jueves, 8 de julio de 2010

Santa Lucia de Moche, su Campiña.








Por
Arturo Jiménez Borja
1937


A la derecha e izquierda del valle del río Moche se extienden enormes arenales que finalizan, al norte con el río Chicama y al sur con el río Virú.

En la margen sur del río, se anida la villa de Moche. Está rodeada de una alegre campiña, lindamente parcelada por tapiales que recortan en cuadros el verde intenso del valle. El río nace en la cordillera, y desde allí baja cantando hasta morir en el mar. A su paso se abren los cerros y las quebradas se derraman en dones; al llegar al llano, el valle se hace amplio, el río se remansa y de él parten muchas acequias y riachuelos que extienden hasta muy lejos, ganando tierra al despoblado, la gracia campesina del valle. Muchas de las acequias conservan aún sus primitivos nombres indios: "Cusap”, “Choc-Choc”, “Sun”, “Pisun” y "Huartaco", y regalan sus nombres a los campos por donde discurren.

Próximo al mar el valle se detiene, la arena de la playa incursiona tierra aden¬tro y la hace impropia para el cultivo. La grama salada se encarama sobre las du¬nas de arena, que ondulando se aproximan al mar. Sobre la playa amplia y dorada chillan las pardelas. Este tramo final del valle rebosa de gracia. En las hondona¬das, el agua de filtración del río, forma grandes charcos de agua quieta, en los que flo¬recen, totora, juncos y enea, en macizos de verde puro.

Los mecheros son fuertes indios costeños, que pueblan este paisaje y se derra¬man a lo largo de valle. Unos viven en la campiña: se llaman los campiñeros. Otros junto al mar: son ios pescadores. Al centro los reúne la villa de Moche.

Sobre la villa y el valle entero, luce espléndido un cielo azul, que cruzan en limpio vuelo los gallinazos sin descomponer la belleza de sus pausados giros.

Más allá, comienza la campiña, fragante a chirimoyos, mangos y tumbos en flor; está regada por grandes acequiones que derivan del río Moche; a sus bordes crece la caña brava que da su espiga airosa, el virulí, que los antiguos mochicas usaban pa¬ra fabricar pequeños cestos.

Casi todos los mocheros son pequeños agricultores; la propiedad está muy di¬vidida y cada jefe de familia cuenta, aproximadamente, con tres o cuatro fanegadas de tierra, que hace producir cumplidamente. La campiña así parcelada, muestra sus alegres cuadros, en los que se sigue cultivando, como antes de los Incas, la yuca, el maní, el fréjol, el ají y el pallar. El viajero que discurre por los caminos del valle, sombreado de pacaes, va divisando los cuidados sembríos de maíz, de camote y papas. Estos agricultores costeños reviven los viejos cuadros y siguen cosechando los mismos dones de la tierra, como lo hacían los antiguos señores del valle. En nuestro Museo Arqueológico, se guarda de esa lejana época, la cosecha mágica, de los frutos del valle, plasmados en arcilla que el sencillo agrícola muchic ofrecía a la divinidad para que ésta se los tornase convertida en poma fragante o mazorca dorada.

Junto a la pequeña propiedad queda la casa familiar; es de sencilla fábrica, y en la mayoría de los casos, se compone de una sola habitación; le sirve de pórtico una fresca ramada sostenida por horcones de espino o pájaro bobo; bajo esta ramada se tienden esteras de enea y sobre ellas se realizan las comidas familiares. Sentados, con las piernas cruzadas o en cuclillas, los mocheros se van sirviendo sus muchas y pequeñas comidas, espaciadas durante el día. Esto se llama causear. Junto a la ca¬sa frondosos mangos y algarrobos le dan siempre sombra, desde allí el mochero contempla sus chacras: la seda crujiente de los maizales o el verde morado de sus parcelas de yuca.

El interior de la casa tiene el piso de tierra fuertemente apisonada, las pare¬des suelen ser de adobe o de caña brava revestida de barro. Cuando los muros son de adobe, el constructor indio dispone huecos en la pared, como alacenas, o repisas corridas. Se colocan esteras colgadas del techo y de esta manera queda convertida la estancia en dos o más compartimentos. El techo está sostenido por cañas de Guayaquil, luego cubierto por caña brava, sobre las que se extiende una capa de barro. Es curioso observar cómo la técnica de construcciones, permanece tan pura; en casas, bastante bien conservadas de las ruinas de Chanchán, se ve este mismo modo de em¬plear los materiales. Al costado de la casa la cocina humea y en el jardinillo las achiras ponen su fuerte nota de color.

