viernes, 24 de junio de 2011

Los Baños Públicos de don Juan Guillermo Gonzales de la Plazuela Del Recreo




La Casa Huerta de Versalles



Por
Miguel Adolfo y Carlos Alberto Vega Cárdenas



Los Baños del Recreo de Don Juan Guillermo Gonzales, estuvieron ubicados en la "Casa Huerta de Versalles" en la plazuela del Recreo, surtiéndose de agua de la acequia que pasaba al barrio de Vindivil. Desde el año 1872 la "Casa Huerta de Versalles" perteneció a Don Juan Guillermo Gonzales y en 1876 el periódico "El Imparcial" publicaba el siguiente aviso:


"Se previene al respetable público de esta Capital, que desde la fecha se vuelven a abrir los baños fríos, servidos con puntualidad y esmero. La frecuente limpieza del estanque y la decencia de los ropajes, eso es todo lo que puede ofrecer el nuevo empresario a los concurrentes. Para abono mensual o por la temporada, precios convencionales.
Entrada al baño: 10 centavos. Baño con sábana, paño y calzón: veinte centavos".



El zaguán y parte del patio principal es todo lo que queda de la "Casa Huerta de Versalles" ubicada en la antigua Plaza del Estanque hoy conocida como Plazuela del Recreo. 




  






















miércoles, 25 de mayo de 2011

La Iglesia de Lambayeque Viejo.




Restos de la Iglesia de Lambayeque Viejo en 1919. Enrique Brüning.




Por
Miguel Adolfo Vega Cárdenas

Publicado en CALLE REAL Órgano del Patronato de Lambayeque. 1995 - Nº02



Primordial labor de la Corona Española al conquistar estas tierras, fue ganarlas para la Santa Fe de Cristo, enviando religiosos que predicaran el evangelio a los naturales. La cruz debería establecer en ellos su pacífico reinado. Los templos cristianos sustituyeron en corto tiempo a los oratorios de la gentilidad. 

El conquista­dor Pizarro tenía órdenes de edificar iglesias en ciudades cristianas como en pueblos de indios, dotándolas de cuanto fuere menester para el ejercicio decente del culto. 

Existen en el Archivo Regional de La Libertad, en Trujillo dos documentos importantes e inéditos: el primero lleva el título de "Concierto de la obra de la Iglesia de Lambayeque entre Antonio de Vega y Don Martín Cacique". actuado el 07 de mayo de 1566 ante el escribano público Juan de Mata y asentado actualmente en el Legajo N°9, folios 275 y siguientes. El segundo documento es el "Testamento de Francisco de Salamanca Albañil". también otorgado ante Juan de Mala el año 1566; ambos de mucho interés para la historia temprana del pueblo de indios de Lambayeque y para el entendimiento de las primeras manifestaciones artísticas importadas que se establecieron y florecieron en América. 

El primer documento, íntegramente transcrito por el autor, parte del cual se pone por primera vez a disposición y conocimiento de los estudiosos, es uno de los tantos e importantes "Conciertos de Obra" que se otorgaron ante los escribanos locales con el fin de protocolizar las condiciones y especificaciones, de manera minuciosa y detallada que deberían cumplir los concertados para, de esta manera garantizar la "buena obra" de las edificaciones civiles, religiosas o militares realizadas tempranamente en tierra peruana. 

El interés que esta obra de arquitectura religiosa española realizada en Lambayeque despierta en el autor el deseo de darla a conocer, se justifica en la importancia que la interpretación documental tiene para el conocimiento de la historia del primitivo pueblo de Lambayeque e historia del arte peruano, antes de haber sufrido este, las innovaciones que a lo largo del tiempo le ocasionaron las costumbres provincianas de los pueblos y su creciente religiosidad, el clima, los desastres naturales, el arte ancestral de nuestra cultura y las diversas corrientes estilísticas importadas dependientes de diferentes modelos económicos de otras tantas épocas que así lo permitieron. De otra parle, cabe considerar que el estudio de la arquitectura religiosa temprana, analizado en forma particular, ayudará a un mejor entendimiento de todo su proceso evolutivo. Conociendo detalladamente la arquitectura local, la época en que se realizó y el pensamiento de la sociedad que la impulsó, se comprenderá mejor el proceso integral desarrollado en nuestra tierra. 

La Corona española envió religiosos para que se entendieran de la instrucción y conversión de los naturales, disponiendo se les hicieren monasterios y recomendando que los edificios se fabricasen con humildad, eligiendo los lugares más necesarios, y una vez elegidos, si fueren pueblos dependientes de la Corona Real, se hiciesen las edificaciones a costa de ella y con la ayuda de los indios de dichos pueblos y de ser en pueblos encomendados, como debió ser en Lambayeque, se deberían de hacer a costa de la Corona y encomendero. 

La participación de indios en la construcción de iglesias en los primeros años de conquista, es un hecho indudable. La mayor o menor prisa con que se edificaron dependió decididamente del número de indios disponibles, quienes además fueron los que sufragaron los gastos, pues la parte que correspondía a la Corona y a los vecinos procedió en buena cuenta del tríbulo que se les exigió pagar. 

Consta documentalmente que hasta inicios de 1578 existió en el antiguo Asiento de San Pedro de Lambayeyue ubicado por entonces en las inmedaciones de la actual ex hacienda de Bodegones, una iglesia de muy buena fábrica edificada quince años, antes que conjuntamente con la casa del encomendero, la del Cacique Principal, la casa de la comunidad, el hospital de pobres y algunas de indios nobles, fueron construidas con muros de adobe con algunas estructuras de ladrillo. Las demás casas de indios fueron de bahareques de caña. Gente de esa época que conoció la iglesia, atestiguan que "era la mejor que había en los valles" y "mayor que la de Lima" y que había costado "mucha cantidad de pesos". No podría ser de otra manera: un maestro de albañilería, Francisco dc Salamanca y un oficial de carpintería, Anto­nio de Vega, ambos españoles y de reconocida calidad, avecindados en la ciudad de Trujillo del Perú, fueron contratados directamente por don Martín Farrochumbi Ca­cique Principal y Gobernador del Repartimiento y pueblo de Lambayeque, trasladándose luego los artífices a ese pueblo para edificarla íntegramente. 

