con el Arquitecto de Trujillo, fue el viernes 20 de agosto a las once de la mañana aproximadamente; como siempre estuvo lúcido y lleno de proyectos, lleno de sueños e ilusiones. Quedamos formalmente que el miércoles siguiente nos reuniríamos en mi casa como siempre lo hacíamos y esta vez para hablar de su libro que ya estaba pronto a publicarse. No se pudo dar tal reunión, Dios no lo permitió y se lo llevó para tenerle siempre a su lado.



Manuel Ángel Ganoza Plaza en una de las reuniones de trabajo en casa del administrador de este blog.


Fotografía tomada por nuestro amigo Edgar Yupanki Guzmán.



ADIOS QUERIDO AMIGO









VER:

http://laformamodernaenlatinoamerica.blogspot.com/2011/10/recordando-manuel-angel-ganoza.html



sábado, 10 de julio de 2010

Martínez Compañón - Obrajes Serranos


Indio pastor de ovejas

India pastora serca de su Casa


India pastora pariendo


Indios esquilando ovejas


Indios labando lana


Noques de tinte azul


Indios tiñendo lana

Indios variando lana


Indios cardando lana


Indios urdiendo tela


Indio texiendo


Indios variando lana


Indios parchándola


Indio tiñendo ropa


Indios prensándola


Indios escarmenando lana


jueves, 8 de julio de 2010

Santa Lucia de Moche, su Campiña.








Por
Arturo Jiménez Borja
1937


A la derecha e izquierda del valle del río Moche se extienden enormes arenales que finalizan, al norte con el río Chicama y al sur con el río Virú.

En la margen sur del río, se anida la villa de Moche. Está rodeada de una alegre campiña, lindamente parcelada por tapiales que recortan en cuadros el verde intenso del valle. El río nace en la cordillera, y desde allí baja cantando hasta morir en el mar. A su paso se abren los cerros y las quebradas se derraman en dones; al llegar al llano, el valle se hace amplio, el río se remansa y de él parten muchas acequias y riachuelos que extienden hasta muy lejos, ganando tierra al despoblado, la gracia campesina del valle. Muchas de las acequias conservan aún sus primitivos nombres indios: "Cusap”, “Choc-Choc”, “Sun”, “Pisun” y "Huartaco", y regalan sus nombres a los campos por donde discurren.

Próximo al mar el valle se detiene, la arena de la playa incursiona tierra aden¬tro y la hace impropia para el cultivo. La grama salada se encarama sobre las du¬nas de arena, que ondulando se aproximan al mar. Sobre la playa amplia y dorada chillan las pardelas. Este tramo final del valle rebosa de gracia. En las hondona¬das, el agua de filtración del río, forma grandes charcos de agua quieta, en los que flo¬recen, totora, juncos y enea, en macizos de verde puro.

Los mecheros son fuertes indios costeños, que pueblan este paisaje y se derra¬man a lo largo de valle. Unos viven en la campiña: se llaman los campiñeros. Otros junto al mar: son ios pescadores. Al centro los reúne la villa de Moche.

Sobre la villa y el valle entero, luce espléndido un cielo azul, que cruzan en limpio vuelo los gallinazos sin descomponer la belleza de sus pausados giros.

Más allá, comienza la campiña, fragante a chirimoyos, mangos y tumbos en flor; está regada por grandes acequiones que derivan del río Moche; a sus bordes crece la caña brava que da su espiga airosa, el virulí, que los antiguos mochicas usaban pa¬ra fabricar pequeños cestos.

Casi todos los mocheros son pequeños agricultores; la propiedad está muy di¬vidida y cada jefe de familia cuenta, aproximadamente, con tres o cuatro fanegadas de tierra, que hace producir cumplidamente. La campiña así parcelada, muestra sus alegres cuadros, en los que se sigue cultivando, como antes de los Incas, la yuca, el maní, el fréjol, el ají y el pallar. El viajero que discurre por los caminos del valle, sombreado de pacaes, va divisando los cuidados sembríos de maíz, de camote y papas. Estos agricultores costeños reviven los viejos cuadros y siguen cosechando los mismos dones de la tierra, como lo hacían los antiguos señores del valle. En nuestro Museo Arqueológico, se guarda de esa lejana época, la cosecha mágica, de los frutos del valle, plasmados en arcilla que el sencillo agrícola muchic ofrecía a la divinidad para que ésta se los tornase convertida en poma fragante o mazorca dorada.

Junto a la pequeña propiedad queda la casa familiar; es de sencilla fábrica, y en la mayoría de los casos, se compone de una sola habitación; le sirve de pórtico una fresca ramada sostenida por horcones de espino o pájaro bobo; bajo esta ramada se tienden esteras de enea y sobre ellas se realizan las comidas familiares. Sentados, con las piernas cruzadas o en cuclillas, los mocheros se van sirviendo sus muchas y pequeñas comidas, espaciadas durante el día. Esto se llama causear. Junto a la ca¬sa frondosos mangos y algarrobos le dan siempre sombra, desde allí el mochero contempla sus chacras: la seda crujiente de los maizales o el verde morado de sus parcelas de yuca.

