I
En busca de salud, de descanso y afanoso por conocer Trujillo, ciudad que debí visitar en 1916 a mi regreso de Cajamarca, me embarqué en el "Huallaga" un claro día de enero. El barco iba repleto de pasajeros. A muchos se les dije que no había camarotes, pero aceptaron su suerte y se resolvieron a acomodarse en salones y fumaderos. Siguiendo la muy peruana costumbre de quejarse de todo lo nacional y apesar de saber que no podrían ir regalonamente, muchos de los que no encontraron alojamiento adecuado, protestaban de todo. El viaje tenía que ser incómodo. Pero yo no me quejo, por que fui bien tratado y servido. El personal del barco, valgan verdades, hubo de multiplicarse para atender al numerosísimo pasaje, compuesto en su mayoría de estudiantes que volvían á sus terruños, de artistas en gira veraniega—la Compañía Perdiguero-y de gente en plan de vacaciones.
Como en todos los viajes, las gentes preocupáronse por buscar distracciones. Y hubo, como es de canon, tocatas en el piano, cantares y hasta recitaciones. El único espectáculo que rompió un tanto la monotonía de cuarentaiocho horas de ver un cielo vulgar, un mar grisáceo y á lo lejos una costa desolada y calva, fue en Chimbóte, la víspera de llegar a Salaverry, un crepúsculo maravilloso realmente que magnificó la visión de esa estupenda bahía.
Felizmente no estaba muy picado el mar en Salaverry. Desembarcamos con tranquilidad. El puerto nos hizo una penosa impresión. Al verlo tan pobre, tan mal parado, de tan sórdido aspecto, uno se pregunta desorientado. ¿ Es este puerto por donde se exportan millones? Y dejando aparte el poco tino de haber hecho desembarcadero en un lugar inhóspito, de mar arisco, no se concibe, cuando se medita en la enorme riqueza que lo trafica, que en nada revele tan áureo tránsito.
En el muelle me encuentro con algunas personas conocidas. Surge el reportaje inevitable y cordial. En un auto viene a buscarme mi primo hermano el ingeniero Enrique Gálvez con su esposa y después de saludar a los señores Rubio, administrador de la aduana, al jefe del resguardo, señor Ganoza, al vista, señor Iglesias y al exdiputado señor Alva, con quienes me ;
encontré en el puerto, partimos en un auto para Trujillo.
Hacemos el recorrido por la vía ya, después de atravesar algunas calles muy pobres. Vienen con nosotros mis buenos compañeros de viaje los jóvenes Borda y Tizón Ferreyros. Esta fresca mañana y del mar viene un hálito denso de salud. , El auto corre por la arena muelle y , la brisa humedecida y salina se nos mete hasta lo más profundo de los pulmones. Es tan grata la sensación que mi hijo, encantado y parlero, no puede contenerse y dice ante la suavidad veloz de la marcha: "Me rio de la avenida Leguía". El auto es aveces besado por las olas y en la fugacidad del momento parece un anfibio que por igual corriera sobre el mar y sobre la tierra. Pasamos por los balnearios trujillanos. Vemos rápidamente Las Delicias y en un santiamén llegamos a Buenos Aires, lugar de baños relativamente nuevo, antiguamente llamado Huamán, á donde prefieren ir hoy por razones de su inmediación a Trujillo, las familias de la ciudad.
Mis impresiones de Trujillo, ciudad de ventanos y laureles— La ciudad no revela hoy toda la riqueza del Valle.
En Buenos Aires, hay algunos chalets construidos á la ligera. Una excepción de un señor Fuentes, que ha querido edificar una mansión de muy buen aspecto que se destaca sobre todas las construcciones rápidas de ese balneario todavía incipiente. Una hermosa avenida, aún sin pavimento de asfalto, y por lo mismo polvorienta, une el balneario con Trnjillo. Lindos laureles decoran el camino á ambos lados y un asomo de paisaje costeño nos regala el alma.
La primera impresión de Trujillo es gratísima. Me sorprenden desde el primer momento, las lindísimas ventanas de hierro forjado, altas, condecoraciones fastuosas de señorial aspecto, los patios grandes, soleados, cómodos, con sus corredores en alto, y los portones amplios, tallados muchos de ellos. Se advierte que la riqueza antigua se aplicaba en la ciudad que debió ser magnífica en relación con otras épocas. Se comprende que los trujillanos de ayer estuvieron orgullosos de su ciudad. Pero hoy los tiempos han cambiado por completo. Los últimos fuertes aguaceros han dejado doquiera las huellas de sus injurias, y, además, se palpa que la evolución de la riqueza no ha sido propicia para la ciudad misma.
