sábado, 4 de diciembre de 2010

I - Las Viejas Calles de Trujillo. Santiago Vallejo - 1952.



Primera Parte

 

Allá por los años de 1896 al 1905 la capital del departamento de La Libertad apenas podía ofrecer a los ojos del observador que ahora le llamamos turista aires de renovación urbana como los que se advierten ahora. El único indicio de que el terreno le iba a quedar pronto estrecho a la ciudad del infortunado Almagro —figura prócer de la Conquista que han calumniado a su gusto y manera viejos historiadores para dedicarle a Pizarro todas sus alabanzas — era que la anciana muralla construida hacia 1680 y tantos, la cual le costó a Trujillo muy cerca de cien mil pesos godos, y más le servía de adorno que de defensa, estaba siendo acabada de derruir entre los espacios que dejaron los quince baluartes y las quince cortinas de que esta obra se compuso. A la verdad, la tal muralla nunca defendió nada y los trujillanos se hubieran visto en tremendos trances si la gavilla de filibusteros y "vichicumas" que andaban a salto de mata, aquí te pillo allá te robo, por la costa del Pacífico Sur, se antojaran entonces dárles a los quijotes de las inmediaciones de Chanchán el susto del siglo o de los siglos. El hecho de que careciera de fosos, de terraplenes y de otros aditamentos indispensables en esta clase de empresas, convertía automáticamente la muralla de Trujillo que trataba de imitar a la de Lima, en una especie de carabina de Ambrosio. Acaso pensaron los buenos dirigentes de la cosa pública por esa época, que solamente con ver la muralla los facinerosos piratas que habían hecho de las suyas en Guayaquil y Saña, entre otros lugares asolados por ellos, retornarían a sus navíos con las orejas gachas, tal la imponencia asustadora del noble adobe erigido en impedimento aparente para su ingreso a la rica y ponderada Perla del Chimú. Los primeros en el elogio debieron ser los numerosos maestros alarifes que intervinieron en el levantamiento de la muralla con orgullo de supremos artesanos criollos, como lo han sido en verdad.



El baluarte de don Juan de Herrera y Valverde de la muralla de Trujillo.




Para fines del siglo XIX las portadas habían desaparecido. Solamente quedaban restos de muros por el lado de Huamán, respaldando una grande y frondosa huerta; a la otra parte que va por la portada de Moche, también unos largos metros; un trecho por el lado de la Bella Aurora, barrio que acababa de nacer en terrenos de chacras limitados por la vía férrea; otro trecho en el sector de Los Rieles, portada de la Sierra y, por último, un largo muro sobre el cual creo que hasta ahora se recuesta el Matadero General. La parte de la muralla que había en la portada de Huamán, lado izquierdo, iba a dar hasta el muladar de Ña Pascuala, como le decían al sitio donde dejaban la basura de la ciudad las carretas municipales y que después ha formado el Paseo Muñiz en todo ese lado que hace frente al barrio de Mansiche. Referíanme que los chilenos cuando entraron a Trujillo hicieron derribar las portadas y romper lienzos de la muralla para ponerse a cubierto de sorpresas, durante la guerra del Pacífico.
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Nuestro entretenimiento era, cuando en los días festivos nos dedicábamos al juego, ir a la muralla para, trepados en ella, recorrerla en su extensión desde el sector de Huamán hasta más allá del flamante Club Libertad, que también se recostaba en ella en su frontera sur, ahorrando así paredes nuevas. El barrio de la Unión se iniciaba urbanísticamente con un buen caserío hasta su capilla y la sección de Chicago Alto se encontraba en sus comienzos. Estas eran entonces todas las manifestaciones de rebasamiento de los antiguos límites de la urbe colonial, aunque también debe decirse que algo parecidas novedades se advertían en la portada de Moche, con muchas casas de adobe más allá de la muralla, y en el barrio de Miraflores por donde queda el Cementerio General. Varias de esas viviendas eran muy antiguas acaso tanto como la muralla, pero se veían construcciones que denotaban pasos de progreso manifiesto.