Este enraizarse con la tierra ha hecho dulce y comedido el ademán y llena de dulzura la fabla campesina. Este matriarcal ambiente de la campiña contrasta notablemente con la tónica de la vieja cultura muchic; los vasos de la época cantan bien alto la belleza masculina, exaltan el vigor de los guerreros y el gesto fuerte del caudillo, en contraposición con la dulce gracia que hoy domina el valle. Como un eco de varonil apostura, los pescadores de Moche tiene el ademán sobrio y el hablar grave. La tierra es sedentaria y materna, el mar por el contrario es nómade, invita al viaje y a la aventura.






Los campiñeros tienen un hondo sentido de la hospitalidad. Bien pronto, el huésped se siente seguro y familiar. Sentados sobre esteras, discurren de mano en ma¬no, como un rito, el poto de chicha. Cada persona que bebe lo debe hacer en nombre de otra, "con Ud. he tomado" dice cortésmente al terminar y la aludida debe hacerlo

con otra y así sucesivamente. El ceremonial obliga que se beba igual cantidad que la que se nos ha brindado; al terminar, para demostrar que el mate está vacío, se manda volcarlo sobre la palma de la mano y no debe verterse gota. Esto se llama pischcar la mano.

Desde la cocina, la dueña de casa, trae en mates limpios y bruñidos como oro la causa. Este plato no es nada especial, muchas cosas pueden ser motivos de causa: yucas cocidas y doradas, camotes, pescado, choclos tiernos, etc. Se come y se conversa, se recuerda la cosecha pasada que a no ser por la "mosca picalona" hu¬biese sido mejor, se lamenta de lo pachorriento y cancino que es el piajeno (burro) para caminar y de paso se espanta a "Confite" y a "Moscón" que rondan en derredor de la causa; la dueña explica que "Moscón" es perro facineriento, y "Confite", mordelón.

Sentados, en derredor de los potos de causa que se han dispuesto sobre blan¬cos manteles, todos se sirven de ellos con las manos. Comedidamente se toma pedacitos de yuca o pescado cocido que se come lentamente sin apresuramiento de mal tono. Terminada la comida, la dueña se excusa de lo frugal que ha sido la causa y se disculpa diciendo es mi voluntad, poniendo de relieve, que sólo ésta debe tenerse en cuenta. De pronto, una china joven irrumpe; lleva una calabaza grande llena de agua clara, sobre la cual se han deshojado lindas flores; es el aguamanil que se ofrece a los invitados. Delicada cortesanía ésta, que dice del matriarcal refinamiento de estos hogares mocheros perdidos en la verde campiña.

Cuando la tarde llega y las primeras sombras del crepúsculo sorprenden a la reunión, se prende un farol que se suspende de los horcones del huarango que sombrea la casa y todos los concurrentes saludan. "Buenas noches" se dicen unos a otros; es la salutación, por la noche que llega calladamente y que se ha sentado invisible en medio del grupo familiar. "Buenas noches" para que la paupica, la menuda lechu¬za que cruza chillando, no sea mal presagio; para que al tornar los invitados a sus hogares, cruzando los senderos de la campiña, no grite lejos, en la oquedad de la noche "el ahogau" aquel campiñero que murió una noche de regadío en los acequiones... Pero bien pronto los compadres enhebran su fabla llena de picardía y todo el mundo atiende y se sonríe. Se dice que uno de ellos, lleva muy cosida en los ribetes de la ro¬pa la misquichilca, hierbita del amor, que cuando las lagartijas están en celo, el macho la lleva prendida en los dientes para que al aromado reclamo, acuda la hem¬bra brillante como una gema.






Llegada la noche todos se despiden y retornan a sus casas. Por los caminos empolvados de obscuridad, un niño indio, va haciendo luz con un farol; los sauces que crecen junto a la acequia brillan cubiertos de rocío. Por estos mismos caminos, hace cientos de años, los indios muchic se fueron caminando hacia la Historia, como hoy estos otros indios, mocheros, fuertes y graves que van por los senderos del valle con los pies desnudos.

