martes, 26 de octubre de 2010

Carlos Camino Calderón: Tradiciones de la Universidad de Trujillo.



LA CAMPANILLA

Cuando se asiste a una actuación en el General de la Universidad de Trujillo lo que más llama la atención no es la mesa de magnífica talladura colonial, ni el fidelísimo retrato de Bolívar con mostacho, ni los óleos que representan a las primeras autoridades del claustro, sino la campanilla que se coloca al alcance del Señor Rector, para abrir y cerrar los actos académicos.

Desde el punto de vista material, esa campanilla es un modesto chirimbolo que no tiene más valor que el de ocho onzas, tres cuartas y dos adarmes de plata; pero desde el punto de vista espiritual, esa campanilla es invalorable ya que se halla ligada a una de las más hermosas tradiciones de esta Universidad. 

Abre e! ojo que asan carne! 

Allá por la primera administración de Castilla—el cazurro Mariscal a quien Manuel Atanasio Fuentes apodaba «Cachabotas»—la ilustre Universidad de Trujillo que había jurado por patrones al Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino y a Santa Rosa de Lima, era una desconcertante gallina que no tenía agua para beber, y convidaba patos a nadar. Sin embargo de que en el decreto de fundación expedido en Huamachuco, el Libertador había señalado como fondos de la nueva institución las temporalidades de los jesuítas, las capellanías legas, las buenas memorias para casas de educación, los depósitos o contentas de los graduandos, y la parte con que contribuyeran el Obispado, el clero secular y reglar, las Municipalidades y los padres de familia. Sin embargo de todo este ámbar y algalia entre algodones, la Universidad no poseía ni siquiera tres de aquellos ochavos morunos que según Cervantes, son los ochavos que menos valen en el mundo.

¡Eso sí, la prosa que gastaban los egregios doctores del claustro universitario, era de «priquiti mangansúa»!. No había sesionen la que no acordaran obsequiar contentas, con la misma facilidad con que se obsequia espuertas de rábanos: contenta para el Obispo de la Diócesis y sus innumerables «adláteres»; contenta para el Prefecto del Departamento, su Secretario y su Ayudante; contenta para el Alcalde de la ciudad, y los primos del nieto de su tío..... Para el Presidente de la Corte de Justicia y los vocales; para los alumnos los distinguidos del Seminario. ¡Todo títere con cabeza tenía contenta sin más trabajo que el de esperarla!.

Probablemente, fue por esa época cuando se cantaba en Trujillo:

La abadesa del Carmen champús reparte,

todos los trujillanos tendrán su parte! ....

Con esta mar arbolada y este viento de juanetes, huelga decir que la Universidad de Trujillo carecía de muchas cosas, cosas grandes y cosas pequeñas. Entre las grandes faltaba un buen local que sustituyera al vetusto convento de la Compañía, donde por entonces se dictaban las cátedras, y entra las pequeñas faltaba, faltaba ¡una campanilla!

 ¡Una campanilla!—

 ¡Sí, señor! Una campanilla!—

Sólo las personas que han seguido estudios superiores, pueden tener idea exacta de la importancia que cobra la campanilla en una Universidad. En efecto, la campanilla es el alma de la Universidad. Es el motor que todo lo pone en movimiento. Es la Regla ¡Es el Orden! Es la Tradición! Sin que el Rector engolando la vozdiga: ¡Queda abierta la sesión! y sin que la campanilla diga: ¡Trirrirrirrín! , refrenando las palabras del Rector, nada puede hacerse que tenga valor oficial. Nada pasará a la historia de la Universidad.!

Por lo que dejamos expuesto, cualquiera pensaría que careciendo de campanilla, la Universidad de Trujillo era la carabina de Ambrosio. Pensaría mal!. La Universidad de Truiillo sabía sacar muy bien las habas de la caldera. No tenía campanilla propia, pero la pedía prestada al sacristán del Sagrario quien por ser íntimo amigo del Bedel Mayor de la Universidad, jamás la negaba.

De pasabola diremos que la amistad del Bedel Mayor de la Universidad y el sacristán del Sagrario, pasmaba a tirios y troyanos. Nadie se explicaba como el barbilindo del Bedel Mayor que era champús del Carmen con jugo de ámbar podía hacer migas con el sacristán que además de ojos verdosos, nariz puntiaguda y frente llena de tolondrones características del malgeniado y manaturaloso tenía hábitos espartanos en el vestir, el comer y el beber. Con todo esto que a muchos se les antojaba ser de lo bueno y bien cernido, sacristán y Bedel eran tan amigos como Pílades y Orestes, como Aquiles y Patroclo; y debido a esta amistad, la campanilla con que el sacristán ayudaba las misas del Sagrario y acompañaba el Viático para los moribundos, jamás faltaba en las actuaciones de la Universidad.