Francisco de Salamanca inició su obra en la antigua Lambayeque aproximadamente, a mediados o fines de 1563, es decir años antes que el Visitador y Jurista Gregorio Gonzáles de Cuenca iniciara el establecimiento de las reducciones y fundaciones de pueblos indios, ya que el de Salamanca en su referido testamneto declaró haber construido la iglesia de Lambayeque en lo tócame a su oficio de albañil, ser natural de Salamanca de los Reinos de España, e hijo del Albañil Maestro Mayor de Salamanca. El maestro falleció en Trujillo a los pocos días de haber firmado su carta de última voluntad, pidiendo ser enterrado en la Iglesia Mayor de esa ciudad. Lamentablemente, el contrato notarial de obra que el albañil de Salamanca y el cacique de Lambayeque debieron otorgar, no ha sido localizado, razón por la que se desconoce la fecha exacta en que se debió dar inicio ésta edificación, los pormenores y condiciones de la obra y la cantidad de pesos que don Martín Farrochumbi pagó por ella. 

Francisco de Salamanca echó cordeles y abrió cimientos para construir una iglesia de una sola nave, sin crucero pero sí con bautisterio, sacristía y por supuesto, una torre campanario a sus pies. Todos los anchos y sólidos muros se hicieron de adobe asentado con barro, la portada principal y lateral y el arco toral se edificaron de ladrillo asentado con cal. 

El diseño de la planta de la Iglesia de Lambayeque Viejo utilizado por Francisco de Salamanca, fue el correspondiente a las iglesias parroquiales construidas en pueblos encomendados a los conquistadores y sus dependientes. La obra de albañilería de la Iglesia se terminó justamente cuando el Visitador Gregorio Gonzáles de Cuenca iniciaba en ese valle el establecimiento de las Reducciones. 

Inmediatamente, se inició la obra de carpintería, arte hispano mudejar traído a America para trabajar la madera, confeccionando y ensamblando artesonados destinados a cubrir templos y casas, que debería seguir a la obra de albañileria entregada en estado de "alberca", es decir solamente construidos todos los muros que conformaban el cuerpo de las edificaciones, faltando sólo la obra de carpintería para techarlas. 

El 7 de mayo de 1566 Antonio de Vega y el cacique don Martín Farrochiumbi otorgaron en Trujillo la referida escritura de "concierto de obra", por lo cual el primero se comprometía a cubrir el cuerpo y capilla de la Iglesia con artesonado de madera, ochavado e igual al que habían labrado para cubrir la Iglesia del Comento de San Francisco de Trujillo, es decir de par y nudillo, cinta, saetín y molduras; asimismo, a confeccionar las puertas de la iglesia, puerta para la sacristía, una cancela de balaustres con puertas a la pila bautismal y a poner los oficiales de carpintería necesarios pata aserrar la madera. Vega también se comprometió a enlucir con cal el arco toral edificado meses antes por Fran­cisco de Salamanca, para lo cual el pondría la cal necesaria para realizar además los trabajos de albañilería destinados a nivelar y asentar toda la obra de carpintería. El desprendido cacique lambayecano se comprometió a dar toda la madera, pagar a don Antonio de Vega "por el trabajo de sus manos e industria" la cantidad de mil pesos de oro, dar la clavazón, sogas, tablas y todo lo necesario para armar andamios, disponiendo de los indios que hicieren falla para ello, y para el sustento de don Antonio y sus peones, una fanegada de maíz al mes, semanalmenle un carnero y un capado y pescado lodos los viernes. El Cacique exigió que Antonio de Vega permaneciera en Lambayeque dirigiendo personalmente la obra de carpintería destinada a cubrir la iglesia. 

A continuación se da a conocer parte del documento, transcrito para este caso, siguiendo las normas establecidas y permitidas para publicaciones de divulgación, es decir manteniendo la fidelidad del texto, pero modernizándose la ortografía y puntuación para su mejor comprensión. 

"Sepan cuantos esta carta vieren como nos Antonio de Vega, oficial de carpintería y vecino de esta ciudad de Trujillo de estos reynos de Perú, de una parte, y yo don Martín Cacique de Lambayeque, ladino en la lengua española, encomendado en Pedro Barbarán, vecino de esta ciudad, con autoridad de mi curador Alonso Caro que está presente y yo el dicho Alonso Caro por el dicho don Martín y como su curador, otorgamos y conocemos por esta presente carta que somos convenidos y concertados a que yo el dicho Antonio de Vega haga la obra de carpintería y Albañilería [roto] en la iglesia de Lambayeque que vos el dicho don Martín tenéis hecha en vuestra tierra [roto] tengo que hacer y somos concertados que haga en la manera y con las condiciones y precios y usos y posturas y penas siguientes: 

Primeramente que yo el dicho Antonio de Vega tengo de hacer en la capilla y cuerpo de la dicha iglesia una armadura de madera de la misma labor y suerte que está cubierta y labrada la iglesia del señor San Francisco de esta ciudad de Trujillo, y de par y nudillo cinta y saetín chaflanado, ha de llevar en la capilla dos artesones y tres en el cuerpo de la iglesia, ochavados con sus molduras y las puertas de la iglesia y una puerta a la sacristía y una reja de varas indicadas con sus puertas a la pila del bautismo, hacerlos y asentarlos dando a toda esta dicha obra el dicho don Martín la madera, varazón, sogas [roto] y todo lo demás necesario (……. ). 