A propósito del Cementerio, un lado del panteón viejo fue la base para edificar el actual y esto ocurriera a consecuencia de que el aluvión del 91 hizo correr el agua con todo su peso por esa parte de la ciudad inundando la mansión de los muertos. Me decían trujillanos viejos que aquello fue tremendo, tanto por la destrucción que ocasionó el agua en las construcciones, cuanto por la visión macabra de los nichos y monumentos funerarios que formaban un entrevero y, con los daños del aluvión en forma de espantosa avalancha, no se supo más de la ubicación de gran número de tumbas. Antes, como se sabe, se acostumbraba enterrar en los templos, costumbre que predominó durante la época colonial. El barrio de San Martín, por el lado del Hotel del Arco, en el 91 era, al decir de testigos presenciales, un pequeño río por el que derivaban hacia las partes bajas de Huamán animales, muebles y cuanto la inundación sacó de su sitio.
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Según los viejos planos de la ciudad, (1) existentes en los archivos y de los cuales había uno en la Municipalidad y otro en la Prefectura, obra de don Mariano Felipe Paz-Soldán, allá por 1860, Trujillo se componía en su zona urbanizada, de las siguientes calles:
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Calle del APURO, —acaso porque fuera la que permitía hacer en ella lo que uno no puede hacer por otra persona — llamaron los antiguos vecinos a la de Vindívil que limitan las trasversales de Gamarra y Junin.
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Calle de la VELERÍA, la que queda frente a la estación de los FF. CC. y en cuyo lado se ubicaba el carrousel antes y estuvo el paradero del tranvía. Tomó el nombre de la extensa fábrica de velas de cera que existió por allí.
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Calle del LÚCUMO, la de Vindivil — hoy jirón Grau — que tenía a la espalda la factoría de Colé, formando ahora gran parte del callejón de Callegari. Antes había un frondoso y verde obscuro árbol de lúcuma en el fondo de esa cuadra aún no construida y que después se abrió hasta comunicarla con las primeras construcciones modestas de Chicago Bajo. Por allí estuvo, a mano izquierda, la gran fábrica de aguas gaseosas del italiano Ángel Centanaro.
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Calle de la CHICHERÍA, la de Vindivil que venía a ser la primera de este jirón hoy llamado Grau. (Desde 1861 se dio un sólo nombre a los jirones, de muralla a muralla). Allí estaba el famoso corralón de Ño Código donde vimos guardado su viejo , y destartalado coche, y se ubicaban las casitas de Melchor Moreno (Yuca), contrastando con las antiguas y arruinadas pocilgas de la otra acera. La llamaban de Chicherías o de la Chichería porque hubo una buena fábrica de chicha que dio lugar a la profusión de otros chicheros muy acreditados en toda la portada de Moche y Vindivil, barrio este al principio de pura gente de color. Este sector de la ciudad estaba señalado entre los que aparecidos y penas hacían de las suyas. (2).
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Calle de la PORTADA DE LA SIERRA, la última de Ayacucho a la esquina de Los Rieles, donde empieza el abigarrado y extenso barrio de la Unión, Allí terminaba por ese lado la villa de Mora y Almagro durante la etapa colonial y hasta los primeros cincuenta años de la república.
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Calle de HERREROS, la que tiene enfrente la pared del convento del Carmen en el mismo jirón Ayacucho. Allí se ubicaban los talleres de algunos herreros y de esto vino el nombre. En esta cuadra vivió Cristian Carranza, uno de los propulsores de todo lo que a progreso sabía en la ciudad trujillana a comienzos del siglo XX. Hombre de gran dinamismo y filantropía. Viajero y economista. Allí nació la Farmacia Humanitaria.
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Calle de SAN LORENZO, la cuadra siguiente que corresponde a la ubicación de la iglesia del mismo nombre. En los años coloniales fue ella ayuda de parroquia y ahora está convertida en parroquia. Sufrió la pérdida de su media naranja en el terremoto de 1759. Fama de duendes y fantasmas.
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Calle de ESPINOZA, la del actual Teatro Popular. Tomó el nombre de uno de sus principales vecinos. El lugar del Popular lo ocupaba el teatro chino, para recreo de los súbditos del Celeste Imperio que abundaron por allí.
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Calle del TESORO, la del Colegio Nacional de Santa Rosa, edificio que ocupaba la tesorería real en los viejos tiempos. Allí dice Rebaza que se realizó el gran baile que la sociedad trujillana ofreció al Libertador Bolívar. Frente al colegio vivió una época el recordado herbolario chino Francisco Yecguan Chuy, uno de los primeros en tener automóvil cuando estos vehículos recién aparecieron en el Perú. Otro poseedor de automóvil entonces fue don Eduardo Gonzáles de Orbegoso, en su atuendo sin embargo muy conservador. Don Eduardo tan dinámico y práctico andaba para todas partes en bicicleta. El primero que trajo a Trujillo un automóvil de verdad, fue don Víctor Larco Herrera; era un magnífico Renault. Y un ciudadano que se dió el pisto de pasear en lujoso Hudson, fué el ingeniero Juan Enrique Armas. Como que en la casa comercial de su padre, en la plazuela de Iquitos, se ofecian en venta flamantes coches, de gran lujo, que a la razón costaban cuatro o cinco mil soles de nueve décimos. Deduzcamos de esto si Trujillo no era una ciudad comercial de importancia pese a que ya para 1920 el decaimiento se hacia notorio. 