San Isidro labrador es patrón de la campiña. Bajo su amparo las yemas tier¬nas se hinchan y se transforman en hojas o en flores. Cada 15 de Mayo desfila en procesión por el pueblo bajo arcos de pomas maduras. Sobre las andas a manera de ofrendas se pone flores y puñados de tierra fresca. Lleva este santo campesino una pequeña palana de plata colmada de frutos que al terminar la fiesta se reparte entre el Mayordomo v el señor cura.

A fines de Primavera los mecheros deciden la limpia de sus acequias, pues los primeros meses del verano baja el río lleno de agua, y es tiempo de "toma libre" que debe ser bien aprovechado. Pasado el verano, comienza el estiaje del río y la cantidad de agua disminuye día a día. Entonces se instala la mita o turno para el riego. Antiguamente la limpia daba motivo a alegres mingas o trabajos colectivos que se realizaban al compás de las cajas y pitos seguidos de sostenidos causeos. Este espíritu colectivo no ha desaparecido del todo y subsiste en algunos aspectos, así por ejemplo tenemos: el arado, el tapeo y el techado.

La campiña está cumplidamente parcelada. La lindan viejos tapiales que se desmoronan al borde de los caminos. Cuando las tapias se resquebrajan mucho, reúnense varios vecinos y se dedican a hacer adobón para restaurar el lindero. Tal es el tapeo. También colaboran unos con otros en el arado y así es frecuente oír decir a las campesinas "mis hermanos están en su arada" —o también— "mi marido se ha ido a darle la mano al compadre Pasión". La arada dura dos o tres días. Las yuntas se alquilan 'por dinero" o por pasto; esto último quiere decir que terminada la cosecha del maizal los bueyes se quedan pastando en el campo que antes araron.

En todas estas faenas los que ayudan no cobran por su trabajo, pero son fina¬mente correspondidos por la dueña de casa que les prepara de antemano chicha dulce y causa reparadora. El techado también es otra práctica comunal que consiste en ayudar al que levanta su casa en dar los últimos toques a la vivienda. Así el espíritu comunal se hace presente y pone su nota fraterna.

En las parcelas se cultiva de preferencia todo aquello que directamente se-rá utilizado en la comida familiar: las yucas, el maní, los zapallos, etc. La lista de los frutos de la tierra no ha cambiado desde los lejanos tiempos de los mochicas y aún hoy día el ají, el pallar, las calabazas y los pacaes siguen gozando del mismo general aprecio y en torno a ellos, como hace siglos, gira la preocupación matriarcal de la siembra cuidadosa.

Tres son las principales clases de yucas: amarillas, negras y coloradas. Se las siembra entre Julio y Setiembre, especialmente en Agosto "pa que el frío no las mate , y se cosechan pasados siete o nueve meses. Verdes son los campos al comienzo, más poco a poco con la madurez se tornan verde morados; bajo la tierra las raíces van juntando su harina blanca y tierna.

Los zapallos en Moche son de varias clases; el de piel verrucosa y cuello cur¬vo y largo se llama loche, el de pellejo verde y luciente como un melón es zapallo mochero y el ancho, cuarteado en tajadas y de cascara verde dorada, es el zapallo iqueño.

El maní es motivo también de muchos cuidados. Se cosecha desde Junio a Setiembre y se come sancochado. Camote, ají, maíz, etc., todos estos frutos se hallan acabadamente reproducidos en la vieja cerámica mochica, lo que indica que estos do¬nes de la tierra eran tan apreciados como lo son hoy en día.

La cerámica que reproduce vegetales se llama "fito-morfa" (de fitos, vegetal y morios, forma) y tenía seguramente un rol mágico. El alfarero al realizarla se esmeraba en conseguir un gran parecido con el modelo y sobre todo en dotar a sus vasos de un tamaño y belleza que superase al original; esta voluntad de forma la explica la asociación mental que realizaba el campesino entre el fruto verdadero y su imagen. Estos vasos son pues la expresión de un anhelo por obtener una cosecha, así de grande y de bella como los huacos lo proclaman.

E. Yacovleff en su último estudio, "Botánica Etnológica", hace una descrip¬ción de gran parte de vegetales utilizados por los antiguos peruanos y al referirse a esta cerámica dice: "El modelo se trata con el mayor realismo posible, pues el obje¬tivo del arte es el de "decir" claramente qué fruto o raíz aspira obtener de sus deidades el donante de la vasija súplica".