En este histórico documento no existe en ninguna de sus partes la mención de ningún religioso, ya que es solamente el Cacique el que está decidiendo y costeando todo el trabajo final de la iglesia; ni aún el mismo encomendero Pedro de Barbarán tuvo participación directa, siendo este el más obligado, interesado y beneficiado con la edificación del templo que permitiría la presencia de religiosos dispuestos a evangelizara a sus protegidos, los habitantes de ese antiquísimo asiento de indios. Todo lo cual hace suponer que Barbarán tenía concertada la venida de religiosos y para ello había negociado con el Cacique la edificación de la iglesia, con lo cual ambos se verían directamente beneficiados. La responsabilidad directa, según las disposiciones de la Corona, le correspondía al encomendero más no al cacique que sólo cumpliría con dar indios para la edificación, pero fue él quien terminó costeando toda la obra con un crecido gasto cubierto íntegramente en oro. 

La obra de carpintería en madera realizada para cubrir el cuerpo de la iglesia, siguió el modelo que Antonio de Vega antes había utilizado en la Iglesia del Comento de San Fran­cisco de Trujillo, modelo elegido por el propio Cacique de Lambayeque que se encontraba en Trujillo desde tiempo atrás en búsqueda de un oficial de carpintería para la obra que el también costearía en su tierra. Consistió básicamente en la confección de un laborioso y artístico artesonado utilizando como elemento estructural el sistema de par y nudillo formado por dos vigas que se unen en el vértice -los pares- y un elemento transversal -nudillo- que se halla aproximadamente a un tercio del vértice, solución común para todos los techos a dos aguas. La obra concluida fue calificada por oficiales nombrados por el Cacique de Lambayeque, quienes la encontraron conforme y de gran calidad. 

La iglesia edificada hace 422 años por Francisco de Salamanca y Antonio de Vega, fue conocida por documentos que evidencia la desconocida e insospechada antiguedad e importancia de este pueblo costeño, la inmensa fe cristiana del Cacique de Lambayeque, su interés y desprendimiento para lograr la evangelización de sus indios y la existencia de intereses comunes que desde muy tempranamente existieron entre Encomenderos y Ca­ciques principales, señores de sus valles, quienes terminaron negociando de igual a igual con sus conquistadores. 

La "Iglesia de Lambayeque Viejo", tuvo un efímero esplendor que duró solamente quince años pues, fue destruida por el diluvio ocurrido en esa zona que empezó con las copiosas lluvias del 24 de Febrero de 1578 y continuaron hasta los primeros días de abril, causando la destrucción de todo ese valle e inundación de pueblos enteros. 

En 1766 el Dr. Cosme Bueno al referirse a Lambayeque apuntó en su obra “Descripción Geográfica de las Provincias que componen los Reynos del Perú: "Fundóse a una legua del mar y se trasladó a pocos años de su fundación al lugar en que hoy está". El eminente Dr. en Medicina, Catedrático de Matemáticas y Cosmógrafo Mayor del Perú, da la ubicación que Lambayeque Viejo tuvo con respecto a la línea de marca. 

Los restos de tan importante evidencia histórica y arquitectónica perduraron hasta el presente siglo, tal como lo verifica una fotografía fechada en 1919 debida a Enrique Brüning. 




domingo, 10 de abril de 2011

El Testamento de Don Faustino Modesto Blanco y Martínez




La Casa Blanco y Martínez ubicada en la Plaza Mayor de Trujillo




Testamento de Faustino Modesto Blanco y Martínez 

(Trujillo, 06 de Junio de 1893) 



"En la ciudad de Trujillo del Perú a los 6 días del mes de Junio del 1893, yo el infras­crito notario público de esta provincia, siendo las cinco de la tarde, me constituí en la casa habitación del señor don Modesto Blanco, natu­ral de esta ciudad, propieta­rio, casado y de religión ca­tólica y mayor de edad y encontrándose enfermo me manifiesta su deseo de otor­gar su testamento, en cuya virtud estando con capaci­dad bastante y libertad completa para testar, proce­do a otorgarlo en el orden siguiente: 

1° Primeramente declaro yo Faustino Modesto Blan­co, que soy cristiano católi­co y romano y como tal he vivido y protesto vivir y morir creyendo en todo lo que nuestra Santa Madre Iglesia nos enseña. 

2° Ytem. declaro que se le dé a la manda pía de restau­ración por solo una vez la limosna de cuatro soles veinte centavos plata.


 3° Ytem. declaro que no tengo ascendiente ni des­cendiente con derecho a he­redarme y que por lo mismo puedo disponer libremente de mis bienes. 


4° Ytem. declaro que es mi voluntad dejar o legar a la Beneficencia Pública de es­ta ciudad los fundos rústi­cos que tengo y poseo en el valle de Chicama, que son  las haciendas de Santa Cla­ra, Licapa, Garrapón, y , Chuín Alto, para que se sos­tenga primera y principal­mente el Colegio de Belén que yo fundé y he sostenido y sostengo; se construya el local del hospital de muje­res para que haya basto campo para admitir mayor número de niñas pobres, pues dicho local deberá convertirse en el colegio que llevo indicado, siendo mi voluntad que el sobrante se aplique a las necesidades de los pobres enfermos del hospital. 

5° Ytem. declaro que la ca­sa habitación en que vivo actualmente y las bodegas de la esquina del Progreso de la Plaza de Armas, así como la chacra que tengo por la portada de Moche y que está arrendada a don Antonio Pelayo, es mi volun­tad legarlas a mi esposa le­gítima señora Francisca La­rrea. 

6° Ytem. declaro asi mismo que las demás fincas urba­nas que me pertenecen en esta ciudad, a ecepción de las que expresaré en segui­da, lego a mi citada esposa señora Francisca Larrea a cuyo lado queda María Ra­mírez. Emilia Vigil y Dolores Calderón, para que acom­pañen a dicha mi esposa y ésta corra con los gastos de su subsistencia.


