jueves, 7 de abril de 2011

Don Joseph Parrales y Montero y su Esposa Doña María Fernández Sierra Benefactores del Convento de Nuestra Señora del Carmen de Trujillo


A la memoria del arquitecto trujillano Manuel Ángel Ganoza Plaza





El Monasterio de Recoletas de Santa Te­resa, siempre conocido como el de Nuestra Señora del Carmen de Trujillo


El Comisario General de la Caballería don Joseph Parrales y Montero, noble cas­tellano natural de la villa de Piedra Santa de los Reynos de España, avecindado en esta ciudad, fue casado con doña María Fernández Sie­rra y tuvo como hija única a la madre María Agustina de Jesús y San Joaquín, reli­giosa profesa de velo negro del Convento o Monas­terio del Carmen, como in­distintamente se le llamó, quien había hecho renuncia de su herencia paterna y materna antes de recojerse en ese santo lugar. 

El 12 de Junio de 1733, el Comisario Parrales y Monte­ro hizo su carta de testa­mento, pidiendo ser ente­rrado en el Monasterio del Carmen y donando a él su rica hacienda y tenería de Malingas con todas sus tierras, pastos y ganado ca­brío, situada en términos de la ciudad de Piura, así como también su espléndida casa de morada que hasta el pre­sente hace esquina a la pla­zuela de la iglesia de San Francisco de esta ciudad y posee uno de los tres úni­cos y auténticos balcones virreinales que Trujillo conserva, de los muchos que existieron.

La hacienda y tenería de Malignas había sido com­prada por el General en re­mate público por 28,000 pe­sos, y su casa de morada estuvo valorada en 7,000 pesos. Del piadoso desprendimiento e infinito amor paternal de don Joseph Parrales y Montero nos informa una clausula de su referido testamento:

 "ítem es mi voluntad que la dicha hacienda de Malingas y su tenería, con todo lo que le pertenece, aperos, ganados y esclavos con que se hallare al tiempo del fallecimiento de la di­cha mi mujer doña María de Sierra, quien la ha de gozar y usufructuar duran­te su vida, recaiga en el dicho Monasterio de Nuestra Señora del Car­men, para que lo haya y go­ce perpetuamente como su­ya, pidiendo como desde luego pido y suplico a la Re­verenda Madre Priora, que es o fuere de dicho monas­terio y sus religiosas, no la enagenen, por la utilidad que me parece les resultará de mantener dicha hacien­da para sus alivios; así co­mo quiero y es mí voluntad que después del fallecímiento de la dicha mi mujer doña María de Sierra, la di­cha casa principal de mi morada sea para dicho Monasterio de Nuestra Se­ñora del Carmen, que la goce corno suya propia, dis­poniendo de ella como le pareciere a su arbitrio, en virtud de esta cláusula man­da o legado que le servirá en forma, tal cual otorgo con consentimiento y beneplá­cito de la dicha mi mujer doña María Sierra, y estan­do yo la susodicha, otorgo de mi libre voluntad, por lo que me toca y puede perte­necer en cualquier manera, convengo desde ahora para cuando llegue el caso, en que dicha hacienda y casa principal, después de mi fa­llecimiento sean dichas fin­cas propias del dicho Mo­nasterio de Nuestra Señora del Carmen, en aquella for­ma que mejor pueda y haya lugar en derecho para que se guarde y ejecute como en ella se contiene ..." 

En otra cláusula el be­nefactor declaró: 

"Y yo dicho otorgante, aten­to a que no tengo herederos forzosos ascendientes ni descendientes que confor­me a derecho me puedan y deban hacer heredar en el remaniente que quedare de todos mis bienes derechos y acciones, después de pa­gado y cumplido este mi testamento sus mandas y legados y en aquella parte que me tocare y pertenecie­re; nombro e instituyo por mi único y universal here­dero a dicho monasterio de Nuestra Señora del Carmen, para que haya y  goce los dichos bienes y la dicha herencia con la bendición de Dios y la mía, así es mi voluntad".

 De esta manera el noble vecino trujillano ponía a disposición de las carmelitas descalzas, todo el inmenso cau­dal acumulado durante su vida, asegurando el futuro bienestar económico del convento al cual había in­gresado su única hija, la ma­dre María Agustina de Jesús y San Joaquín. 





El muro perimetral del monasterio carmelita trujillano


La casa familiar de los Parrales y Montero cedida a las carmelitas de Trujillo, está ubicada en el crucero for­mado por las actuales calles de Independencia y Gamarra; su portada principal se abre hacia la calle Independencia y su balcón está en la esquina opuesta, a la de la plazuela del Convento de San Francisco. Cabe anotar que el antiguo bal­cón de esquma de los Parra­les y Montero, edificado en las primeras décadas del si­glo XVIII, es el único existen­te que pone en comunica­ción con la calle habitaciones de segun­da planta, pues lo más usual fue pertenecer a habitaciones terraplenadas de primera planta. La casa que pasó a propie­dad del Monasterio del Car­men se halla bien conserva­da, siendo una de las tres importantes casas de esqui­na que conjuntamente con la plazuela e iglesia confor­man el complejo arquitectó­nico de San Francisco de Trujillo. 