A la derecha el antiguo edificio, ya desaparecido, del Colegio Santa Rosa en la antigua Calle del Tesoro. Esquina Ayacucho - Orbegoso.


Calle de la ENFERMERÍA, la del costado del colegio Modesto Blanco. Allí estaba la enfermería de mujeres, teniendo al lado la vieja casona de la familia Muga, de esclarecida estirpe y dueña de la fórmula de esos alfajores inefables que por muchos años han salido de la casa.



La señorita María del Tránsito Muga y Reyma y su ahijada Francisca Salinas Correa "Panchita", muy recordadas hasta el presente por los trujillanos amantes de los finos manjares que salieron de esa antigua casa desaparecida con el terremoto de 1970.




Calle de la TRAVESÍA de BELÉN, la que está en el mismo jirón Ayacucho, al costado de la iglesia de Belén, donde funcionó la fábrica de jabón de Gamboa. Cuadra de aparecidos y duendes. Belén fue convento de religiosos que vinieron de Guatemala al Perú y parroquia de indígenas. Ellos tuvieron a su cargo el hospital de San Sebastián, cuya capilla desapareció hace tiempo. Fue sonado el litigio que sostuvieron los betlemitas con el cura de la parroquia de San Sebastián por delimitación, lo que acabó con la erección de la iglesia de Belén, tan visitada como la de San Agustín por los mecheros.


Calle de los CALLEJONES DE GRADOS, la primera de Ayacucho. Se llamaba así por los callejones que allí existieron, para la gente pobre, de propiedad de Grados.


Calle de las TRES ACEQUIAS, la de Bolívar que limita al norte con la primera cuadra de Bolognesi para salir a Los Rieles. Llamada así por las tres acequias de desagüe que pasaban por esa cuadra. Allí vivieron las "Conquimitapo" y se elaboraban estupendas chichas. Las "Conquimitapo" fueron unas hembras bravias, de la sierra, infiernos de tentación, de quienes se contaba que les pusieron ese sobrenombre debido a que hallándose una noche en lo más lindo de la jarana, a puerta cerrada con otras damiselas y galanes varios, se presentó un recio estremecimiento sísmico. Las serranitas, que entregadas al baile -era pleno verano-  lucían para su "auditorio" la cabalidad del verjel- vaya si eran guapas- se asustaron tanto y confundieron por la traza en que estaban, mientras los demás volaban a la calle, que empezó una de ellas a dar grandes voces perceptibles en todo el barrio: "¡Con quí mi tapo, con quí mi engüelvo!" Comentado después del alboroto y los tremendos afanes de las ninfas, el caso hizo mucha gracia y las "Conquimitapo" pasaron a la posteridad, aunque más tarde se cubrieran eso sí de recatadas faldas como réplica a la chismosería trujillana.


Calle del Compás del CARMEN, por el convento y templo que están allí ubicados. Enfrente estaban casas que fueron propiedad de Vallejo. Antiguamente se celebraba la fiesta del Carmen con gran devoción popular y los festejos los costeaba la familia de nuestro apellido. El convento de las Carmelitas de Santa Teresa se erigió en 1724, viniendo sus primeras fundadoras del Ecuador. La primera fábrica del templo se arruinó con el terremoto de 1759. Es una de las más notables reliquias que ofrece Trujillo al turista. Don Víctor Larco Herrera hizo la modernización de su plazuela, que antes estaba sombreada por coposos ficus y encerrada entre cadenas.