 7° Ytem. declaro que la obligación que tiene mi es­posa a atender a los gastos de subsistencia de las ex­presadas María, Emilia, Do­lores, módicamente durará mientras estas se manten­gan bien a su lado, pero si sucediese lo contrario, en­tonces mi esposa quedará libre de esa obligación res­pecto de la que procediese mal. 

8° Ytem. declaro que la fin­ca urbana en que viven Car­men y Carlota Rodríguez y la tienda adyacente sitas en la Calle Del Tesoro, es mi voluntad legárselas para que la posean y disfruten por igualdad. 

9° Ytem. declaro que la ca­sa de bóveda en que vive hoy la señora Rosa Lacomba viuda de Quesada y la que sigue que habitan hoy las señoritas Barrantes, sita en la tercera Cuadra de San­to Domingo , yendo de la Plaza de Armas, es mi vo­luntad destinarlas y legarlas a los pobres con el objeto de que estos vivan en el las bajo la dirección y reparto de pie­zas que hará la superiora de las hermanas de la caridad de San Vicente de Paúl; en­tendiéndose que esto no impedirá la venta de dichas casas cuando dicha superiora lo creyese convenien­te, en cuyo caso el valor será repartido entre los mismos pobres que ocupen dichas fincas. 

10° Ytem. declaro que la finca llamada lechería que hace esquina de la Calle del Progreso de la Plaza de Ar­mas, es mi voluntad legarla a María Ramírez, Emilia Vigil, Dolores Calderón, que son las mismas que quedan a lado de mi esposa y ade­más les lego la casa siguien­te, esto es la que hoy ocupa el Señor O'Donovan y una tienda colindante; cuyo go­ce y disfrute de estos lega­dos lo harán bajo la vigilan­cia de mi esposa. 


11° Ytem. declaro que la casa sita en la calle de Santo Domingo frente a la casa lla­mada Mayorazgo, es mi vo­luntad dejarla o legarla a mis ahijadas Carmen y Ma­nuela Barrantes en unión de sus dos hermanas Isabel y Josefa Barrantes y su seño­ra madre doña Rafaela. 


12° Ytem. declaro que ins­tituyo como mi heredera de mis bienes, derechos y acciones y otras futuras suceciones a mi indicada esposa señora Francisca Larrea, a quien la nombró también por mi albacea en primer lu­gar, facultándole para dar debido cumplimiento a esta ultima disposición testa­mentaria. Nombro asi mis­mo por mi albacea en se­gundo lugar al señor don Alejandro Pinillos y en tercer lugar al señor doctor don Jo­sé Antonio Cárdenas; y por el presente testamento re­voco y anulo cualquier otros que bajo cualquier forma hubiere yo otorgado antes. Yo el notario público doy fe que el señor testador ha ex­presado libremente su últi­ma voluntad, habiéndose cumplido en este acto los requisitos de la ley, siendo testigos don José Ottone, don Mariano Ferradas Brandaris y don Gregorio Carri­llo, vecinos de esta ciudad a quienes conozco, de que doy fe. 

En este estado el señor tes­tador agregó que la casita por la portada de Moche y que la posee actualmente el Señor Acharan, pasado cier­to número de años, según expediente, pasará esa poseción al expresado señor testador, pero que declara que dicha casita pertenece hoy a Carmen Rodríguez; de lo que también doy fe. 


Faustino Modesto Blanco
(Firmado)



Higinio Gutiérrez, Esc. Púb.1894 -94, Leg.452, Fol.277 - ARLL.






jueves, 7 de abril de 2011

Don Joseph Parrales y Montero y su Esposa Doña María Fernández Sierra Benefactores del Convento de Nuestra Señora del Carmen de Trujillo


A la memoria del arquitecto trujillano Manuel Ángel Ganoza Plaza





El Monasterio de Recoletas de Santa Te­resa, siempre conocido como el de Nuestra Señora del Carmen de Trujillo


El Comisario General de la Caballería don Joseph Parrales y Montero, noble cas­tellano natural de la villa de Piedra Santa de los Reynos de España, avecindado en esta ciudad, fue casado con doña María Fernández Sie­rra y tuvo como hija única a la madre María Agustina de Jesús y San Joaquín, reli­giosa profesa de velo negro del Convento o Monas­terio del Carmen, como in­distintamente se le llamó, quien había hecho renuncia de su herencia paterna y materna antes de recojerse en ese santo lugar. 

El 12 de Junio de 1733, el Comisario Parrales y Monte­ro hizo su carta de testa­mento, pidiendo ser ente­rrado en el Monasterio del Carmen y donando a él su rica hacienda y tenería de Malingas con todas sus tierras, pastos y ganado ca­brío, situada en términos de la ciudad de Piura, así como también su espléndida casa de morada que hasta el pre­sente hace esquina a la pla­zuela de la iglesia de San Francisco de esta ciudad y posee uno de los tres úni­cos y auténticos balcones virreinales que Trujillo conserva, de los muchos que existieron.

La hacienda y tenería de Malignas había sido com­prada por el General en re­mate público por 28,000 pe­sos, y su casa de morada estuvo valorada en 7,000 pesos. Del piadoso desprendimiento e infinito amor paternal de don Joseph Parrales y Montero nos informa una clausula de su referido testamento:

 "ítem es mi voluntad que la dicha hacienda de Malingas y su tenería, con todo lo que le pertenece, aperos, ganados y esclavos con que se hallare al tiempo del fallecimiento de la di­cha mi mujer doña María de Sierra, quien la ha de gozar y usufructuar duran­te su vida, recaiga en el dicho Monasterio de Nuestra Señora del Car­men, para que lo haya y go­ce perpetuamente como su­ya, pidiendo como desde luego pido y suplico a la Re­verenda Madre Priora, que es o fuere de dicho monas­terio y sus religiosas, no la enagenen, por la utilidad que me parece les resultará de mantener dicha hacien­da para sus alivios; así co­mo quiero y es mí voluntad que después del fallecímiento de la dicha mi mujer doña María de Sierra, la di­cha casa principal de mi morada sea para dicho Monasterio de Nuestra Se­ñora del Carmen, que la goce corno suya propia, dis­poniendo de ella como le pareciere a su arbitrio, en virtud de esta cláusula man­da o legado que le servirá en forma, tal cual otorgo con consentimiento y beneplá­cito de la dicha mi mujer doña María Sierra, y estan­do yo la susodicha, otorgo de mi libre voluntad, por lo que me toca y puede perte­necer en cualquier manera, convengo desde ahora para cuando llegue el caso, en que dicha hacienda y casa principal, después de mi fa­llecimiento sean dichas fin­cas propias del dicho Mo­nasterio de Nuestra Señora del Carmen, en aquella for­ma que mejor pueda y haya lugar en derecho para que se guarde y ejecute como en ella se contiene ..." 