Hay muchos edificios modernos. Lo mejor en Trujillo, á la simple vista, es lo antiguo y tal hecho responde á las nuevas formas como se mueve y distribuye la economía del valle. Los nuevos ricos y las grandes empresas no tienen hoy, sin duda el interés que túrieron los adinerados de antaño por la ciudad. Hoy piensan en Lima ó en Europa. El gran señor antiguo, el hacendado ricachón y linajudo, tenía su buena casa en Trujillo y en ella volcaba buena parte de su bienestar económico. A pesar de los daños del tiempo y de las aguas, se percibe la pasada grandeza. Pero quien quisiera darse cuenta por Trujillo de la importancia formidable de los capitales que representan los valles, sufriría una tremenda desorientación. No hay nada moderno que transparente la riqueza actual que es inmensamente mayor que la de ayer. Antaño dejaba su huella, hoy se conoce que pasa sin dejarse sentir. La gran industria ha creado este contraste.
Las mansiones de Trujillo tienen, lo he dicho, bellísimas ventanas, mucho más bellas que las de Lima, y lindísimos patios. ¡Cuan sedante impresión de comodidad, de holgura, de vida á lo ancho y á lo lento! Por algo dijo Paz Soldán en su Diccionario Geográfico, que en ninguna ciudad del Perú hay mayor número de casas lujosamente'construídas como las hay en Trujillo.
Con claridad meridiana lee uno en el pasado. El rico trujillano amaba su ciudad, no tenía la tentación de la aventura ni facilidad para trasladarse de un lugar á otro. Además, eran muchos relativamente los ricos y las necesidades de la vida social llevaban á todos á rivalizar con los diversos menesteres de la sociabilidad.
Con claridad meridiana lee uno en el pasado. El rico trujillano amaba su ciudad, no tenía la tentación de la aventura ni facilidad para trasladarse de un lugar á otro. Además, eran muchos relativamente los ricos y las necesidades de la vida social llevaban á todos á rivalizar con los diversos menesteres de la sociabilidad.
Las casas señoriales de Trujillo
Para nadie es un secreto que en la antigua vida casi no existieron otros monumentos de carácter público que los templos, y que por razones de evolución que á ninguna persona culta pueden escapar, entre nosotros, como en todas partes, hubo mayor cuidado en los interiores de hogares y aún de iglesias que en su aspecto exterior. Gobernados por gentes que venían de fuera y que sabían que serían reemplazados más o menos pronto, teniendo esos gobernadores una sensación de constante amenaza de mudasza, no se preocuparon mucho de los caracteres externos de la ciudad.
En Lima mismo, no fue nunca el palacio superior a muchas casas particulares y aún éstas, con raras excepciones, ostentaban su riqueza en los interiores y no en las fachadas. La vida era menos callejera y aún no se habían resuelto los grandes problemas que han hecho cambiar por entero la fisonomía de las ciudades: pavimentado, luz, avenidas, todo es historia moderna. Por eso no puede jusgarse por lo externo y lo presente para deducir que es una coloreada mentira la riqueza colonial. Basta con leer los viejos inventarios para darnos cuenta de la abundancia, de la fastuosidad, de la evidente opulencia de esos días, todo lo que, además se explica por el enorme valor adquisitivo de la moneda y por las grandes fortunas que se lograron hacer, muy especialmente mientras duraron las encomiendas.
Aún después en el siglo XVIII fueron muchas, muchísimas las familias muy ricas, con grandes facilidades para la vida, la esclavitud, entre otras, y sin más objeto en que emplear su riqueza en la profusióin de muebles, de alhajas, de lujosas chucherías, de suntuosísimos ropajes, que constan en !a multitud de inventarios que duermen en los archivos. No había entonces, como hoy, la posibilidad del viaje a Europa, que era un enorme problema, ni en Europa existía, con los caracteres actuales, succionadores de fortuna, la vida de cara diversión que hoy la caracteriza. Por eso los viajeros de todas las épocas, se asombraron, con razón, de la riqueza que había en los hogares de las ciudades coloniales de América: las vajillas de oro y plata labradas, las joyas, los brocados, los encajes, los muebles estupendos. ¿En qué gastaba un rico entonces? La servidumbre la compraba para toda la vida por una suma ínfima o la heredaba; la distracción de carácter público no existía o estaba en mantillas y era muy barato como el teatro. Sólo habían los toros, las mascaradas y las procesiones. La vida de hogar tenía que rezumar riqueza y así fue, indudablemente. Trujillo no pudo ser una excepción a la regla y como el valle fue siempre muy rico, los hacendados hicieron de la ciudad el asiento de la riqueza, esto explica porqué hay tan buenas casas en Trujillo.