Calle del PRADO, la del Teatro Municipal. Horrendo recuerdo el de la tragedia que se registró en ese coliseo al que llegaron en otros tiempos insignes actores, tragedia que tuvo lugar una noche de verano, el 21 de febrero de 1910. Se daba allí una función de cinematógrafo, propaganda de los jabones Reuter, y al público concurrente se le obsequiaba con una fragante pastilla de estos. Parece que era ya la segunda o tercera exhibición que se hacía. Aquella infausta noche, ya a hora avanzada, hubo un corto circuito en la caseta del operador, prendió el celuloide como si hubiera sido pólvora y el fuego se comunicó así fomentado con gran rapidez al maderamen viejo y reseco, en la parte alta desde donde se hacía la proyección y que comunicaba con la cazuela situada al lado derecho del edificio lindando con el Hotel América. Como se sabe, el proyector funciona por lo general en la parte opuesta al escenario, en que se fijan las escenas. Dio la coincidencia, para la catástrofe, que la pequeña puerta de salida de la cazuela, que tenía una larga y estrecha escalera hasta abajo, no se abría para afuera, como habría sido lo racional tratándose de un teatro. Y por abrirse para adentro, el público que pasaba de una centena de personas, allí acomodado, al darse la voz de ¡incendio! se agolpó desesperadamente a la puerta y en vez de franquearla la obstruyó a tal extremo que la peor parte de las muertes se debió a esta circunstancia. Ardiendo como piras humanas, más de setenta personas perdieron la vida en medio de gritos y lamentos que se oían en el silencio reinante en el resto de la ciudad, como clamores entre un infierno de llamas. Tarde llegaron los deficientes auxilios pues el Teatro Municipal ardía por todos sus costados con la ayuda de un viento fuerte. Fue aquel un desastre tremendo que convirtió a Trujillo en un sólo llanto, en un sólo duelo. El olor de la carne quemada al extraerse los cadáveres para ponerlos en los vehículos que habían de trasladarlos para la operación del entierro era algo en verdad insoportable. Por muchos días la ciudad vivió bajo el pavor que ocasionó esta desgracia colectiva, en la que perdieron la vida estimabilísimas personas.

Cerrado el teatro, en escombros, así permaneció por años. Hasta que bajo la administración política del Coronel Temístocles Molina Derteano, el mismo que contrató la erección del monumentó a la Libertad, obra del escultor alemán Edmundo Moeller, se efectuó la reconstrucción en forma total. Emitióse una mella conmemorativa del nuevo estreno, que fue con fiesta grande, pero el suceso, apesar de todo, no lograra desvanecer del recuerdo aquella tremenda lección que a los imprevisores dio el incendio del edificio destinado a los espectáculos de más valer.



El nuevo Teatro Municipal


Mientras el Teatro Municipal estuvo inoperante, por el acontecimiento citado, diéronse funciones aquí y allá. La vieja iglesia de la Compañía auspició muchas. Allí trabajaron Carlos Rodrigo, ese insuperable cómico nacional desaparecido prematuramente; Onofroff, famoso ilusionista; la bella Carmela... Durante un tiempo fue el "rendez vous" de la sociedad de Trujillo, pues las funciones de cine en esa época tomaron un ritmo acelerado y el empresario Rivera comenzó allí con buen éxito mientras se preparaba la primera sala cinematográfica con capacidad para actuaciones teatrales que ha tenido Trujillo: el Cine Ideal, ubicado en lo que antes había sido un restaurante chino, limítrofe con la esquina del Pilancón, en la transversal de La Libertad colindante con la Plaza de Armas. Para darle nombre al Ideal hubo un concurso que me parece fue ganado por una señorita hija del vocal de la corte superior doctor Pancorvo, originario del Cuzco. A su vez el Ideal pasó a mejor vida después de haber servido de escenario a grandes sucesos teatrales, como consecuencia de la reiniciación de las actividades del Municipal y de la construcción del Teatro Popular y la sala Colón. También sirvió como sala teatral el gran patio de la casa institucional de la Sociedad Auxilios Mutuos del Carmen, por esos tiempos, así como el salón de la Sociedad F. C. de Protección Mutua. Allí ya se había actuado, cuando el cinematógrafo, recién llegado por primera vez al norte, hizo sus exhibiciones con Gabrielli.

Calle de la puerta de ARANDA, la siguiente donde quedaba la plazuela de Aranda, después Iquitos, por la casa de Aranda que allí subsiste. Dicen que en esa casa hicieron prisionero a Riva Agüero en los memorables días en que el Congreso de la República se trasladó a Trujillo. Riva Agüero, cuya actitud fue­ra objeto de sendas polémicas y divergencias políticas de bulto, al ser apresado, lleváronlo a Huanchaco y de ahí lo embarcaron rumbo a Guayaquil. La plazuela de Aranda era, en mis días in­fantiles, un sitio apacible y allí donde desde hace muchos años se halla la librería Ríos Hermanos y otras oficinas, moraban asiáti­cos, vendedores de chicharrones... Esa plazuela como la de San Agustín acusaba una gran pobreza. Las puertas de los pe­queños negocios estaban forradas de latón. Mal tenidos ficus da­ban sombra a una cuantas bancas. Todo llano, todo simple. En la de Aranda encontraba el público a los "cargadores" del comer­cio, pues era ese su lugar de concentración, algunos de ellos con sus carretas.