En otra cláusula el be­nefactor declaró: 

"Y yo dicho otorgante, aten­to a que no tengo herederos forzosos ascendientes ni descendientes que confor­me a derecho me puedan y deban hacer heredar en el remaniente que quedare de todos mis bienes derechos y acciones, después de pa­gado y cumplido este mi testamento sus mandas y legados y en aquella parte que me tocare y pertenecie­re; nombro e instituyo por mi único y universal here­dero a dicho monasterio de Nuestra Señora del Carmen, para que haya y  goce los dichos bienes y la dicha herencia con la bendición de Dios y la mía, así es mi voluntad".

 De esta manera el noble vecino trujillano ponía a disposición de las carmelitas descalzas, todo el inmenso cau­dal acumulado durante su vida, asegurando el futuro bienestar económico del convento al cual había in­gresado su única hija, la ma­dre María Agustina de Jesús y San Joaquín. 





El muro perimetral del monasterio carmelita trujillano


La casa familiar de los Parrales y Montero cedida a las carmelitas de Trujillo, está ubicada en el crucero for­mado por las actuales calles de Independencia y Gamarra; su portada principal se abre hacia la calle Independencia y su balcón está en la esquina opuesta, a la de la plazuela del Convento de San Francisco. Cabe anotar que el antiguo bal­cón de esquma de los Parra­les y Montero, edificado en las primeras décadas del si­glo XVIII, es el único existen­te que pone en comunica­ción con la calle habitaciones de segun­da planta, pues lo más usual fue pertenecer a habitaciones terraplenadas de primera planta. La casa que pasó a propie­dad del Monasterio del Car­men se halla bien conserva­da, siendo una de las tres importantes casas de esqui­na que conjuntamente con la plazuela e iglesia confor­man el complejo arquitectó­nico de San Francisco de Trujillo. 





La antigua Casa de los Parrales y Montero hoy conocida como Casa Lizarzaruru 



El Comisario General de la Caballería don Joseph Pa­rrales y Montero, falleció a los pocos días de otorgar su testamento. Sus restos mor­tales descansan en la iglesia de ese Convento que tanto be­neficio recibió de tantas otras personas vecinas o na­turales de esta ciudad, has­ta quedar convertido en una verdadera joya arquitectóni­ca del siglo XVIII poseedora de inmensa riqueza artísti­ca. 







A su muerte, heredó sus cuantiosos bie­nes su esposa doña María Fernández Sierra, quien diez años más tarde, al no poder administrar su ha­cienda y casa, decidió ade­lantar la donación a favor de las carmelitas descalzas de Trujillo, estableciendo con­diciones favorables a ella y a las religiosas. 

El docu­mento titulado "Donación, doña María Fernández Sie­rra a favor de Monasterio del Carmen de esta ciu­dad, hoy doce de abril de 1743"  resulta muy informati­vo y valioso, razón por la cual una transcripción parcial de su contenido se adjunta a continuación: 

 Sepan cuantos esta carta pública escritura de dona­ción vieren, como yo doña María Fernández Sierra, ve­cina de esta ciudad de Truji­llo del Perú, viuda del Comi­sario General de la Caballe­ría, don Joseph Montero, albacea tenedora de bienes del dicho mi marido difunto, instituida por tal en cláu­sula del testamento, bajo de cuya disposición falleció, dueña y poseedora de la hacienda nombrada Malingas sita en los tér­minos de la ciudad de Piura y una tina que está en la otra banda del río de dicha ciu­dad y una casa grande en la traza de ésta ciudad, con puertas y tiendas accesorias a la calle, que es la de mi morada, en la es­quina del convento y plazueladel convento del señor San Francisco, que hace frente, calle real en medio con la de doña María Marga­rita de Barrueta y Zubiate; y por un costado calle real en medio, con la casa que fue de doña Ana de Sotomayor y por el otro lado con la de la heredera de doña Magda­lena de Espino y por las es­paldas y fondo con la de don Alvaro de Ponce; digo que atento a no tener here­deros forzosos ascendien­tes y descientes, porque aunque tengo una hija legítima y del dicho don Joseph Montero mi marido, nombrada Agustina, ésta es religiosa profesa de velo negro y su priora actual en le Monasterio del Carmen de ésta dicha ciudad , y porque la continua­ción de más enfermedad y otros accidentes me impi­den el reparo y providencia del cuidado y aumento de dicha hacienda y tina, y que fue disposición del dicho mi marido, que durante los días de mi vida goce y disgrutase las dichas hacien­das y casas y que después de mi fallecimiento pasase todo, con los demás nues­tros bienes al dicho monas­terio, en que convine por aquel entonces en que me ratifico como si al presente fuere determinado y de mi propia voluntad, conside­rando el estado y decaden­cia del tiempo, y que por ser mujer sola no puedo gober­nar las dichas haciendas, motivo en que pueden venir en disminución y menosca­ba, en grave perjuicio mío y por el consiguiente del di­cho monasterio, usando de la facultad que me compete y es prevenida por el dere­cho y en mi acuerdo de mi voluntad libre he venido en hacer sesión y traspaso y donación de los que el de­recho llama intervivos, irrevocable, de la expresa­da hacienda tina y casa, mis esclavos y demás bie­nes muebles que poseo, a dicho monasterio del Car­men, para que por mano de sus prelados y adminis­tradores de sus rentas, se arrienden las dicha ha­cienda y tina, con la precisa condición y calidad de que todo lo que producieran e importaren los arrenda­mientos, los cobren y recau­den por su propia mano, y durante los días de mi vida me los entreguen entera­mente para mi mantención y gastos precisos de mi fa­milia y que yo los convierta en lo que me pareciere y por más bien tuviere, y después de mi fallecimiento, pasen las dichas haciendas y tina y casa y demás bienes mue­bles y esclavos que hoy po­seo, al referido monasterio para por perpetuamente, según y en la conformidad que el dicho don Joseph Montero, mi mando, lo dis­puso en el dicho su testa­mento, guardando su orden en la asignación de la me­moria y capellanía que en él se expresa y que con condi­ción de que perpetuamente todos los años en el aniver­sario o conmemoración de los difundos, despuésde mi fallecimiento, hade tener di­cho monasterio obligación de mandar decir dos misas cantadas con su vigilia y responsos, la una por mi al­ma y la otra por el del dicho mi marido. Así mismo es ca­lidad y condición de la do­nación, que el dicho monas­terio y sus administradores han de cobrar y recaudar todo cuanto se me está debiendo de los arrendamien­tos de la dicha hacienda y tina y entregarme todo lo que así cobraren o la canti­dad que yo pidiere o hubie­re menestere de los dichos arrendamientos recauda­dos, que sean para lo cual, en caso necesario, le doy el poder que se requiere a los dichos prelados o adminis­tradores de dicho monaste­rio en su hecho y causa pro­pia, con todas las facultades precisas y necesarias en de­rechos, que doy por repeti­das expresamente de verbo adverbun. 