El interior de la casa tiene el piso de tierra fuertemente apisonada, las pare¬des suelen ser de adobe o de caña brava revestida de barro. Cuando los muros son de adobe, el constructor indio dispone huecos en la pared, como alacenas, o repisas corridas. Se colocan esteras colgadas del techo y de esta manera queda convertida la estancia en dos o más compartimentos. El techo está sostenido por cañas de Guayaquil, luego cubierto por caña brava, sobre las que se extiende una capa de barro. Es curioso observar cómo la técnica de construcciones, permanece tan pura; en casas, bastante bien conservadas de las ruinas de Chanchán, se ve este mismo modo de em¬plear los materiales. Al costado de la casa la cocina humea y en el jardinillo las achiras ponen su fuerte nota de color.

Este enraizarse con la tierra ha hecho dulce y comedido el ademán y llena de dulzura la fabla campesina. Este matriarcal ambiente de la campiña contrasta notablemente con la tónica de la vieja cultura muchic; los vasos de la época cantan bien alto la belleza masculina, exaltan el vigor de los guerreros y el gesto fuerte del caudillo, en contraposición con la dulce gracia que hoy domina el valle. Como un eco de varonil apostura, los pescadores de Moche tiene el ademán sobrio y el hablar grave. La tierra es sedentaria y materna, el mar por el contrario es nómade, invita al viaje y a la aventura.






Los campiñeros tienen un hondo sentido de la hospitalidad. Bien pronto, el huésped se siente seguro y familiar. Sentados sobre esteras, discurren de mano en ma¬no, como un rito, el poto de chicha. Cada persona que bebe lo debe hacer en nombre de otra, "con Ud. he tomado" dice cortésmente al terminar y la aludida debe hacerlo

con otra y así sucesivamente. El ceremonial obliga que se beba igual cantidad que la que se nos ha brindado; al terminar, para demostrar que el mate está vacío, se manda volcarlo sobre la palma de la mano y no debe verterse gota. Esto se llama pischcar la mano.

Desde la cocina, la dueña de casa, trae en mates limpios y bruñidos como oro la causa. Este plato no es nada especial, muchas cosas pueden ser motivos de causa: yucas cocidas y doradas, camotes, pescado, choclos tiernos, etc. Se come y se conversa, se recuerda la cosecha pasada que a no ser por la "mosca picalona" hu¬biese sido mejor, se lamenta de lo pachorriento y cancino que es el piajeno (burro) para caminar y de paso se espanta a "Confite" y a "Moscón" que rondan en derredor de la causa; la dueña explica que "Moscón" es perro facineriento, y "Confite", mordelón.

Sentados, en derredor de los potos de causa que se han dispuesto sobre blan¬cos manteles, todos se sirven de ellos con las manos. Comedidamente se toma pedacitos de yuca o pescado cocido que se come lentamente sin apresuramiento de mal tono. Terminada la comida, la dueña se excusa de lo frugal que ha sido la causa y se disculpa diciendo es mi voluntad, poniendo de relieve, que sólo ésta debe tenerse en cuenta. De pronto, una china joven irrumpe; lleva una calabaza grande llena de agua clara, sobre la cual se han deshojado lindas flores; es el aguamanil que se ofrece a los invitados. Delicada cortesanía ésta, que dice del matriarcal refinamiento de estos hogares mocheros perdidos en la verde campiña.

Cuando la tarde llega y las primeras sombras del crepúsculo sorprenden a la reunión, se prende un farol que se suspende de los horcones del huarango que sombrea la casa y todos los concurrentes saludan. "Buenas noches" se dicen unos a otros; es la salutación, por la noche que llega calladamente y que se ha sentado invisible en medio del grupo familiar. "Buenas noches" para que la paupica, la menuda lechu¬za que cruza chillando, no sea mal presagio; para que al tornar los invitados a sus hogares, cruzando los senderos de la campiña, no grite lejos, en la oquedad de la noche "el ahogau" aquel campiñero que murió una noche de regadío en los acequiones... Pero bien pronto los compadres enhebran su fabla llena de picardía y todo el mundo atiende y se sonríe. Se dice que uno de ellos, lleva muy cosida en los ribetes de la ro¬pa la misquichilca, hierbita del amor, que cuando las lagartijas están en celo, el macho la lleva prendida en los dientes para que al aromado reclamo, acuda la hem¬bra brillante como una gema.