La plazuela de Aranda





La Puerta Principal de la Casa Aranda



Calle del GENERAL, que también llamaron de la Escuela, la del pasaje del Mercado en que ubicaban los baños de Callegari y su fábrica de vinos y fideos (3) Despojado el convento de San Agustín de parte de su gran solar, él sirvió para levantar en su predio el Mercado de Abastos y dedicar la otra parte con frente a Bolívar, a cuartel que por muchos años ocupó la antigua guar­dia civil y más antes los recordados celadores. Después, cuando lle­gaban tropas de línea, los polizontes tenían que mudarse eventualmente. Por último, ese lugar húmedo, ruinoso y mal oliente por falta de obras adecuadas y refecciones periódicas, no volvió a servir más para alojamiento de tropa.

Calle de las PRIETO, la que sigue, donde vivían las hermanas Prieto hace mucho tiempo. Comunicaban sus casas con la plaza de Armas y así se explica que durante la revolución del 10 de Octubre de 1884, los azules penetrando por allí, pues no podían tomar la plaza defendida por los colorados, ganaran la acción en su más encarnizado momento. El episodio de la muerte de la señora Pepita Ochayta, dueña entonces de esos inmuebles, quien se opuso valiente pero inútilmente a los invasores, fue una de las notas trágicas de esa hecatombe.

Calle de la Capilla de los MUERTOS, la siguiente, donde estaba el mortuorio del Hospital de Belén, colindando con la destruida capilla de San Sebastián. En la época colonial el hospital se llamaba también de San Sebastián.

Calle de la PUERTA FALSA de Huamán, la que sigue y daba a la muralla donde estuvo la famosa huerta de Astudillo, una de las mejor surtidas en flores y frutas. Calle pesada por las penas y estantiguas, allí surgió el Club Tell.

Calle de la CAJA de AGUA, la que limita con la plazuela del Recreo donde estaba la Atarjea. Allí se ubicaban los concurridísimos baños del Recreo rivales victoriosos de los baños de Vallejo, en el mismo sector. En esta plazuela, que ha sufrido diversas transformaciones y es ahora heredera de la pila de la Plaza de Armas, funcionaba el carrousel y por allí se hacían los paseos de toreros y banderillas, cada vez que se lidiaba toros en Acho, como también se nombraba al coso taurino trujillense.

Calle del MIRADOR de Santa Clara, la siguiente. Desde los altos del Correo — antes que allí, la oficina postal ocupaba un caserón viejo y reducido al otro lado del Hotel Americano — se dominaba parte del convento de Santa Clara en sus interiores que formaban la huerta y algunas celdas bastante deterioradas. El diario "La Libertad" tuvo sus oficinas en esa cuadra, como mucho antes "El Economista" de breve vida. Así mismo, por varias décadas funcionó en esa cuadra la firma Acharan, Goicochea & Cía., en extensa casa, tanto que siendo una de las firmas importadoras de más renombre, sus existencias de mercaderías ocupaban sendos patios y numerosos compartimientos.

Calle del COMERCIO, la cuadra de Iturregui, donde está el palacio de este nombre — en otro tiempo Prefectura — ocupado por el Club Central. En esa cuadra estuvo el Hotel Kosmos, uno de los primeros de Trujillo, y en la esquina la afamada Pastele­ría Francesa que conocí bajo la administración de Fratelli Giorgeta, dos italianos sagacísimos. Establecimiento de alta calidad, ostentaba premios valiosos alcanzados en torneos internaciona­les. Al lado de Iturregui, donde fue cuartel hace mucho tiempo estuvo el Banco Alemán Transatlántico. "La Razón" tuvo sus ta­lleres en esa misma cuadra, donde a la vez y en la otra acera se ubicaba la Imprenta Comercial, de Haya Verjel y Cía. Donde está la Farmacia Iberoamericana se hallaba el Bar-Restaurante de Centanaro. Y donde está El Trieste hubo antes en 1917 un buen res­taurante-jardín con Domingo Faverio a la cabeza como chief. Por allí hubo casas de comercio muy importantes en el pasado.

Calle de las LEYES, la cuadra de la Merced en cuyo viejo convento se estableció el Palacio de Justicia. Por largos años es­tos claustros oscuros y mal tenidos albergaron a los hombres de leyes encargados de deparar la justicia. Y las cosas hubieran se­guido más o menos lo mismo, si la operancia de la ley que dio vida a la Junta del IV Centenario no acelerase la edificación de salas y oficinas dignas del poder judicial en la capital de La Li­bertad. La Botica de la Merced, tan acreditada, y la Librería Goicochea, nacieron en esa cuadra.