Gregorio Obispo de Trujillo 

Doña María Fernández Sie­rra 

Fernández Montejo Pedro. Esc. Púb. 1743. Leg. 344. fol. 510. ARLL



Doña María Fernández Sierra, anciana y enfermera, había puesto a disposición de los administradores del Convento Carmelita de Trujillo el manejo de su casa y hacienda, con la expresa condición que sólo después de su muerte, los bienes y sus rentas entrarían en po­der de esas religiosas, tal como lo dispusiera también su difunto esposo. 

Las carmelitas estableci­das en Trujillo hacia 1724 edificaron su primera igle­sia en la esquina formada por el crucero de las actua­les calles de Bolívar y Es­tete, esquina que por más de un siglo se la conoció como "La Esquina del Car­men Viejo" Esta primera edificación, pequeña y mo­desta destinada al culto, pronto les quedó corta a las exigencias de las religiosas, emprendiendo la edifica­ción de una nueva iglesia en la esquina formada por las actuales calles de Bolívar y Colón, lugar en que actual­mente se emplaza el actual Templo Carmelita.


El doctor Miguel Feíjoo de Sosa en su obra titulada "Relación Descriptiva de la Ciudad y Provincia de Tru­jillo del Perú", escrita en 1763 refiere: 


"El Monasterio de Recoletas de Santa Te­resa se erigió en esta ciu­dad el año de mil setecientos veinte y cuatro. Sus primeros fundadores fue­ron cuatro y vinieron de la ciudad de Quito, siendo re­cibidas el cinco de diciem­bre de dicho año, y gober­nando el Reyno del Perú el Virrey Marqués de Castel Fuente. Están sujetas al Ordinario. El Obispo Fray Juan de la Calle dio veinte mil pesos, para principios de su fundación, la que mucho después hizo, y perfeccionó, como princi­pal benefactor el Obispo don Fray Jaime de Mimbela. Cuando estaba para es­trenarse  una Iglesia her­mosa, y de sobresaliente arquitectura a expensas de don Vítores de Velasco, vecino que fue de esta ciu­dad, sobrevino el temblor referido (02 de setiembre de 1759), que la ha dejado del todo arruinada, e inser­vible, maltratando junta­mente las oficinas inte­riores. Dista de la Plaza cuatro cuadras. Tiene diez y ocho monjas de velo ne­gro, y tres de velo blanco, que es el número señala­do, según sus Constitucio­nes, y ocho donadas, de las que entran cuantas son necesarias. La dotación de las veinte y una monjas es de tres mil pesos. Goza de rentas anuales dicho Mo­nasterio más de seis mil pesos" 

El terremoto de 1759 causó grave daño a la ciudad de Trujillo y sus valles, y anota el referido Feijoo en su obra:


"La iglesia nueva, que es­taba para estrenarse el d¡a quince del mes subse­cuente (que era de una hermosa fábrica) de las monjas de nuestra Señora del Carmen, ha quedado bastante maltratada e in­servible". 





Santa Teresa corona el arco de la puerta lateral de la Iglesia


Doña María Fernández Sierra de crecida edad y muy enfer­ma, otorgó su testamento ante el escribano Pedro Fer­nández Montejo, pasando todos sus bienes a propie­dad de las carmelitas trujíllanas. La rica hacienda y ti­na de Malingas, situada en Piura, aumentó consider­ablemente las rentas de ese Monasterio en momentos tan difíciles que siguieron al mencionado terremoto de 1759 

La producción de jabón y cordobanes iniciada en las haciendas y tinas del Norte peruano desde mediados del siglo XVII, debido funda­mentalmente a la inseguri­dad que produjo las fuertes variaciones del precio del azúcar, generó una bonan­za económica en esa re­gión, convertida por esas circunstancias en zona agrícola ganadera, tanto así que al finalizar el siglo XVIII el ja­bón Piurano y Lambayecano abastecieron el consumo nacional e internacional, y dada la gran demanda a partir de 1800 los precios fueron en aumento. Cabe anotar que acontecimientos debidos a la gesta emanci­padora no afectaron el co­mercio del jabón, producto de gran calidad que permi­tió el surgimiento de gran­des fortunas norteñas. La hacienda y tina de Malingas produjeron inmenso bienes­tar económico a las religio­sas trujillanas del Monaste­rio del Carmen, y permitie­ron afrontar el proceso de reedificación y restauración de sus dañados claustros y maltratada iglesia. 







