jueves 19 de mayo de 2011

Impresiones de un Viaje a Trujillo - José Gálvez 1926



I

En busca de salud, de descanso y afanoso por conocer Trujillo, ciudad que debí visitar en 1916 a mi regreso de Cajamarca, me embar­qué en el "Huallaga" un claro día de enero. El barco iba repleto de pasajeros. A muchos se les dije que no había camarotes, pero aceptaron su suerte y se resolvieron a acomo­darse en salones y fumaderos. Si­guiendo la muy peruana costumbre de quejarse de todo lo nacional y apesar de saber que no podrían ir regalonamente, muchos de los que no encontraron alojamiento adecua­do, protestaban de todo. El viaje tenía que ser incómodo. Pero yo no me quejo, por que fui bien tra­tado y servido. El personal del bar­co, valgan verdades, hubo de mul­tiplicarse para atender al numerosí­simo pasaje, compuesto en su ma­yoría de estudiantes que volvían á sus terruños, de artistas en gira ve­raniega—la Compañía Perdiguero-y de gente en plan de vacaciones. 

Como en todos los viajes, las gentes preocupáronse por buscar distracciones. Y hubo, como es de canon, tocatas en el piano, canta­res y hasta recitaciones. El único espectáculo que rompió un tanto la monotonía de cuarentaiocho horas de ver un cielo vulgar, un mar gri­sáceo y á lo lejos una costa desola­da y calva, fue en Chimbóte, la vís­pera de llegar a Salaverry, un cre­púsculo maravilloso realmente que magnificó la visión de esa estupen­da bahía. 

Felizmente no estaba muy pica­do el mar en Salaverry. Desembar­camos con tranquilidad. El puer­to nos hizo una penosa impresión. Al verlo tan pobre, tan mal parado, de tan sórdido aspecto, uno se pre­gunta desorientado. ¿ Es este puerto por donde se exportan millones? Y dejando aparte el poco tino de haber hecho desembarcadero en un lugar inhóspito, de mar arisco, no se concibe, cuando se medita en la enorme riqueza que lo trafica, que en nada revele tan áureo tránsito. 

En el muelle me encuentro con algunas personas conocidas. Sur­ge el reportaje inevitable y cordial. En un auto viene a buscarme mi primo hermano el ingeniero Enri­que Gálvez con su esposa y des­pués de saludar a los señores Ru­bio, administrador de la aduana, al jefe del resguardo, señor Ganoza, al vista, señor Iglesias y al exdiputado señor Alva, con quienes me ;
encontré en el puerto, partimos en un auto para Trujillo. 

Hacemos el recorrido por la vía ya, después de atravesar algunas calles muy pobres. Vienen con nosotros mis buenos compañeros de viaje los jóvenes Borda y Tizón Ferreyros. Esta fresca mañana y del  mar viene un hálito denso de salud. , El auto corre por la arena muelle y , la brisa humedecida y salina se nos mete hasta lo más profundo de los  pulmones. Es tan grata la sensación que mi hijo, encantado y par­lero, no puede contenerse y dice ante la suavidad veloz de la marcha: "Me rio de la avenida Leguía". El auto es aveces besado por las olas y en la fugacidad del momento pa­rece un anfibio que por igual co­rriera sobre el mar y sobre la tie­rra. Pasamos por los balnearios trujillanos. Vemos rápidamente Las Delicias y en un santiamén lle­gamos a Buenos Aires, lugar de ba­ños relativamente nuevo, antigua­mente llamado Huamán, á donde prefieren ir hoy por razones de su inmediación a Trujillo, las familias de la ciudad. 

Mis impresiones de Trujillo, ciudad de ventanos y laureles— La ciudad no revela hoy toda la riqueza del Valle. 

En Buenos Aires, hay algunos chalets construidos á la ligera. Una excepción de un señor Fuentes, que ha querido edificar una mansión de muy buen aspecto que se destaca sobre todas las construcciones rá­pidas de ese balneario todavía inci­piente. Una hermosa avenida, aún sin pavimento de asfalto, y por lo mismo polvorienta, une el balnea­rio con Trnjillo. Lindos laureles de­coran el camino á ambos lados y un asomo de paisaje costeño nos regala el alma. 

La primera impresión de Trujillo es gratísima. Me sorprenden desde el primer momento, las lindísimas ventanas de hierro forjado, altas, condecoraciones fastuosas de seño­rial aspecto, los patios grandes, so­leados, cómodos, con sus corredores en alto, y los portones amplios, ta­llados muchos de ellos. Se advierte que la riqueza antigua se aplicaba en la ciudad que debió ser magnífi­ca en relación con otras épocas. Se comprende que los trujillanos de ayer estuvieron orgullosos de su ciudad. Pero hoy los tiempos han cambiado por completo. Los últi­mos fuertes aguaceros han dejado doquiera las huellas de sus injurias, y, además, se palpa que la evolu­ción de la riqueza no ha sido propi­cia para la ciudad misma. 