En la plazuela de la Merced hay una muy pequeña estatua de mármol del Coronel O'Dónovan, heroico compañero de Bolognesi en la batalla de Arica. En el pedestal se leen los nom­bres de otros trujillanos caídos en esa memorable acción de ar­mas, asi como en Pachía, Miraf lores... Los "Libres de Trujillo” y otros cuerpos de voluntarios trujillanos dejaron bien pues­to su nombre en los campos de batalla. Merecen de su tierra algo mejor que esa estatua como homenaje postumo. El templo mercedario data de los primeros días de la fundación de Trujillo.

Calle del MAYORAZGO, la que va de la plaza de Armas a Santo Domingo. En lo que hace la esquina, costado de la Municipalidad, estaba — ya vemos que la han derruido ahora — la casona famosa del Marqués de Herrera con sus bellos balcones corridos, casa de tradición y de prestancia arruinada por ese descuido con que se ha mirado siempre en Trujillo el acervo colonial, salvo muy raras excepciones. La huerta de esta antigua residencia era muy grande y colindaba con el Mayorazgo y otras casas hasta la de Astudillo, en la calle Sosiego. La familia del doctor Tapia y Velarde era la propietaria de ese inmueble, desde que yo tuve uso de razón. Las varías veces que estuve en ella advertí que sus magníficos artesonados y rincones interiores estaban muy dañados por obra del tiempo y del poco interés que se tuvo en la conservación desde luego como reliquia de la Colonia. Frente por frente, al costado del Cabildo, estaba, en los viejos días, la capilla donde se ponía a los reos condenados a la última pena. Bajo el balcón de la casa que queda fronteriza a la de Tapia, en la vereda opuesta, esquina de la Plaza de Armas, con ventanas a la calle del Mayorazgo, supe que fusilaron a varios individuos en distintas épocas. Una de esas ejecuciones se realizaba cuando al caer el reo herido mortalmente comenzó a llover en forma torrencial.



Calle del Mayorazgo


La casa que cito tomó el nombre del Mayorazgo por el de Herrera. Allí en ese viejo solar, vivimos algunos años. Y antes por mucho tiempo lo habitó el señor Luis José de Orbegoso, en compañía de su hermano Fortunato. También oí que Bolívar había habitado algunos días allí antes de ir a la sierra. Se decía de esta vieja casa, típicamente colonial, habían extraído un entierro". (Nunca se les llamó tapados a los tesoros ocultos enTrujillo y sus valles). Debió ser así pues revolviendo la tierra de uno los cuartos de abajo, el que da a la primera escalera entrando de la calle, encontré cierta vez algunas monedas de plata con la efigie de Carlos III. Decían también que en el cegado existían trajes de la época virreinal, así como muchos trajes arrumados allí. También supe que de la segunda escalera, que lleva al principal, extrajeron hace mucho tiempo la osamenta de un oficial chileno, identificándolo por los restos del uniforme y los botones. Como tanto nos decían los amigos acerca de existencia de otro tesoro comisionamos a Virgilio N., un muchacho que nos servía y del que se hablaba que tenía condiciones de médium, para que por medio de sus dones y cábulas, viera de ubicar el tesoro de marras. Recuerdo que fue él quien nos juró que lo de los trajes era verdad y que había, en el sótano mariñaques, casacas, sombreros, etcétera, pero que para llegar hasta ellos tenía que derribar un muro con el cual se había obstruido la entrada. Le hicimos excavar en el cuarto de junto a la escalera donde dizque estuvo el chileno — se me ocurre que lo asesinaron durante la ocupación — y cuando después de no poco trabajo, se vio el principio de una escalera de mármol, tomamos luego a mal que se siguiera haciendo la búsqueda pues— alegamos— el dueño ausente de la finca, don Marcial Acharan, podría disgustarse y pedir cuentas sobre esas excavaciones en casa ajena. Y ahí quedó todo.

Se citaba que las penas en este inmueble eran para hacer salir corriendo. La finca había sido también colegio en algunas oportunidades. Un deudo nuestro decía que alguna vez oyó, al filo de la media noche, como si estuvieran jugando con una pelota de jebe en la gran sala. Cuando la tomamos para vivir y para alojar, en el lado que tiene los balcones a la calle, a la Sociedad "Unión Empleados" — antes ella había tenido su sede en la casa de la Beneficencia, esquina de la Universidad que debía reconstruirse — hacia algún tiempo que estaba deshabitada. A la verdad, los alquileres entonces — 1915 — eran bajísimos. Pero un sol era un sol, señor...