Así repicaba el badajo: unas veces para arriba y otras para abajo, cuando en la reunión del claustro verificada el 11 de diciembre de 1845, el Doctor Don José Ignacio Huidobro que ejercía el cargo de Rector, expuso que según su opinión, debía aprovecharse la actual oportunidad en que se hallaba en Trujillo el Señor Consejero de Estado y Visitador de Rentas Nacionales Doctor Don José Dávila Condemarín, para incorporarlo al seno de la Universidad.

Añadía el Doctor Huidobro que el Doctor Dávila Condemarín, además de los certificados de haber obtenido la borla de Doctor «inutroque jure» en la Universidad de San Marcos, de Lima, era acreedor en sumo agrado a las consideraciones de la Universidad de Trujillo tanto por sus relevantes prendas y notorias luces, cuanto por haber sido el más decidido colaborador en la planificación y progreso de este centro de estudios. Y como si el Doctor Dávila Condemarín hubiera estado esperando, tras de la puerta, el resultado de este parecer del Señor Rector, aún no se apagaba el eco de los aplausos con que fue recibido, cuando el Doctor Dávila Condemarín apareció en el General, acompañado de su padrino el Doctor Don Pedro Madalengoitia.

Como era natural, la incorporación fue hecha inmediatamente y de acuerdo con las Constituciones de la Universidad. Pero en la vida unas son de cal y otras son de arena; y las de arena le llegaron al Doctor Dávila Condemarín cuando al terminar la ceremonia y cuando ya se decía calabaza, calabaza cada perro para su casa se oyeron unas carreras y se vio que el sacristán del Sagrario, con los pelos de punta y los ojos desorbitados, atravesaba el patio gritando: ¡La campanilla! La campanilla que se muere la madre Engracia!. La mala suerte había hecho que la madre Engracia, del convento de Santa Clara, después de una gran zampada de camarones se sintiera morir, y pidiera el Viático. Y el Viático no podía salir porque la única campanilla que había en el Sagrario, estaba en la incorporación del Doctor Dávila Condemarín! 

No es para describirse la rebujina que se armó en la Universidad. Pero como el refrán dice que al aire y al loco ¡darles paso! , nadie pensó en detener al sacristán y la campanilla se fue con él.

Dos horas después, el claustro universitario con su Rector a la cabeza, constutuído en el alojamiento del Doctor Dávila Condemarín, presentaba sus excusas por el ingrato incidente de la campanilla. El que menos, pensaba que ese incidente haría que el Doctor Condemarín tomara ojeriza a la Universidad de Trujillo, y que así como antaño había hecho fuerza de vela para levantarla, ahora haría lo posible por tumbarla ¡Qué lejos del blanco daban los egregios doctores que así pensaban!. Aunque del mismo barro, no era lo mismo la olla que el jarro. Y la prueba de esto está en que la Secretaría de la Universidad de Trujillo, conserva una linda campanilla de plata que hasta el presente usan los Señores Rectores en los actos académicos, y que llegó, desde Lima, acompañada de la siguiente nota que muestra los quilates de realeza moral que poseía el que la enviaba.

República del Perú

Casa del Supremo Gobierno en Lima á 27 de marzo de 1848

Al Señor Rector de la Ilustre Universidad de Trujillo.

Cuando tuve el honor de que ese ilustre claustro me incorporase espontáneamente en su seno, me informé de que careciendo de campanilla propia para sus distribuciones, tenía que pedirla prestada cada vez que le era necesaria. Entonces ofrecí obsequiársela en testimonio de mi gratitud y aprecio, y hoy cumplo mi ofrecimiento por medio del chantre Doctor Don Pedro Madalengoitia quien la entregará a US; quedando yo con el sentimiento de que el don no sea proporcionado al objeto a que lo dedico, y al tamaño de mis deseos.

Dios guarde a US.

José Dávila Condemarín, Ministro de Gobierno.

Y es así como la campanilla que desde hace más de un siglo, regula los actos académicos en la Universidad de Trujillo, tiene una historia que la hace célebre y que la llena de encanto y poesía.

Carlos Camino Calderón

Trujillo - 1954