La antigua Casa de los Parrales y Montero hoy conocida como Casa Lizarzaruru 



El Comisario General de la Caballería don Joseph Pa­rrales y Montero, falleció a los pocos días de otorgar su testamento. Sus restos mor­tales descansan en la iglesia de ese Convento que tanto be­neficio recibió de tantas otras personas vecinas o na­turales de esta ciudad, has­ta quedar convertido en una verdadera joya arquitectóni­ca del siglo XVIII poseedora de inmensa riqueza artísti­ca. 







A su muerte, heredó sus cuantiosos bie­nes su esposa doña María Fernández Sierra, quien diez años más tarde, al no poder administrar su ha­cienda y casa, decidió ade­lantar la donación a favor de las carmelitas descalzas de Trujillo, estableciendo con­diciones favorables a ella y a las religiosas. 

El docu­mento titulado "Donación, doña María Fernández Sie­rra a favor de Monasterio del Carmen de esta ciu­dad, hoy doce de abril de 1743"  resulta muy informati­vo y valioso, razón por la cual una transcripción parcial de su contenido se adjunta a continuación: 

 Sepan cuantos esta carta pública escritura de dona­ción vieren, como yo doña María Fernández Sierra, ve­cina de esta ciudad de Truji­llo del Perú, viuda del Comi­sario General de la Caballe­ría, don Joseph Montero, albacea tenedora de bienes del dicho mi marido difunto, instituida por tal en cláu­sula del testamento, bajo de cuya disposición falleció, dueña y poseedora de la hacienda nombrada Malingas sita en los tér­minos de la ciudad de Piura y una tina que está en la otra banda del río de dicha ciu­dad y una casa grande en la traza de ésta ciudad, con puertas y tiendas accesorias a la calle, que es la de mi morada, en la es­quina del convento y plazueladel convento del señor San Francisco, que hace frente, calle real en medio con la de doña María Marga­rita de Barrueta y Zubiate; y por un costado calle real en medio, con la casa que fue de doña Ana de Sotomayor y por el otro lado con la de la heredera de doña Magda­lena de Espino y por las es­paldas y fondo con la de don Alvaro de Ponce; digo que atento a no tener here­deros forzosos ascendien­tes y descientes, porque aunque tengo una hija legítima y del dicho don Joseph Montero mi marido, nombrada Agustina, ésta es religiosa profesa de velo negro y su priora actual en le Monasterio del Carmen de ésta dicha ciudad , y porque la continua­ción de más enfermedad y otros accidentes me impi­den el reparo y providencia del cuidado y aumento de dicha hacienda y tina, y que fue disposición del dicho mi marido, que durante los días de mi vida goce y disgrutase las dichas hacien­das y casas y que después de mi fallecimiento pasase todo, con los demás nues­tros bienes al dicho monas­terio, en que convine por aquel entonces en que me ratifico como si al presente fuere determinado y de mi propia voluntad, conside­rando el estado y decaden­cia del tiempo, y que por ser mujer sola no puedo gober­nar las dichas haciendas, motivo en que pueden venir en disminución y menosca­ba, en grave perjuicio mío y por el consiguiente del di­cho monasterio, usando de la facultad que me compete y es prevenida por el dere­cho y en mi acuerdo de mi voluntad libre he venido en hacer sesión y traspaso y donación de los que el de­recho llama intervivos, irrevocable, de la expresa­da hacienda tina y casa, mis esclavos y demás bie­nes muebles que poseo, a dicho monasterio del Car­men, para que por mano de sus prelados y adminis­tradores de sus rentas, se arrienden las dicha ha­cienda y tina, con la precisa condición y calidad de que todo lo que producieran e importaren los arrenda­mientos, los cobren y recau­den por su propia mano, y durante los días de mi vida me los entreguen entera­mente para mi mantención y gastos precisos de mi fa­milia y que yo los convierta en lo que me pareciere y por más bien tuviere, y después de mi fallecimiento, pasen las dichas haciendas y tina y casa y demás bienes mue­bles y esclavos que hoy po­seo, al referido monasterio para por perpetuamente, según y en la conformidad que el dicho don Joseph Montero, mi mando, lo dis­puso en el dicho su testa­mento, guardando su orden en la asignación de la me­moria y capellanía que en él se expresa y que con condi­ción de que perpetuamente todos los años en el aniver­sario o conmemoración de los difundos, despuésde mi fallecimiento, hade tener di­cho monasterio obligación de mandar decir dos misas cantadas con su vigilia y responsos, la una por mi al­ma y la otra por el del dicho mi marido. Así mismo es ca­lidad y condición de la do­nación, que el dicho monas­terio y sus administradores han de cobrar y recaudar todo cuanto se me está debiendo de los arrendamien­tos de la dicha hacienda y tina y entregarme todo lo que así cobraren o la canti­dad que yo pidiere o hubie­re menestere de los dichos arrendamientos recauda­dos, que sean para lo cual, en caso necesario, le doy el poder que se requiere a los dichos prelados o adminis­tradores de dicho monaste­rio en su hecho y causa pro­pia, con todas las facultades precisas y necesarias en de­rechos, que doy por repeti­das expresamente de verbo adverbun. 