En frente del Mayorazgo estaba la casa de la familia Cuadra, uno de cuyos miembros, don Jorge, el mentado y ameno "Cayo Mucio Scévola", escribió muchas tradiciones sobre la vida de Trujillo. Gran parte de su producción quedó inédita y se ha perdido. Cuadra tenía su relojería en la calle de la Merced. Lo conocí ya con unos setenta años encima. Me refería viejas cosas de Trujillo antiguo, y por él conocí datos ignorados de muchas familias de las que había sido muy amigo. Tenía tales recursos anecdóticos que fue verdadera pena yo no le hubiera recogido entonces apuntes que ahora serían valiosos testimonios de la historia y la vida de la ciudad.

Calle de SANTO DOMINGO, la del convento que dizque fundó Pizarro junto con los de San Francisco y la Merced y se adaptó con los tiempos a alojamiento de los presos que fueron cambiados allí después de haber tenido como cárcel la de los bajos de Cabil¬do. La iglesia de los dominicos fue otrora de las más concurridas. De allí sale la procesión del Santo Sepulcro y tiene ricas y her¬mosas imágenes y altares, aunque han perdídose cosas valiosas, incluyendo cuadros, en el curso del tiempo.


La casa de los Merino, que es ahora la fábrica "San Martín” decían que había sido siglos ha una sola con la finca del mayorazgo fronteriza. También habló la gente de que en ella, los dueños, encontraron un entierro y de los buenos. Precisamente eso se dijo cuando entró en reconstrucción la vieja casa.


Calle de la PORTADA DE HUAMÁN, la siguiente o sea la primera del jirón Pizarro. Allí estaba la salida por la gran puerta de la muralla rumbo a Santiago de Huamán, antiguo pueblo de la gentilidad sin duda hizo adelantar mucho, pero vino a menos desde el sometimiento incaico.


Huamán debió ser antes de ello residencia de los pescadores indígenas que alternaban sus labores con las del campo. Es preciso decir que este mar, en pu¬és riquísimo en pesca y mantiene una tradición no contradicha con respecto a la calidad de sus recursos ictiológicos. Huanchaco, Mansiche, Moche y Huamán, formaron en lo remoto localidades afines a las puertas de Chanchán, con intercambio de sus productos y siguiendo la misma línea de costumbres, dialectos y leyes.

Cuando la portada desapareció — como desaparecieron las otras— cada cual entró y salió como y cuando quiso. Las portadas propiamente dicho parece, repito, que fueron derribadas la época de la guerra con Chite, pero es sabido que algunas cortinas de la muralla se derrumbaron mucho más antes, tiempo de los españoles, y aunque una u otra fueron objeto reparación, a la verdad no la necesitaron más. Los gruesos paredones que circundaban Trujillo, a titulo de cinturón de seguridad nunca impusieron respeto ni sirvieron para otra cosa que pared para el uso de las construcciones siguientes que se apoyaron en ellos, como el Club Libertad, el Camal... Si los piratas hubieran querido saquear ahora ñaupas a la noble y fiel ciudad de Trujillo, la muralla sirviera de muy poca cosa para entrar en ella por las razones que ya se conocen acerca de la importancia de la construcción como defensa militar.