Hay muchos edificios modernos. Lo mejor en Trujillo, á la simple vista, es lo antiguo y tal hecho res­ponde á las nuevas formas como se mueve y distribuye la economía del valle. Los nuevos ricos y las gran­des empresas no tienen hoy, sin du­da el interés que túrieron los adine­rados de antaño por la ciudad. Hoy piensan en Lima ó en Europa. El gran señor antiguo, el hacendado ricachón y linajudo, tenía su buena casa en Trujillo y en ella volcaba buena parte de su bienestar econó­mico. A pesar de los daños del tiem­po y de las aguas, se percibe la pa­sada grandeza. Pero quien quisiera darse cuenta por Trujillo de la importancia formidable de los capita­les que representan los valles, su­friría una tremenda desorientación. No hay nada moderno que transpa­rente la riqueza actual que es in­mensamente mayor que la de ayer. Antaño dejaba su huella, hoy se co­noce que pasa sin dejarse sentir. La gran industria ha creado este con­traste. 

Las mansiones de Trujillo tienen, lo he dicho, bellísimas ventanas, mucho más bellas que las de Lima, y lindísimos patios. ¡Cuan sedante impresión de comodidad, de holgu­ra, de vida á lo ancho y á lo lento! Por algo dijo Paz Soldán en su Dic­cionario Geográfico, que en ningu­na ciudad del Perú hay mayor nú­mero de casas lujosamente'construídas como las hay en Trujillo.


Con claridad meridiana lee uno en el pa­sado. El rico trujillano amaba su ciudad, no tenía la tentación de la aventura ni facilidad para trasladar­se de un lugar á otro. Además, eran muchos relativamente los ricos y las necesidades de la vida social lle­vaban á todos á rivalizar con los di­versos menesteres de la sociabili­dad. 

Las casas señoriales de Trujillo 

Para nadie es un secreto que en la antigua vida casi no existieron otros monumentos de carácter pú­blico que los templos, y que por ra­zones de evolución que á ninguna persona culta pueden escapar, entre nosotros, como en todas partes, hu­bo mayor cuidado en los interiores de hogares y aún de iglesias que en su aspecto exterior. Gobernados por gentes que venían de fuera y que sabían que serían reemplaza­dos más o menos pronto, teniendo esos gobernadores una sensación de constante amenaza de mudasza, no se preocuparon mucho de los carac­teres externos de la ciudad. 

En Lima mismo, no fue nunca el palacio superior a muchas casas particulares y aún éstas, con raras excepciones, ostentaban su riqueza en los interiores y no en las facha­das. La vida era menos callejera y aún no se habían resuelto los gran­des problemas que han hecho cam­biar por entero la fisonomía de las ciudades: pavimentado, luz, aveni­das, todo es historia moderna. Por eso no puede jusgarse por lo exter­no y lo presente para deducir que es una coloreada mentira la rique­za colonial. Basta con leer los vie­jos inventarios para darnos cuenta de la abundancia, de la fastuosidad, de la evidente opulencia de esos días, todo lo que, además se expli­ca por el enorme valor adquisitivo de la moneda y por las grandes for­tunas que se lograron hacer, muy especialmente mientras duraron las encomiendas. 

Aún después en el siglo XVIII fueron muchas, muchísimas las fa­milias muy ricas, con grandes faci­lidades para la vida, la esclavitud, entre otras, y sin más objeto en que emplear su riqueza en la profusióin de muebles, de alhajas, de lujosas chucherías, de suntuosísimos ropa­jes, que constan en !a multitud de inventarios que duermen en los ar­chivos. No había entonces, como hoy, la posibilidad del viaje a Eu­ropa, que era un enorme problema, ni en Europa existía, con los caracteres actuales, succionadores de fortuna, la vida de cara diversión que hoy la caracteriza. Por eso los  viajeros de todas las épocas, se asombraron, con razón, de la riqueza que había en los hogares de las ciudades coloniales de América: las vajillas de oro y plata labradas, las joyas, los brocados, los encajes, los muebles estupendos. ¿En qué gastaba un rico entonces? La servidumbre la compraba para toda la vida por una suma ínfima o la heredaba; la distracción de carácter público no existía o estaba en mantillas y era muy barato como el teatro. Sólo habían los toros, las mas­caradas y las procesiones. La vida de hogar tenía que rezumar riqueza y así fue, indudablemente. Trujillo no pudo ser una excepción a la re­gla y como el valle fue siempre muy rico, los hacendados hicieron de la ciudad el asiento de la rique­za, esto explica porqué hay tan buenas casas en Trujillo. 