De tanta casa fastuosa, la que más llama la atención, es la de Iturregui, considerada en algunos tratados antiguos de Geografía, éntrelos edificios notables de la ciudad. Pude visitarla detenidamente gracias a la gentileza del doctor don Alvaro Pinillos Goicochea. Está deshabitada y ha sufrido mucho con las aguas de la última avenida. Conserva, á pesar de todo, su imponente prestancia. La fachada es muy hermosa, con bellísimas ventanas. La puerta es de fina madera tallada. Tiene un zaguán amplio, con banquetas de mármol; que hacen pensar "en los días de los pobres'' después de un patio grande, con corredores en alto circundados por un fino barandal de bronce y hierro forjado. Hay lozas inglesas y mármoles selectos en los zócalos y en el piso; todo el material es magnífico y suntuoso, el gran salón deslumhra con sus estucados en oro que parece de ayer, con artísticos clásicos en profusa decoración. El oratorio está junto al salón principal que comunica con la cuadra por una puerta en oro y cristal que es una maravilla. Hay otros salones, todos hechos con grandiosidad y lujo. Según dice la tradición, la casa fue construida por don Juan Manuel Iturregui á su regreso de Europa para echarle pan á la de los Ganoza, muy bella también, y que está en la plaza principal.
Es indudablemente la casa de Trujillo y seguramente no hubo en Lima tampoco otra más lujosa, ni más amplia. Tiene tres patios, caballerizos huerto con una linda pila de mármol. Hoy costaría millones hacer una casa así. Hace ochenta años costó más de doscientos mil pesos fuertes. Dado el valor adquisitivo de la moneda entonces, se puede calcular la importancia de esta mansión. Las azoteas amplísimas dejan ver el claro trazado de la ciudad y parte de los valles. Todas están circundadas 3 por barandales de hierro y tienen pavimento de ladrillos finos. Dan ganas de volverse niño, de apostar carreras y volar cometas. Por desgracia las ultimas lluvias la han deteriorado mucho. Grandes trozos de estuco yacen en derrota por los suelos. Vestida a la antigua, con su salón dorado, con ricos muebles Luis XV, ó Luis XVI debió tener radioso aspecto. Hoy está vacía y, sin embargo, impone. Me dicen que parte de los muebles — qué buenos serían — los llevó a Europa la señora viuda de Iturregui. Cuando vivió en ella la señora Adela de Gonzáles Orbegoso, era digna de ser exhibida. Ahora, para ponerla en pie rehacerla como fue en sus buenos tiempos, habría que gastar sumas considerables.
Otra casa interesante es, sin duda, la de la familia Rosell. Fue de el corregidor Urquiaga y en ella funcionó el congreso de Riva Agüero. Es también muy bella. En el oratorio hay un magnífico retrato del canónigo Madalengoitia. Me la hicieron pasear gentilísimamente los esposos Pinillos-Rosell Tiene todavía algunos armarios y arquetas con talladuras de gran estilo y como la de Iturregui, es cómoda, espaciosa, clara, solemnial. Tiene en el patio interior una hermosísima pila hecha con los famosos mármoles de Carabamba.
Vi otras casas interesantes. La de Jacobs, frente al templo de Santo Domingo, la cual fue de los Merino y antes, según la tradición, de Pizarro. La casa prefectural, de típica arquitectura hispana y que según el autor de los Anales del departamento de La Libertad, fue de doña Micaela Cañete de Merino, aquella linajuda y patriótica señora que izó la bandera con la cual se juró la independencia de Trujillo; la que fue de don Martín Aranda, situada en la plazoleta del mismo nombre, donde, vivió Riva Agüero cuando lo apresó La Fngnte; la de los Bracamente, marqueses de Herrera, hoy de la familia Tapia, con muy característicos balcones y que está en la plaza mayor, la del Mariscal Orbegoso, Señorial y rica. Busqué también la casa de Fernando Casos y me afirmaron que es la que queda frente al convento de Santa Clara. Años después, ya vencido y mal mirado el gran tribuno, vivió en una casa que queda frente a la de Iturregui.
Como habrá de verse en las crónicas siguientes, pocos lugares más propicios para el turismo que Trujillo, la ciudad misma, sus alrededores, las estupendas ruinas de Chanchán, el espectáculo formidable desde cualquiera que sea el punto de vista desde el cual se mire, del valle de Chicama.
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