Gregorio Obispo de Trujillo 

Doña María Fernández Sie­rra 

Fernández Montejo Pedro. Esc. Púb. 1743. Leg. 344. fol. 510. ARLL



Doña María Fernández Sierra, anciana y enfermera, había puesto a disposición de los administradores del Convento Carmelita de Trujillo el manejo de su casa y hacienda, con la expresa condición que sólo después de su muerte, los bienes y sus rentas entrarían en po­der de esas religiosas, tal como lo dispusiera también su difunto esposo. 

Las carmelitas estableci­das en Trujillo hacia 1724 edificaron su primera igle­sia en la esquina formada por el crucero de las actua­les calles de Bolívar y Es­tete, esquina que por más de un siglo se la conoció como "La Esquina del Car­men Viejo" Esta primera edificación, pequeña y mo­desta destinada al culto, pronto les quedó corta a las exigencias de las religiosas, emprendiendo la edifica­ción de una nueva iglesia en la esquina formada por las actuales calles de Bolívar y Colón, lugar en que actual­mente se emplaza el actual Templo Carmelita.


El doctor Miguel Feíjoo de Sosa en su obra titulada "Relación Descriptiva de la Ciudad y Provincia de Tru­jillo del Perú", escrita en 1763 refiere: 


"El Monasterio de Recoletas de Santa Te­resa se erigió en esta ciu­dad el año de mil setecientos veinte y cuatro. Sus primeros fundadores fue­ron cuatro y vinieron de la ciudad de Quito, siendo re­cibidas el cinco de diciem­bre de dicho año, y gober­nando el Reyno del Perú el Virrey Marqués de Castel Fuente. Están sujetas al Ordinario. El Obispo Fray Juan de la Calle dio veinte mil pesos, para principios de su fundación, la que mucho después hizo, y perfeccionó, como princi­pal benefactor el Obispo don Fray Jaime de Mimbela. Cuando estaba para es­trenarse  una Iglesia her­mosa, y de sobresaliente arquitectura a expensas de don Vítores de Velasco, vecino que fue de esta ciu­dad, sobrevino el temblor referido (02 de setiembre de 1759), que la ha dejado del todo arruinada, e inser­vible, maltratando junta­mente las oficinas inte­riores. Dista de la Plaza cuatro cuadras. Tiene diez y ocho monjas de velo ne­gro, y tres de velo blanco, que es el número señala­do, según sus Constitucio­nes, y ocho donadas, de las que entran cuantas son necesarias. La dotación de las veinte y una monjas es de tres mil pesos. Goza de rentas anuales dicho Mo­nasterio más de seis mil pesos" 

El terremoto de 1759 causó grave daño a la ciudad de Trujillo y sus valles, y anota el referido Feijoo en su obra:


"La iglesia nueva, que es­taba para estrenarse el d¡a quince del mes subse­cuente (que era de una hermosa fábrica) de las monjas de nuestra Señora del Carmen, ha quedado bastante maltratada e in­servible". 





Santa Teresa corona el arco de la puerta lateral de la Iglesia


Doña María Fernández Sierra de crecida edad y muy enfer­ma, otorgó su testamento ante el escribano Pedro Fer­nández Montejo, pasando todos sus bienes a propie­dad de las carmelitas trujíllanas. La rica hacienda y ti­na de Malingas, situada en Piura, aumentó consider­ablemente las rentas de ese Monasterio en momentos tan difíciles que siguieron al mencionado terremoto de 1759 

La producción de jabón y cordobanes iniciada en las haciendas y tinas del Norte peruano desde mediados del siglo XVII, debido funda­mentalmente a la inseguri­dad que produjo las fuertes variaciones del precio del azúcar, generó una bonan­za económica en esa re­gión, convertida por esas circunstancias en zona agrícola ganadera, tanto así que al finalizar el siglo XVIII el ja­bón Piurano y Lambayecano abastecieron el consumo nacional e internacional, y dada la gran demanda a partir de 1800 los precios fueron en aumento. Cabe anotar que acontecimientos debidos a la gesta emanci­padora no afectaron el co­mercio del jabón, producto de gran calidad que permi­tió el surgimiento de gran­des fortunas norteñas. La hacienda y tina de Malingas produjeron inmenso bienes­tar económico a las religio­sas trujillanas del Monaste­rio del Carmen, y permitie­ron afrontar el proceso de reedificación y restauración de sus dañados claustros y maltratada iglesia. 







El Monasterio e Iglesia del Carmen deben su magnifi­ca edificación y calidad de las obras de arte que les adornan, acaudalados trujíllanos y vecinos que se identificaron con estas san­tas religiosas que nunca  escatimaron esfuerzo por procurase un lu­gar digno del culto ejercido por su piadoso ministerio, el cual es hoy orgullo de esta ciudad empeñada en mostrar su pasada grandeza histórica y artística a un turismo ágil y moderno.