De tanta casa fastuosa, la que más llama la atención, es la de Iturregui, considerada en algunos tra­tados antiguos de Geografía, éntre­los edificios notables de la ciudad. Pude visitarla detenidamente gra­cias a la gentileza del doctor don Alvaro Pinillos Goicochea. Está deshabitada y ha sufrido mucho con las aguas de la última avenida. Conserva, á pesar de todo, su im­ponente prestancia. La fachada es muy hermosa, con bellísimas ven­tanas. La puerta es de fina madera tallada. Tiene un zaguán amplio, con banquetas de mármol; que ha­cen pensar  "en los días de los pobres'' después de un patio grande, con corredores en alto circundados por un fino barandal de bronce y hierro forjado. Hay lozas inglesas y már­moles selectos en los zócalos y en el piso; todo el material es magnífico y suntuoso, el gran salón deslum­hra con sus estucados en oro que parece de ayer, con artísticos clá­sicos en profusa decoración. El oratorio está junto al salón princi­pal que comunica con la cuadra por una puerta en oro y cristal que es una maravilla. Hay otros salones, todos hechos con grandiosidad y lujo. Según dice la tradición, la ca­sa fue construida por don Juan Ma­nuel Iturregui á su regreso de Eu­ropa para echarle pan á la de los Ganoza, muy bella también, y que está en la plaza principal. 

Es indudablemente la casa de Trujillo y seguramente no hubo en Lima tampoco otra más lujosa, ni más amplia. Tiene tres patios, ca­ballerizos huerto con una linda pila de mármol. Hoy costaría millones hacer una casa así. Hace ochenta años costó más de doscientos mil pesos fuertes. Dado el valor adquisitivo de la moneda entonces, se puede calcular la importancia de esta mansión. Las azoteas amplísimas dejan ver el claro trazado de la ciudad y parte de los valles. Todas están circundadas 3 por barandales de hierro y tienen pavimento de ladrillos finos. Dan  ganas de volverse niño, de apostar carreras y volar cometas. Por desgracia las ultimas lluvias la han deteriorado mucho. Grandes trozos de estuco yacen en derrota por los  suelos. Vestida a la antigua, con su salón dorado, con ricos muebles Luis XV, ó Luis XVI debió tener radioso aspecto. Hoy está vacía y, sin embargo, impone. Me dicen que parte de los muebles — qué bue­nos serían — los llevó a Europa la señora viuda de Iturregui. Cuando vivió en ella la señora Adela de Gonzáles Orbegoso, era digna de ser exhibida. Ahora, para ponerla en pie rehacerla como fue en sus bue­nos tiempos, habría que gastar su­mas considerables. 

Otra casa interesante es, sin du­da, la de la familia Rosell. Fue de el corregidor Urquiaga y en ella fun­cionó el congreso de Riva Agüero. Es también muy bella. En el ora­torio hay un magnífico retrato del canónigo Madalengoitia. Me la hi­cieron pasear gentilísimamente los esposos Pinillos-Rosell Tiene to­davía algunos armarios y arquetas con talladuras de gran estilo y co­mo la de Iturregui, es cómoda, es­paciosa, clara, solemnial. Tiene en el patio interior una hermosísima pila hecha con los famosos mármoles de Carabamba. 

Vi otras casas interesantes. La de Jacobs, frente al templo de San­to Domingo, la cual fue de los Me­rino y antes, según la tradición, de Pizarro. La casa prefectural, de tí­pica arquitectura hispana y que según el autor de los Anales del de­partamento de La Libertad, fue de doña Micaela Cañete de Merino, aquella linajuda y patriótica señora que izó la bandera con la cual se ju­ró la independencia de Trujillo; la que fue de don Martín Aranda, si­tuada en la plazoleta del mismo nombre, donde, vivió Riva Agüe­ro cuando lo apresó La Fngnte; la de los Bracamente, marqueses de Herrera, hoy de la familia Tapia, con muy característicos balcones y que está en la plaza mayor, la del Mariscal Orbegoso, Señorial y rica. Busqué también la casa de Fernan­do Casos y me afirmaron que es la que queda frente al convento de Santa Clara. Años después, ya ven­cido y mal mirado el gran tribuno, vivió en una casa que queda frente a la de Iturregui. 

Como habrá de verse en las cró­nicas siguientes, pocos lugares más propicios para el turismo que Truji­llo, la ciudad misma, sus alrededores, las estupendas ruinas de Chanchán, el espectáculo formidable desde cualquiera que sea el punto de vis­ta desde el cual se mire, del valle de Chicama.  







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