Era típico de Trujillo el ruido mañanero que viniendo de caminos empezaba a despertar al vecindario desde las cuatro de la madrugada para adelante, entrando por sus portadas Huamán, Moche y Mansiche. Emporio de ruidos podía llamarse aquello, pues desde el cercano campo, con la música de los pájaros y el altivo canto del gallo, el trote conocido de las bestias era el indicio cotidiano del ingreso de las gentes de chacras, esas chacras que hicieron proverbial la bella y fecunda campiña trujillana, hoy tan cambiada ya. En ella había de todo; grama, selva y floresta, en la vega del río Moche; en el monte las nervaduras del espino y del sauce se alzaban hasta los caminos; en las mismas chacras el maizal elevaba sus mazor¬cas como en un ofertorio magnífico y la herbosidad tupía el borde de las acequias; frutos incomparables llevaban cada día al mercado de la ciudad el producto del trabajo humano y de la fecundidad de la tierra, a profusión. Porque las mansicheras, las huamaneras y las mocheras, sin dejar de lado por cier¬to a las huanchaqueras, preciáronse desde los viejos tiempos coloniales de ser las proveedoras por derecho propio de la ali¬mentación de estas gentes estiradas y quijotescas, en la villa de Almagro, que tan a orgullo tenían vivir en opulentas casonas, al¬ternando, con la calma aldeana de entonces, sus expansiones bu¬cólicas, sus chismoserías y afanes politiqueros y sus aficiones beateriles. Por la portada de Huamán venían a la urbe que se preciaba de tener metal sobre metal en su escudo de armas, la leche, los camotes, las yucas, la alfalfa, el pescado, las naranjas, los pepinos, el maní, el maíz, las lentejas y cuanto Dios dio a Trujillo como regalo, mientras por la de Moche las gentes del pueblo de Santa Lucía competían con Huamán y Mansiche, aun¬que es verdad que los productos de huerto no los tuvieron nun¬ca mejores ni iguales a Mansiche los otros proveedores. De Huanchaco llegaban el pescado y los mariscos que los trujillanos proclamaban superexqtúsitos. Y esto ocurría todos los días, muy de madrugada, entrando por las portadas, como has¬ta ahora en que de las tales no quedan ni rastros, pero siguen llamándose portadas. La de Huamán era barrio de gente de color y de jarana. Y como la célebre peregrinación a Huamán, originada en el culto del milagroso Señor de la Humildad y la Paciencia, al que llegaron a adorar por décadas peregrinos de todas partes del Perú, arrastraba cada Pentecostés al pueblo de Trujillo en masa, es para imaginarse como estaría de transitado el camino que separa la portada del caserío.

Calle del ALGARROBAL, la que resulta última de la Independencia por los algarrobos que antes dizque por allí hubo.

Calle del CORREO, la siguiente que yo conocí con el nombre de Correo Viejo. Esta y la de Santa Clara, que le sigue, formaron una sola cuadra. Antaño el Correo estuvo en la casa que hace esquina, vieja mansión de Lizarzaburu.

Calle de SAN FRANCISCO, la que está en la misma cuadra á el templo de este nombre. Con parte del convento se arre¬gló el local para el Colegio Nacional de San Juan. Los religio¬sos franciscanos estuvieron allí hasta que se retiraron previo acuerdo con las autoridades para permitir el funcionamiento del citado plantel hace un siglo. En el Convento de San Agus¬tín, cercenado y todo, los PP. Seráficos se acomodaron mejor, hasta ahora.


Calle de la CATEDRAL, la inmediata o sea la que mira al sagrario. En esa cuadra las penas andaban sueltas y cómo no en el atrio del templo mayor se enterró como en sus capillas siglos a mucha gente. La Catedral funcionaba primero en esta iglesia, que llamárase la Matriz de Trujillo en el mismo sitio donde se halla. El estreno de la nueva fábrica parece que ocurrió en 1616. Pero el tremendo sismo de 1619 le donó gran estrago aunque sería mejor decir que la dejó en escombros. Corne hizo obra de reconstrucción pero otro terremoto en 1635, volvió a causarle ruina. Entonces el Obispo carmelita Fray Ambrosio Vallejo, trasladó los servicios religiosos a la iglesia de Santa Ana, la más antigua de la ciudad, según Montesinos. Posteriores cataclismos dañaron el templo mayor Ttujillo, diócesis de gran influencia por su extensión antigua, muchas reparaciones se han hecho desde entonces. El cambio de pavimento, en el atrio, lo hizo la Junta de Progreso Local presidida por don Víctor Larco Herrera, en 1913. Se extrajeron las osamentas existentes bajo el piso, llevándolas al cementerio general por carretadas, se quitó la gran verja de hierro que circundaba el atrio, en fin, se hicieron modificaciones que son las que permiten advertir la modernización actual. El viejo reloj que marcaba también las fases de la luna, fue reemplazdo por otro comprado al relojero italiano Schettini.

Fue curioso que durante la revolución de julio de 1932, el impacto de una granada dejó inmóvil al reloj, aunque por suerte no lo hizo volar. Desde las torres de la Catedral el famoso 10 de octubre combatieron entre azules y colorados.

En este templo predicó más de una vez el gran Arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo, que tiene imagen en su Capilla, y allí también San Francisco Solano anunció, después de un te-rremoto, que algún día en la Plaza de Armas navegarían los barcos que pasan por el mar cercano de Buenos Aires. Patrón de Trujillo fue San Valentín y, para conseguir los beneficios de las buenas cosechas, fue patrón San Juan Evangelista, cuya imagen se puede ver en la iglesia de San Lorenzo.







Santiago Vallejo



Fin de la Primera Parte.