El Monasterio e Iglesia del Carmen deben su magnifi­ca edificación y calidad de las obras de arte que les adornan, acaudalados trujíllanos y vecinos que se identificaron con estas san­tas religiosas que nunca  escatimaron esfuerzo por procurase un lu­gar digno del culto ejercido por su piadoso ministerio, el cual es hoy orgullo de esta ciudad empeñada en mostrar su pasada grandeza histórica y artística a un turismo ágil y moderno. 



II - Las Viejas Calles de Trujillo. Santiago Vallejo - 1952.


Segunda Parte



Calle de la PANADERÍA, la que está al costado de la Universidad. Llevaba el nombre tomado de la panadería que por mucho tiempo existió allí y donde asimismo hemos visto una de las residencias con hermosas huertas y jardín, la Quinta Alemana o casa D'Donovan, donde estuvo la primera fábrica de locetas de Trujillo, organizada por don Miguel O'Donovan. 







La Quinta Alemana o casa D'Donovan



Calle del DESCANSO, la siguiente o sea la paralela a la igle­sia y convento de Santo Domingo. Penas y aparecidos. En esa cuadra y en una casa vieja, con balcones coloniales, funcionó a principios del siglo, un periódico editado por E. de la Flor, que llevaba por título "La Prensa". Duró poco. 

Calle de LORETO, la inmediata que resulta primera del ji­rón Independencia, colindante con la muralla. Por allí estuvo la famosa chichería de Totoco. 

Calle de la PORTADA DE MIRAFLORES, la que linda con la línea férrea en la actual cuadra de la capilla de Santa Rosa, por donde se va al Camal, limitando con la muralla también. Allí había antiguamente un óvalo para descanso de los que iban al Cementerio General y allí estaba antes la portada de Miraflores, camino que se tomaba cuando se quería ir por ese lado al Valle. 

Calle de SANTA ROSA, la siguiente, donde están las ofici­nas de la Compañía Luz Eléctrica, muy concurrida antiguamen­te con motivo de la festividad de la Santa limeña. Fuegos de artificio, retreta, diversiones populares, de todo hubo.






Capilla de Santa Rosa de Santa María



Calle MAMA ANA o de Doña ANA, la que sigue, donde vivía esta dama (Ana Pizarro), mujer de Juan de Verástegui, allá por 1558. 

Calle del COLEGIO, la siguiente, porque allí termina el edificio del Seminario, o mejor dicho, la Capilla, y porque en esa cuadra hubo antes un colegio de niñas muy concurrido. 





El Colegio Seminario de San Carlos y San Marcelo, a la rerecha al fondo la Capilla 


Calle de la ALTA CÁMARA (4) o de la Huerta, la cuadra que finaliza en el vetusto Hotel del Arco. La casona de la Alta Cá­mara la conocí ya en ruinas casi. Sin embargo ha sido amplio edi­ficio de nobles materiales y de auténtico estilo colonial, lleno de recuerdos. 




El antiguo Hotel del Arco


Calle del NOGAL, la que sigue, por el árbol de nogal que por largos años estuvo en un viejo solar de por allí. En la es­quina sur conocí una antiquísima casa de pobres. 

Calle de la MATALLANA, la inmediata donde estaba la puerta falsa del Convento de la Compañía de Jesús. Tenía el nombre de la viuda que vivía en una vieja casa que todavía exis­te, entendiéndose que esa familia era de alarifes por ser muy conocido en Trujillo el nombre del maestro Silvestre Matallana, que tuvo más tarde un émulo, José María Mimbela, célebre por­que este hombre de color hizo las colosales chimeneas de varias haciendas azucareras.

Calle de CALLEJONES, la que queda en la cuadra al costado del Club Libertad y la llamaban así porque en ese lado estaban unos callejones habitados por gente del bajo pueblo. El Club Libertad tuvo como uno de sus animadores a don Héctor Minas, caballero de ascendencia portuguesa, que fue el iniciador de la primera Exposición de Trujillo. Este evento resultó notable para su época y el local del Club se adaptó con hermosos pabello­nes para ese objeto convirtiéndose de institución de tiro al blan­co, en centro social de primera clase. Después tuvo lugar, para el Centenario de la Independencia, otra Exposición que alcanzó también resonancia internacional. La verja de la Catedral circunda todavía sus jardines, trasladada allí cuando se la quitó de ese sitio. 





Socios en el Club de Tiro de Trujillo




El Club Libertad


Calle ANGOSTA, la que daba para el lado de la muralla, al costado del Seminario colindante con la Gallera. 

Calle de SANTA ANA, la que está en la cuadra de la iglesia del mismo nombre, y continúa el pequeño jirón Zepita. Por allí estuvo el primer matadero de reses. Antiguamente, Santa Ana, según Montesinos, era una ermita y también parece que allí al la­do hubo una enfermería. Lugar socorrido de penas y duendes. 

Calle de la CASA DE POBRES, la primera de Restauración, barrio muy antiguo. 

Calle de SANTA ROSA, también llamaban asi a la cuadra que forma la segunda del jirón Restauración, transversal de San Martín, pasando por la puerta de la capilla de Santa Rosa que arruinó el aluvión de 1925. 

Calle de NUNCIBAY, la siguiente, porque allí tenía su so­lar la señora Nuncibay, dueña del fundo de su nombre en las cer­canías de Moche. 

Calle de PELLONEROS, la cuadra que sigue desde el Recreo hacia Bolívar, porque por allí estaban los vendedores de pello­nes y los silloneros. 

Calle de la PILETA DEL CARMEN, la siguiente para encon­trar Ayacucho, donde antiguamente estaba la pileta pública del Convento del Carmen. 