Llegada la noche todos se despiden y retornan a sus casas. Por los caminos empolvados de obscuridad, un niño indio, va haciendo luz con un farol; los sauces que crecen junto a la acequia brillan cubiertos de rocío. Por estos mismos caminos, hace cientos de años, los indios muchic se fueron caminando hacia la Historia, como hoy estos otros indios, mocheros, fuertes y graves que van por los senderos del valle con los pies desnudos.

San Isidro labrador es patrón de la campiña. Bajo su amparo las yemas tier¬nas se hinchan y se transforman en hojas o en flores. Cada 15 de Mayo desfila en procesión por el pueblo bajo arcos de pomas maduras. Sobre las andas a manera de ofrendas se pone flores y puñados de tierra fresca. Lleva este santo campesino una pequeña palana de plata colmada de frutos que al terminar la fiesta se reparte entre el Mayordomo v el señor cura.

A fines de Primavera los mecheros deciden la limpia de sus acequias, pues los primeros meses del verano baja el río lleno de agua, y es tiempo de "toma libre" que debe ser bien aprovechado. Pasado el verano, comienza el estiaje del río y la cantidad de agua disminuye día a día. Entonces se instala la mita o turno para el riego. Antiguamente la limpia daba motivo a alegres mingas o trabajos colectivos que se realizaban al compás de las cajas y pitos seguidos de sostenidos causeos. Este espíritu colectivo no ha desaparecido del todo y subsiste en algunos aspectos, así por ejemplo tenemos: el arado, el tapeo y el techado.

La campiña está cumplidamente parcelada. La lindan viejos tapiales que se desmoronan al borde de los caminos. Cuando las tapias se resquebrajan mucho, reúnense varios vecinos y se dedican a hacer adobón para restaurar el lindero. Tal es el tapeo. También colaboran unos con otros en el arado y así es frecuente oír decir a las campesinas "mis hermanos están en su arada" —o también— "mi marido se ha ido a darle la mano al compadre Pasión". La arada dura dos o tres días. Las yuntas se alquilan 'por dinero" o por pasto; esto último quiere decir que terminada la cosecha del maizal los bueyes se quedan pastando en el campo que antes araron.

En todas estas faenas los que ayudan no cobran por su trabajo, pero son fina¬mente correspondidos por la dueña de casa que les prepara de antemano chicha dulce y causa reparadora. El techado también es otra práctica comunal que consiste en ayudar al que levanta su casa en dar los últimos toques a la vivienda. Así el espíritu comunal se hace presente y pone su nota fraterna.

En las parcelas se cultiva de preferencia todo aquello que directamente se-rá utilizado en la comida familiar: las yucas, el maní, los zapallos, etc. La lista de los frutos de la tierra no ha cambiado desde los lejanos tiempos de los mochicas y aún hoy día el ají, el pallar, las calabazas y los pacaes siguen gozando del mismo general aprecio y en torno a ellos, como hace siglos, gira la preocupación matriarcal de la siembra cuidadosa.

Tres son las principales clases de yucas: amarillas, negras y coloradas. Se las siembra entre Julio y Setiembre, especialmente en Agosto "pa que el frío no las mate , y se cosechan pasados siete o nueve meses. Verdes son los campos al comienzo, más poco a poco con la madurez se tornan verde morados; bajo la tierra las raíces van juntando su harina blanca y tierna.

Los zapallos en Moche son de varias clases; el de piel verrucosa y cuello cur¬vo y largo se llama loche, el de pellejo verde y luciente como un melón es zapallo mochero y el ancho, cuarteado en tajadas y de cascara verde dorada, es el zapallo iqueño.

El maní es motivo también de muchos cuidados. Se cosecha desde Junio a Setiembre y se come sancochado. Camote, ají, maíz, etc., todos estos frutos se hallan acabadamente reproducidos en la vieja cerámica mochica, lo que indica que estos do¬nes de la tierra eran tan apreciados como lo son hoy en día.

La cerámica que reproduce vegetales se llama "fito-morfa" (de fitos, vegetal y morios, forma) y tenía seguramente un rol mágico. El alfarero al realizarla se esmeraba en conseguir un gran parecido con el modelo y sobre todo en dotar a sus vasos de un tamaño y belleza que superase al original; esta voluntad de forma la explica la asociación mental que realizaba el campesino entre el fruto verdadero y su imagen. Estos vasos son pues la expresión de un anhelo por obtener una cosecha, así de grande y de bella como los huacos lo proclaman.

E. Yacovleff en su último estudio, "Botánica Etnológica", hace una descrip¬ción de gran parte de vegetales utilizados por los antiguos peruanos y al referirse a esta cerámica dice: "El modelo se trata con el mayor realismo posible, pues el obje¬tivo del arte es el de "decir" claramente qué fruto o raíz aspira obtener de sus deidades el donante de la vasija súplica".