Calle de las ANIMAS, la inmediata, porque por allí había una hornacina donde se velaba a las ánimas. Revuelo de penas y aparecidos. Contaban de un bulto que atajaba a los que en altas horas de la noche se atrevían a caminar esa calle, tarea que realizó por más de dos siglos. Buen trajín tenía.


Calle del POSTIGO DEL DEAN, la que forma la primera cuadra de Colón, porque por ese lado estaba la pequeña puerta hecha en la muralla por donde salía rumbo a Mansiche y Huanchaco el Dean Saavedra. famoso por sus obras pías, su santidad y su Reglamento para el reparto de las aguas con que acabaron las disputas entre los agricultores de la provincia. La tradición dice que el Dean Saavedra. que ha obrado sendos milagros, ha­cía su recorrido hacia el puedo entrando por El Dean, fundo de la campiña de Mansiche. Salía de rodillas primero desde la mu­ralla, de cuyo postigo únicamente él tenía la llave. Desde luego, se deduce que el Dean vivía en la antigua casa de esa cuadra que viniendo como del Camal está a mano derecha, casa que hace algunos años aun se conservaba en su estilo. Su primera pas- cana era en la iglesia de Mansiche. La segunda, en la capilla de San José obra suya destruida por un incendio. 

Los restos momificados del Dean Saavedra se conservan en el templo de Huanchaco que la historia dice se construyó por ini­ciativa de él. Cuando en 1907 se organizó por la Cámara de Co­mercio de Trujillo y otras instituciones una romería a Huanchaco­, con motivo de la inauguración de obras públicas del puerto, (limadas por el filántropo Víctor Larco Herrera, asistimos en efec­to al estreno de dos locales escolares y, en la iglesia, a la inaugu­ración de la cripta en que iban a reposar en adelante los restos (Id Dean Saavedra, pues hasta entonces estuvieron bajo las ío-ins de la iglesia, en un ángulo de ella. Se conmemoraba el se­gundo centenario del fallecimiento del célebre religioso (13 de Mayo de 1907) y se distribuyeron medallas recordativas. Corrie­ron trenes extraordinarios entre Trujillo y Huanchaco pasando por Roma donde el hacendado agasajó con gran dispendio de champaña y cerveza a la concurrencia en homenaje a Huanchaco. La fama de santo del Dean dio motivo a que devotos exigen­tes lleváranse retazos de su piel para guardarlos como reliquia. Hubo de intervenir la autoridad eclesiástica para atender a la mejor conservación de los restos, que como he dicho estaban hiendo materia de un despojo alarmante. Se colocaron en una urna costosa, entre cristales, a fin de que el público que visitaba lu iglesia pudiera contemplarlos. Cierta vez, alguien que había recibido excepcional favor por intercesión del Dean a quien se encomendara, le llevó una hermosa pina de oro macizo en mi-nialura. Y un buen día recibí en "La Nación" la noticia de que ladrones sacrilegos habían penetrado en el Templo, retirado del caserío, rompieron los cristales de la urna y se llevaron los milagros de oro y plata, inclusive la pina. No se llegó a descubrir los autores del robo. 

Calle del LIMONCITO, la siguiente donde hace tiempo había Un viejo y fecundo árbol de limón sutil, que servía generosamen­te a lodo el barrio en los tiempos de abundancia. 

Calle de la ORUNA, la que da a la puerta falsa del Correo, O sea la anterior a la iglesia del Carmen. No se contaba la que ioia es de la Escuela de Artes y Oficios, porque el convento de Santa Clara tomaba dos cuadras y solamente después de 1866 se abrió calle de por medio para modernizar el plano de la ciudad. En un trecho de la parte actual del Convento y en otro de la acera opuesta que le perteneció, se instalaron muchas veces los grandes circos que llegaban a Trujillo. Se llamó de la Oruna la cuadra que registramos por la mujer que vivía por allí y parece que se dedicaba con éxito al negocio de la chichería y sus adita­mentos. 

Calle del Solar del CARMEN, la cuadra siguiente que desem­boca en Ayacucho. En el espacio que ocupa hacia la esquina el negocio de Cassinelli Hnos., estuvo la confitería "Do Re Mi Fa", de los italianos Centanaro.


Calle de la COHETERIA, la que finaliza el jirón Colón, o sea la que linda con la Estación del F. C., donde estaba antiguamente la muralla. Aqui había un gran corralón donde los piro­técnicos preparaban los fuegos de artificio para las grandes so­lemnidades religiosas, especialmente la fiesta sonadísima de la Virgen del Monte Carmelo. En Moche había muy buenos cohe­teros y el maestro Sachún era de los más conocidos. Trujillo pueblo de máximo ruido coheteril, allí sí se puede decir que la plata se le iba a la gente en salvas. Porque antes, y ahora mis­mo, el cohete de arranque o avellana, era con su estampido el aviso seguro y bullangefero de que fiesta de iglesia u holgorio cívico o particular entraban en su apogeo. Iba la misa de fiesta en lo más culminante, cuando el estallido de los cohetes casi en­tre las nubes, contribuía tradicionalmente a la mayor solemnidad del acontecimiento religioso. En las jornadas cívicas a falta de cohetes salía a relucir el revólver y yo he visto por estas calles a las que paso revista antañera, soltar cada balazo que había ra­zón para muchos cierrapuertas. Por último, la bala de buen ti­rador dirigida al suelo, en medio del baile de la marinera, si ponía el alma en un hilo, a la vez era demostración de que la re­molienda, como dicen en Chile, había llegado al despiporre. 

Calle de la GALLERA, por la casa de gallos o coliseo ubica­da en esa cuadra del jirón Junin, con caserones muy viejos y des­tartalados. Buenas fortunas se han ido en la Gallera donde en los tiempos viejos salieron apuestas escalofriantes al jiro o al ajiseco, al Carmelo o al cenizo. 


(Continuará)